jueves, 31 de julio de 2014

FIESTA Y TRADICIÓN

Desde siempre la fiesta ha sido parte inseparable de eso que llamamos, alegremente, tradición; la cual, a su vez, es identificada con la cultura. Así, cualquier fiesta que tenga unos mínimos visos de ser tradicional (entiéndase por eso lo que se quiera) formará parte, de inmediato, del acervo de los pueblos, será alabada, protegida y hasta subvencionada cualesquiera que sean su contenido o su finalidad, y aunque a veces su carácter cultural sea más que dudoso. 

Vivo en una ciudad pequeña y provinciana, donde actos culturales tales como el teatro, las exposiciones o conferencias, suelen estar ausentes durante todo el año. Raro es ver una compañía de mediana calidad en el pequeño -y único- coliseo, y más raros aún son los conciertos, las charlas, las muestras de toda índole, los congresos..., en fin, esos actos que uno siempre consideró como cultura. 

En verano, en cambio, la cosa cambia mucho: en plena canícula la ciudad se transforma, y en un par de días de finales de julio (cuando aprietan más los calores que, en estas latitudes, son asesinos) tiene lugar la FIESTA; así, con mayúsculas, pues es defendida por muchos como tradicional, palabra mágica que la convierte en sagrada, si bien la mayoría ignora su origen y su razón de ser. 

Comienza el festejo con un acto juvenil y dicharachero: hoy todo lo que es joven recibe parabienes... En un descampado que, sin embargo, recibe el pomposo nombre de Recinto Ferial, varios miles de alegres jovenzuelos celebran su festejo, que consiste más o menos en lo siguiente: desde primeras horas de la mañana, los mozos y mozas asaltan sin rubor los supermercados para hacerse con los siguientes ingredientes: refrescos en cantidad, azúcar, limones y, sobre todo, vino preferiblemente blanco. Mezclándolos bien en distintas proporciones y añadiéndoles hielo, mucho hielo, obtrendrán un brebaje que, por estos pagos, recibe los nombres de zurra o limoná; la cual será ingerida, con el consiguiente jolgorio, por los mencionados jóvenes, quienes forman unos grupos más o menos homogéneos llamados peñas

Como puede fácilmente colegirse, muchos son los beneficios psicológicos, culturales e incluso económicos que semejante fiesta produce en nuestra sociedad, lo que ha llevado a un periódico local a titular su artículo de hoy sobre el asunto: "El embrujo de la zurra". Asimismo, son muy de destacar los valores importantes que proporciona a los participantes. En primer lugar, la facilidad para relacionarse o, como se dice ahora, "socializarse". Es sabido que la ingesta de bebidas alcohólicas anima y desinhibe al más taciturno. Los grupos de amigos se unen aún más, los que no lo eran se convierten en camaradas, etc. En segundo lugar, el posible nacimiento de relaciones amorosas. Así, algunos declaran sin ningún rubor: "Borracho se pilla más". En tercer lugar, la liberación de adrenalina: según muchos, la parte sin duda más emocionante de todo el acto consiste en duchar (y, de paso, ser duchado) con vino peleón de Tetra-Brik comprado ad hoc. Vemos, pues que la fiesta ha evolucionado con el paso del tiempo: lo que comenzó como un simple concurso de limonada, ha derivado con el paso de los años en una especie de "tomatina con vino", a tenor de los testimonios de visitantes foráneos sobre nuestro festejo, al que ponderan largamente. 

Así, la cosa termina al final del día con un descampado alfombrado de desechos (hecho ominoso que, sin embargo, es juzgado por los participantes como "inevitable") y con grupos de jóvenes que vagan sin rumbo por la ciudad, tal vez aquejados de una cierta intoxicación, o imbuidos del "embrujo" del que hablaba el rotativo. 

El hecho de que esto sea consentido de modo complaciente por nuestro ayuntamiento, que sea comprendido por la mayoría como "cosas de juventud", dice muy a las claras en qué país vivimos. Porque, mientras todo esto sucede, la única biblioteca de toda la ciudad está semivacía. 


viernes, 13 de junio de 2014

El lenguaje trivial

Algunos -cada vez menos, me temo- estamos contemplando cómo últimamente nuestra lengua castellana es usada con ligereza, de forma irresponsable, y surgen por doquier expresiones triviales, absurdas, sin ningún significado... A veces, incluso, aunque vengan disfrazadas de cultas y trascendentes, son simples bobadas si se analizan con un poco de detenimiento. Entiéndase bien: no son errores gramaticales; no atentan contra ninguna regla lingüística, sino tan solo (¡y ya es demasiado!) contra la inteligencia.  

Veamos algunas a continuación, y podremos hacernos una idea cabal de cómo el pensamiento, el simple razonamiento y la argumentación están siendo maltratados.  

La marca España
Entre las muchas estupideces y trivialidades que se oyen en nuestros días, destaca esta por su frecuencia. Se oye por doquiera, muy a menudo y a todo el mundo, en especial a los periodistas y a los políticos, que relacionan  el término con asuntos económicos, en especial la exportación. 

En realidad, se trata de una sinécdoque, o lo parece: el todo (España) sustituye a las partes (las marcas de productos españoles que, si hemos de creer a los optimistas, se venden muchísimo en el extranjero). Se quiere decir, pues, que el simple hecho de ser procedentes de nuestro país da a algunos productos un marchamo de calidad. ¿Necesito explicar dónde está la estupidez, la simpleza enorme de este aserto? 

domingo, 18 de mayo de 2014

LOS ESCRITORES OCULTOS

Leo  esta semana El guardián entre el centeno, la famosa novela de J. D. Salinger, que fue considerado escritor de culto  durante muchos años, y se hizo muy famoso por vivir al margen, alejado de la prensa y de la vida social en general, hasta el punto de que apenas existían fotos suyas. Desde 1967 hasta 2010, año de su muerte, hizo una vida solitaria en su casa en un pequeño pueblo de New Hampshire, y apenas se sabía nada de su vida. Intentó por todos los medios pasar desapercibido, para lo cual, incluso, demandó al escritor Ian Hamilton, que iba a publicar su biografía. Solo tras su muerte, y a raíz de la aparición de las memorias de su hija, pudieron conocerse algunos detalles de su vida. 

Más extremo todavía es el caso de Thomas Pybchon, del cual no existe fotografía alguna desde hace muchos años; que no concede entrevistas, que ha escogido el aislamiento y ha huido de la fama literaria. Se cuenta, además una curiosa anécdota: cuando se le concedió el premio Pulitzer, envió a recogerlo a un comediante al que había contratado para que lo recogiese en su lugar, lo cual se me antoja una gran ironía. 

¿Por qué estos grandes escritores renuncian a la fama? ¿Qué les hace huir de ella, de los premios y los focos? Llama mucho la atención esta actitud, máxime en nuestros tiempos, cuando la literatura se ha convertido en una especie de estrellato. En efecto: hay muchos escritores que van por la vida haciendo entrevistas, declaraciones varias sobre los temas más diversos, participando en programas de radio o televisión, como si fueran una especie de gurús modernos, muchas veces aferrados al poder o a sus aledaños. Por eso, resultan estimulantes los ejemplos de Salinger o de Pynchon, que solo han dejado sus obras al mundo. 

sábado, 17 de mayo de 2014

La tentación del engaño (3)

Nuestros políticos actuales se parecen muy poco a Castelar: no poseen el don de la oratoria ni, algunas veces, el de la educación. Las sesiones parlamentarias se han convertido en un constante intercambio de reproches, donde el único argumento es el ya consabido "Y tú más". Sin embargo en estos días alguno de ellos se están superando. Así, por ejemplo, al ser interpelada sobre ciertos sobresueldos cobrados, según se dice, de su partido, nuestra Vicepresidenta repuso lo siguiente: "Jamás he cobrado ni un puto sobre." Estarán conmigo en que es contundente. 

Cuando los argumentos, los razonamientos y el diálogo son sustituidos por la imprecación, el insulto y frases del estilo de la mencionada, se acabó la política, que es sustituida por la pelea de gallos.

Es imposible conocer la verdad de muchas cosas de las que hoy ocurren, pues la prensa está en manos de grupos empresariales vinculados a partidos o grupos políticos cuyas ideas se ven plasmadas en las informaciones. Lo malo no es que estos medios estén mintiendo: no lo hacen realmente, sino que nos ofrecen aquellos aspectos de un hecho determinado que favorecen más al grupo o partido de que se trate en cada momento. Ante el mismo acontecimiento, el partido opuesto contará las cosas insistiendo en lo contrario. La conclusión que sacamos los espectadores (o lectores de periódicos) es que ninguno de ellos nos está diciendo la verdad. Como tal cosa, por supuesto, es imposible, ¿debemos resignarnos a la ignorancia y el engaño? Parece que sí: nadie está dispuesto a cambiar el estado de las cosas. 

Vivimos tiempos duros, mucho más en realidad de lo que estamos dispuestos a reconocer. Debido a una especie de "inconsciencia hedonista" en la uqe nos estamos empecinando cada vez más, creemos vivir en un régimen de libertades, en una democracia que, sin embargo, es solo un remedo, una torpe imagen distorsionada. Aunque es cierto que España es una democracia sobre el papel, la verdad es que hoy se están produciendo una serie de hechos  -algunos de ellos imperceptibles para la mayoría- que la van menoscabando, que van impidiendo que esa libertad se desarrolle plenamente. 

viernes, 2 de mayo de 2014

LA TENTACIÓN DEL ENGAÑO (2)

6. El insulto convertido en arma política se ha convertido en algo frecuente. Leo con estupor que un famoso columnista llama Tontos Solemnes a unos políticos por el mero hecho de ser de izquierdas. La mal llamada izquierda española ha cometido errores, quién lo duda. Tal vez uno no pequeño haya sido, precisamente, el de haber dejado de ser izquierda, pero no por ello merecen ser insultados quienes se consideren izquierdistas. 

7. Vivimos en el reino de la intolerancia, donde se usan dos mecanismos principales para oponerse al contrario: el primero es acusarlo de los mismos errores de los cuales él nos acusa a nosotros. "Y tú más" se ha convertido en la consigna que se utiliza siempre. De este modo, lo único que se logra es acabar con la argumentación, es decir, con cualquier posibilidad de diálogo o acuerdo. 

8. El otro mecanismo que se utiliza hoy con frecuencia inusitada, y que tiene la misma consecuencia, consiste en atribuir a nuestros oponentes caracteres o rasgos considerados negativos por la mayoría, poco deseables o incluso perniciosos. Si alguien, por ejemplo, se llama a sí mismo progresista, se dice de él que es de extrema izquierda, o de extrema derecha si se declara, en cambio, conservador. De este modo tan fácil, queda automáticamente descalificado, con lo que se eliminan de raíz todas las posibilidades de llevar a cabo un diálogo o debate. 

9. Lo cierto es que la crisis se ha producido, entre otras razones, por la exacerbación del capitalismo, que está siendo llevado a su mayor extremo. El mercado, que antaño era solo un rasgo más, una característica que, junto a otras muchas, definía este sistema político-social, se ha convertido como por encanto en la Gran Divinidad que todo lo justifica. 

10. Nunca he sido amigo de las teorías que hablan de conspiraciones de grupos ocultos que manejan el mundo desde la sombra o crean las crisis de la nada. Es verdad: no puede asegurarse que todo obedezca a un plan preconcebido. Sin embargo, parece que algunos se están beneficiando de lo que ocurre. ¿Casualidad? 

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Vivimos instalados en la comodidad. No es muy verosímil que, tal como están las cosas, impere el silencio de este modo. ¿Por qué la mayoría se limita a votar cada cuatro años? ¿Por qué callamos el resto del tiempo? 



domingo, 27 de abril de 2014

DEFORMACIÓN GROTESCA

España es una deformación grotesca de la civilización europea.


VALLE-INCLÁN, Luces de bohemia, escena XII

Cuántas veces he pensado que hay libros que, por más que pase el tiempo, siguen teniendo gran vigencia en nuestros días. Uno de ellos es, sin duda, esta gran obra de Valle-Inclán que la mayoría de los estudiantes de mi época leíamos asombrados en el COU, cuando aún preparábamos nuestro inminente acceso a la Universidad.  

Asombrados, sí, pues aun cuando nuestros escasos conocimientos nos impedían entender por completo los valores literarios de estas Luces...; aunque no pudiésemos entender del todo los oscuros matices de sus palabras, algunos sentíamos, intuíamos más bien, que aquello que teníamos en nuestras manos había de ser muy grande, sensación que aumentó, en mi caso, un par de años más tarde, cuando asistí a la función de esta obra irrepetible. Se trataba del montaje a cargo de Lluis Pasqual, en el gran teatro María Guerrero de Madrid. Protagonizada por José Mª Rodero, debo confesar que me abrió los ojos. Allí estaba todo, lo que yo di en llamar el Gran Teatro, la visión magnífica de una España negra, decadente y sucia que algunos, ingenuamente, creían por entonces que se había ido para no volver. Tras el lamento de Max Estrella ("Estoy mascando ortigas") se escondía la crítica noventayochista del autor, se escondía el grito de un hombre extravagante que lanzaba soflamas contra aquella sociedad, tan burguesa y biempensante, que no le gustaba. 

Revisando la obra para mis clases, rememoro aquella gloriosa escena XII: Max, casi agonizante, se muestra más lúcido e inteligente que nunca y define los rasgos de la nueva estética, el esperpento, pero también nos advierte sobre el ser de España en algunas frases memorables, entre las cuales destaco la que encabeza esta entrada. "Deformación grotesca"; eso es, en efecto, nuestro país; y hoy me atrevo a añadir lo que no supe ver en aquella función mágica: ahora, cuando ya hemos iniciado el siglo XXI, lo es más todavía. El "Ruedo ibérico" valleinclanesco casi se me antoja una broma inocente si lo enfrento a la cruda realidad actual. 

La susodicha frase, ¿es un exabrupto? ¿Exagera Valle cuando hace esta afirmación? Sin duda, pero en un sentido más oscuro y sutil de lo que parece. Nuestro autor usaba las palabras como si fuesen balas que saliesen de una ametralladora, con un afán no confesado de epatar removiendo las conciencias, de darnos a todos un puñetazo en el estómago que nos haga despertar de la cómoda inconsciencia en que vivimos instalados. Somos grotescos, afirma Valle acertadamente, pues nuestro paisanaje es propenso a la risa y al jolgorio hasta en los más graves asuntos. Todo nos resulta risible y gracioso porque a través de la mueca, la carcajada importuna y el chiste fácil ocultamos realmente lo que no queremos ver. Nuestro humor español -tantas veces alabado por unos y por otros- se convierte a menudo en una suerte de engaño o anestesia. En cambio, la deformación que nos propone Valle va unida al grito; el humor al dolor: "Vendrá el buey Apis. Le torearemos". Como a los transeúntes del callejón del Gato, a los españoles nos gusta mirarnos en los espejos deformantes. Por eso, ironizamos muchas veces sobre la situación de esta España nuestra, pero en le fondo sabemos que, tras esa alegría impostada y falsa, laten la envidia, la corrupción ("El señor ministro no es un golfo". "Usted desconoce la Historia Moderna", escena VI) y, sobre todas las cosas, la mala leche. 

Valle-Inclán disecciona, con bisturí implacable, la sociedad de su época. Sin concesiones, convierte a sus personajes en marionetas y con ello nos coloca frente a nuestros demonios. La hipérbole funciona casi como una lupa a través de la cual podemos ver más claramente lo que quiso transmitirnos. España, en efecto, es grotesca, risible en ocasiones pero patética a la vez. 

No puedo evitar hacer comparaciones: nuestro país de hoy, tan lejano en apariencia al de principios del XX, conserva sin embargo peligrosas e inquietantes similitudes: pobreza económica, miseria cultural, corrupción, educación para unos pocos, sanidad paupérrima y también, claro, enfrentamientos absurdos que a nada nos conducen. ¿Es que nunca aprenderemos a convivir? ¿Cuándo lograremos convertirnos finalmente en una sociedad moderna y adelantada? ¿Cuándo seremos parte de la civilización europea

    

martes, 15 de abril de 2014

Los cuentos de Ambrose Bierce



BIERCE, Ambrose, Cuentos negros, Alianza Editorial. 

Otro autor norteamericano: lo descubro estos días en que vuelvo con fuerza al relato corto que nunca debí abandonar del todo. Es toda una revelación, por más que no responda a los cánones mayoritarios aceptados en nuestros días, ni siquiera a mis gustos literarios, decadentes y anticuados (a mucha honra). 

Nacen estos cuentos de la ira y, asimismo, de un sentido exacerbado de la justicia. Los personajes de Bierce (las más de las veces individuos cercanos a la locura y totalmente inmorales) pululan como alimañas, cometen delitos con ausencia total de remordimientos, incluso de la conciencia de haber cometido ni siquiera un error. Podría decirse que estas personas son psicópatas, locos sometidos a la pasión de matar, pero que sin embargo actúan, aparentemente, con una naturalidad y una normalidad que a veces estremecen. De este modo, observamos atónitos cómo el límite o frontera entre lo normal, lo correcto y el crimen es mucho más fino de lo que, a primera vista, podríamos imaginar. Pero hay algo más: estos personajes, con sus enormes delitos, reflejan también una sociedad enferma,. degradada, la vida en San Francisco a finales del siglo XIX. 

Bierce disfraza todo esto bajo la máscara grotesca de la sátira, del humor que más bien es una mueca, pues esconde en realidad una crítica acerva a cuanto Bierce, que fue peridista, observó a su alrededor. Estos cuentos son sátiras crueles y, muchas veces, el horror que esconden queda amortiguado, en cierto modo, por la ironía que los preside. El contraste, pues, es muy llamativo: por una parte, la ignominia del delito, de la inmoralidad; por otra, la alegría de la risa y el aparente goce de vivir que rezuman estos personajes, felicidad que nace de la inconsciencia y de la carencia absoluta de escrúpulos. 

Este es, en efecto, su rasgo más importante: no parecen conscientes de su "problema", de su falta moral porque el delito y el crimen se han convertido en su único modo de ser y de existir. No conocen otra ética que la que viven a diario, en la cual han crecido y han sido "educados". 
Toda una lección para nuestro mundo. 


La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...