lunes, 21 de marzo de 2016

El impostor, de Javier Cercas

Nuevamente Javier Cercas recurre al mismo "género" o tipo de antinovela que tanto éxito le ha dado: se trata de una historia de no ficción, como él mismo dice, porque se centra en la realidad, en un hecho verdadero. Ya lo hizo en Soldados de Salamina; más aún en Anatomía de un instante, interesante crónica del 23 de febrero. 

El impostor es la crónica de una mentira; mejor dicho, es una biografía de un mentiroso, Enric Marco, que pasó su vida fingiendo haber sido superviviente de los campos de concentración nazis, cuando lo cierto es que solo estuvo en la cárcel en la ciudad de Kiel. Se inventó, por decirlo así, su existencia, e incluso dio lecciones de memoria histórica ante el mismísimo Parlamento de la nación... 

En un ejercicio metaliterario que ahora parece estar muy de moda, nos cuenta Cercas cómo en un principio no deseaba escribir este libro; y no pude evitar, mientras leía esas páginas, la vaga sensación de que estaba de acuerdo, muy de acuerdo con él. Acaso lo mejor o lo más inteligente habría sido no enviar esta obra a las librerías. Principalmente, porque cuenta la vida de un pobre viejo que se inventó una historia, que mintió sobre su vida, sí, por lo que fue un impostor. Pero nada más. A partir de este hecho monta nuestro escritor toda una reflexión muy sesuda e importante sobre las mentiras, sobre el mundo en que vivimos, sobre su propia labor como autor de unos libros de no ficción cuando lo que desea, en realidad, es escribir novelas, relatos ficticios. Pero esta reflexión no llega a interesarme realmente; no me dice mucho.  

Según avanzaba en la lectura del libro, no podía evitar avanzar también en esta idea: "El asunto, el argumento del mismo me parece insustancial o de poca importancia"; no tanta, al menos, como para escribir una obra entera. ¿Que Enric Marco creó la historia de su vida? Como todos, o casi todos, nuestros políticos, periodistas, sociólogos, economistas y otros engañadores profesionales cuando nos dan argumentos para justificar la enorme impostura en la que vivimos y que hemos llamado sociedad moderna. Mentiras peores que las de Marco las escuchamos a diario y por doquier en las noticias, debates, tertulias varias, incluso en el Parlamento, y nadie, creo, se escandaliza ya, tan acostumbrados estamos a o´rilas en estos tiempos. 

Es verdad que al autor se le plantea un dilema digamos moral: la propia escritura del libro que leemos le provoca mil dudas. Pero es que ese dilema solo existe en su cabeza. Contar la historia de Enric Marco -se pregunta-, ¿implica necesariamente justificarla? Narrar los hechos de una vida significa también, seguramente, entenderla mejor y comprender sus causas. Pero entender no implica justificar en el sentido moral de la palabra. No debe interpretarse como una justificación. 

Pero el caso es que la historia no apasiona en ningún momento, pues el sentido moral que el autor quiere darle en realidad es muy endeble. Mintió, en efecto, Enric Marco, lo que puede interpretarse como una burla a los que realmente sufrieron las torturas de los campos de concentración. ¿Lo es, en realidad? No lo creo, pues tan solo afecta al propio comportamiento del pobre anciano. Aquellos que realmente vivieron el horror de los campos nazis no ganan nada (tampoco lo pierden) con esta historia, que carece por tanto de cualquier valor didáctico: es tan solo la vida de un hombre con demasiado afán de protagonismo. Pues, al fin, se trataba tan solo de eso... Nada importante, pues. 


jueves, 10 de marzo de 2016

HOWARD P. LOVECRAFT

H.P LOVECRAFT
De entre las lecturas que yo llamo "de entretenimiento" (esto es, las que hago por puro placer, sin obligación profesional alguna), debo destacar los relatos y novelas del género de misterio, o de terror, o simplemente de suspense. Ya he hablado aquí de algunos de los autores que más me cautivan: A. Conan Doyle, Ambrose Bierce, a los que pueden añadirse algunos nombres: E.T.A. Hoffman y, por supuesto, Edgar A. Poe. 

Ninguno, sin embargo, me dejó una impresión tan honda y tan intensa como H. P. Lovecraft. Desde que, hace ya bastantes años, descubrí sus relatos casi por sorpresa, ha sido para mí una de las experiencias literarias más intensas, o tal vez más extrañas, que he tenido nunca y la lectura de sus relatos ha sido siempre una experiencia apasionante. Nunca te decepcionan, si lo que buscas es intensidad, hondura y fuerza. 

Acaso su rasgo principal y distintivo sea que su mundo literario y ficticio no se parece a ningún otro universo que se pueda imaginar. Creador de una extraña "mitología", Lovecraft nos explica los orígenes del mundo: muchos siglos atrás, los Primordiales, seres extraños que nunca son descritos con exactitud, llegaron a la Tierra, y desde entonces viven entre nosotros, ocultos entre las sombras o tras esa cordillera de 

En las montañas de la locura
su novela más destacada, En las montañas de lo locura, un relato sobre los mitos de Cthulthu, ser mitad real, mitad divino que representa acaso la devoción religiosa, la fe, pero también los atavismos del ser humano, nuestros más hondos terrores y miserias.

La creación de este mito es tal vez el mayor mérito de Lovecraft; pero no es el único: lo más importante de todo -o lo que a mí más me ha llamado la atención- es que su obra nos pone en contacto con nuestros miedos más profundos, con las sombras que oscurecen nuestra existencia. Sí, los relatos de Lovecraft son de terror, pero no recurren a las truculencias propias de otros escritores. Es un terror "sobrio" este de Lovecraft, sin grandes aspavientos, sin sangre, sin muertes ni crímenes exagerados. 



Representación del dios Nyarlathotep, una de las divinidades más importantes del universo de Lovecraft
Destaca en ellos el tema recurrente de lo locura. Personajes torturados caen en el abismo de la desesperación y pierden la cordura, que es precisamente el temor de muchos. Pues, en efecto, ¿quién no ha sentido alguna vez el miedo a perder por completo el raciocinio, la capacidad de conocer, de entender la realidad, de saber lo que pasa? Poniéndonos de frente a este temor, Lovecraft nos enfrenta a nuestros miedos más primarios. También, por supuesto, está el tema de la muerte. 

Algunos de los rasgos de sus relatos los hacen semejantes a la novela gótica, de terror o de misterio. En ellos aparecen con frecuencia tumbas, casas silenciosas, sombríos castillos... Sin embargo, su narrativa trasciende totalmente a este subgénero, superándolo ampliamente en muchos aspectos. El principal de ellos es esta visión nueva de los viejos problemas del ser humano. ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? Son preguntas a las cuales nos da una respuesta muy original: nos pusieron aquí Ellos, como descubrimos después aunque no del todo. Con Lovecraft nunca hay respuestas claras, ni unívocas, y solo nos deja interrogantes. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

LITERATURA VIVA

Pero entonces, ¿cuál es la real, la verdadera finalidad de la literatura? ¿Para qué sirve, qué sentido tiene? Si no mejora las capacidades expresivas de los adolescentes (Literatura muerta, 1), ni es útil tampoco para crear en sus mentes valores positivos (Literatura muerta, 2), ¿debemos deducir que la literatura no sirve realmente para nada práctico? Es, en efecto, la opción que nos queda... La palabra clave que hemos de analizar en este caso es, sin duda, práctico, pues esas finalidades de las que hablábamos en las dos entradas anteriores tienen un carácter que sus partidarios, insistentemente, se han empeñado en llamar funcional: "que tiene una función, una finalidad". O lo que es lo mismo: que sirve para algo. 

Sin embargo, por los efectos o los "logros" que se han conseguido desde desde la aparición de esas ideas pedagógicas, hoy tiendo a pensar que ese adjetivo carece del sentido que ellos, ingenuamente, quisieron otorgarle. A la vista de los hechos, cabría preguntarse si la lectura realmente debe ser funcional, si en verdad debe servir para algo y,en caso afirmativo, para qué. 


Tras muchos años teniendo a los libros por compañeros, creo firmemente que su mayor valor es, precisamente, su carencia de toda finalidad, al menos en el sentido que hoy se le da esta palabra. Yo nunca he leído para tener mejor vocabulario, e incluso hoy en día estoy persuadido de que la lectura no tiene, como ya he insinuado con anterioridad, demasiada incidencia en este hecho. Ni siquiera creo que me haya convertido en un hombre más culto: conozco -es cierto- más hechos, más nombres, más ideas acaso que otras personas. Pero nada más. 


Una cierta mirada: esto es lo que creo que la literatura me ha dado en todo este tiempo. Solamente -subrayo- un cierto modo de entender la realidad que se caracteriza, sobre todas las cosas, por la duda. En efecto: lo que me ha enseñado la literatura, acaso lo único que he aprendido de ella, es a hacerme preguntas, ninguna de las cuales he podido responder, sin embargo. Cada libro, en el fondo, abre un interrogante y, a pesar de que el autor suele dar una respuesta, al leer otro libro aparece ante mí una nueva pregunta, que a su vez otorga una nueva respuesta diferente a la anterior, acaso contraria, de lo que se deduce que no hay una sola, no existe una realidad unívoca y cierta, universal. Cada autor nos ofrece solamente una visión parcial de la realidad, la que pudo darnos en su tiempo o tal vez con la escasa información que pudo tener. Así pues, todos los escritores, en el fondo, tenían razón, de la misma manera que todos ellos se equivocaban. No existen, pues, más que ciertas ventanas parciales e incompletas a la realidad, por lo que puede decirse que la literatura te sumerge, cada vez que lees un libro, en la ausencia de respuestas, en la incertidumbre. 


Si a esto añadimos que las obras literarias tampoco nos convierten en mejores personas, es difícil encontrar su utilidad. Así es: contra lo que muchos pensaron en el pasado, leer libros no mejora nuestro carácter o condición, puesto que un insensible no podrá jamás leer, ni aprovecharlo si lo hace. Tampoco nos mejora moralmente: un canalla no deja de ser un canalla, pues leer no entra, por lo común, en sus planes; y aunque lo hiciese, se encontraría nuevamente con la incertidumbre... Por ello, cabe preguntarse qué impulso irracional nos impele a unos cuantos a seguir este camino que comienza cada vez que abrimos un libro. Una nueva idea, una nueva pregunta que, al terminar la lectura, nos dejará tan solo una nueva respuesta muy provisional. Parece un largo camino sin fin; en definitiva, muy poco funcional, que dirían mis amigos los pedagogos. 


Por eso algunas veces me he preguntado qué me impulsa entonces a seguir esta senda que no lleva, en realidad, a ningún sitio. Tal vez solo forme parte de mi naturaleza, de mi forma de ser, puesto que no recuerdo ni un momento de mi vida en que no haya estado leyendo un libro. Quizá solamente se trate de esto: cuando era niño (por supuesto, no recuerdo la fecha) cogí un libro y, desde entonces, no he podido sustraerme a esta sensación. Simplemente, forma parte de mí, pero no soy mejor, ni más grande, ni he aprendido realmente muchas cosas. 

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...