Como era de esperar, vistos los precedentes de estos últimos años, la cuestión catalana adquiere en estos días inusitada actualidad, merced al órdago lanzado por el Presidente don Artur Mas, quien se arroga ahora el papel de defensor de unos valores patrios y culturales que han de llevar a este territorio a la independencia, ansiada -si hay que creerlo- durante siglos.
No negaré en esta bitácora el derecho que asiste a todos los pueblos a declararse lo que sea, a sentirse como les parezca o a elegir el sistema de gobierno que más les satisfaga. Tampoco, obviamente, les voy a negar la posibilidad de votar en referéndum (faltaría más) ya que si así lo hiciera posiblemente sería tildado al instante de fascista, retrógrado, o con otros marbetes menos amables. Líbreme Dios de provocar la justa ira de estos santos varones, que podrían negarme el derecho a escribir, pues así ha ocurrido en los últimos tiempos: cada vez que alguien se ha atrevido, imprudente, a contradecirlos, los defensores catalanes de la independencia les han negado a estos osados el pan y la sal, declarando que no saben, que no entienden la compleja realidad catalana, que no les comprendemos... Así pues, callaré, y sea lo que fuere.
En cambio, sí escribiré ahora sobre un asunto directamente relacionado con esto, porque creo -aunque tal vez me equivoque, visto lo visto- que en algo me ayuda mi condición de filólogo; que dicha condición me otorga cierta autoridad sobre el asunto, a pesar de las continuas confusiones que se oyen y se leen aquí y allá. Me estoy refiriendo, claro es, a esa etiqueta tan apropiada, a ese hallazgo magnífico que fue en su momento la expresión "lengua propia", a la que recurren una y otra vez los defensores de dicha independencia.
Surgida en los años 30 precisamente en Cataluña (y solo allí), la susodicha etiqueta fue recuperada en los últimos 70, cuando estaban en discusión el estatuto de autonomía y la oficialidad de las lenguas. Para ellas se acuñó un término bastante feo, es cierto, que pretendía definir la situación jurídica en que quedaban: se dijo, pues, que estas eran cooficiales, junto con el castellano, en los correspondientes territorios de esas comunidades autónomas. Sin embargo, un vocablo tal no podía satisfacer, en modo alguno, a los nacionalistas, quienes asentaban gran parte de su ideario precisamente en el hecho de que en sus territorios se hablan otras lenguas y, por ende, ya esto les convierte en naciones distintas, y hasta -dicen- en culturas diferentes. Así pues, necesitaban decir que las lenguas que se hablan, en efecto, en esos territorios son las únicas en ellos; que en cierto sentido tienen más derechos que el castellano, es decir, que son las propias de esos territorios. La igualdad de derechos que proclamaba el término cooficialidad no les interesa, ya que la preeminencia de una lengua sobre otra (la nuestra es la propia y la otra es implantada, ajena) es el mismo fundamento de su ideología nacionalista. Desde esta perspectiva, el término propia debe ser utilizado a toda costa, por más que desde el punto de vista filológico no tenga sentido. A los ideólogos de cualquier condición -esto ha sido así desde tiempo inmemorial- les importa muy poco la verdad científica.
No negaré en esta bitácora el derecho que asiste a todos los pueblos a declararse lo que sea, a sentirse como les parezca o a elegir el sistema de gobierno que más les satisfaga. Tampoco, obviamente, les voy a negar la posibilidad de votar en referéndum (faltaría más) ya que si así lo hiciera posiblemente sería tildado al instante de fascista, retrógrado, o con otros marbetes menos amables. Líbreme Dios de provocar la justa ira de estos santos varones, que podrían negarme el derecho a escribir, pues así ha ocurrido en los últimos tiempos: cada vez que alguien se ha atrevido, imprudente, a contradecirlos, los defensores catalanes de la independencia les han negado a estos osados el pan y la sal, declarando que no saben, que no entienden la compleja realidad catalana, que no les comprendemos... Así pues, callaré, y sea lo que fuere.
En cambio, sí escribiré ahora sobre un asunto directamente relacionado con esto, porque creo -aunque tal vez me equivoque, visto lo visto- que en algo me ayuda mi condición de filólogo; que dicha condición me otorga cierta autoridad sobre el asunto, a pesar de las continuas confusiones que se oyen y se leen aquí y allá. Me estoy refiriendo, claro es, a esa etiqueta tan apropiada, a ese hallazgo magnífico que fue en su momento la expresión "lengua propia", a la que recurren una y otra vez los defensores de dicha independencia.
Surgida en los años 30 precisamente en Cataluña (y solo allí), la susodicha etiqueta fue recuperada en los últimos 70, cuando estaban en discusión el estatuto de autonomía y la oficialidad de las lenguas. Para ellas se acuñó un término bastante feo, es cierto, que pretendía definir la situación jurídica en que quedaban: se dijo, pues, que estas eran cooficiales, junto con el castellano, en los correspondientes territorios de esas comunidades autónomas. Sin embargo, un vocablo tal no podía satisfacer, en modo alguno, a los nacionalistas, quienes asentaban gran parte de su ideario precisamente en el hecho de que en sus territorios se hablan otras lenguas y, por ende, ya esto les convierte en naciones distintas, y hasta -dicen- en culturas diferentes. Así pues, necesitaban decir que las lenguas que se hablan, en efecto, en esos territorios son las únicas en ellos; que en cierto sentido tienen más derechos que el castellano, es decir, que son las propias de esos territorios. La igualdad de derechos que proclamaba el término cooficialidad no les interesa, ya que la preeminencia de una lengua sobre otra (la nuestra es la propia y la otra es implantada, ajena) es el mismo fundamento de su ideología nacionalista. Desde esta perspectiva, el término propia debe ser utilizado a toda costa, por más que desde el punto de vista filológico no tenga sentido. A los ideólogos de cualquier condición -esto ha sido así desde tiempo inmemorial- les importa muy poco la verdad científica.