Como una penosa muestra de la desidia cultural, del páramo seco en muchos sentidos en el cual nos ha caído en (mala) suerte vivir, comentaré cuatro cosas a propósito de la grotesca noticia que hemos padecido los españoles en estos días. Hela aquí; pincha en el siguiente enlace:
Nótese que dicen que creen haberlos hallado, no que lo hayan hecho, lo cual es toda una digna muestra de cómo se conducen la cultura y la ciencia en esta celtiberia de opereta bufa. Y lo hacen -oh, sorpresa- en el convento de las Trinitarias, venerable caserón de clausura, situado, sin embargo, en la calle de las Huertas, hoy templo de la juerga repleto de bares de toda laya, de restaurantes dignos y de otros infames, de locales oscuros donde este que os habla tuvo muchas ocasiones de asueto y jolgorio, donde saboreé (en grados diferentes, todo hay que admitirlo), conciertos de tangos y de jazz americano, tercios de Mahou a cascoporro junto a cócteles modernos, charlas insustanciales o filosóficas, miradas furtivas y otras no tanto (Tempus fugit irreparabile; y también: Juventud, divino tesoro, et cetera...). Había sido en tiempos la susodicha calle camino de las Huertas, esto es, de las afueras del Madrid barroco, que se hallaban, sobre poco más o menos, donde hoy se asientan el Paseo del Prado, la cuesta de Moyano y la estación ferroviaria de Atocha. Su nombre, por cierto, provocaba la chanza de los madrileños, ya que, según voceaba el vulgo, debiera haberse cambiado, pues
en la calle de las Huertas,
hay más putas que huertas,
Venía esto a colación porque la calle fue arteria principal donde asentaron sus reales negocios de lenocinio y de amor venal, esto es, lupanares, prostíbulos de diversas categorías y condiciones, desde los más vistosos y de mayor ringorrango a los más arrastrados. Aquí, en el barrio de las putas, vinieron a vivir genios como Lope de Vega, que puso su casa en la calle Francos, hoy Cervantes (ironías del destino fatal). Don Miguel, el manco de Lepanto, vivía a dos pasos como quien dice, en la misma calle pero haciendo esquina con la del León, mientras que en la esquina de la calle Cantarranas (hoy Lope de Vega) con la del Niño (hoy Quevedo) vivía alquilado Luis de Góngora y Argote. Y ahora que nombro a Quevedo... Otro día contaré lo de esa casa de fachada amarilla, que es historia jugosa y moralizante.
Pero volvamos a las Trinitarias y a Cervantes; ya en 1616, año de su muerte, un documento declara que fue enterrado, en verdad, en la cripta del convento, en hábito de franciscano por su mísero y pobre estado en el que quedó tras haber vendido, por cuatro perras, el manuscrito del El Quijote al sinvergüenza de Juan de la Cuesta, su impresor... Así pues, se sabía dónde estaba... Ítem más: en 1870, la RAE confirma el hallazgo del documento anterior, y declara nuevamente lo que ya se sabía.
En este año 2015 de nuestros dolores, el Excmo. Ayuntamiento de Madrid, deseando entrar en la historia por algo más que los famosos relaxing cups of café con leche, encarga a un grupo de expertos que remuevan en la cripta de la iglesia, con el fin de hallar los restos de nuestro eximio escritor. Tras varios meses de prospecciones (y de intranquilidad de las monjitas), hace unos días el responsable del desaguisado exhibe orgulloso una masa de restos de dieciséis cadáveres entre los cuales, afirma muy serio (como si estuviera diciendo algo trascendental):
"...hay algo de Cervantes"
Pueden verse varios vídeos en Youtube sobre el asunto, como el que acabo de añadir. Y continúa el experto de esta guisa: "No lo puedo decir en términos de certeza absoluta". He aquí, por tanto, el gran descubrimiento, el gran acontecimiento del cual todos hablan. ¿Y para este viaje necesitamos tales alforjas?, digo yo... He aquí la podredumbre de la cultura española, señores míos. Sorprende, una vez más, que científicos reputados entren al trapo en lo que parece una enorme operación de propaganda, dada la cercanía de citas electorales...
POST SCRIPTUM: Cuentan las crónicas que el primero que quiso hallar los restos de Cervantes fue José I, rey de España hermano de Napoleón, por mal nombre Pepe Botella. No deja de ser irónico que doña Ana Botella, primera autoridad del Ayuntamiento capitalino, saliera a la palestra en estos días. Otra cosa: alguna vez, si tengo ganas, contaré en esta bitácora anécdotas jugosas de tumbas preclaras, esto es, de dónde enterramos a nuestros genios de la literatura y de dónde están..., y eso que no soy paleontólogo.
FINIS
FINIS