Hace ya unos cuantos años, el sociólogo Amando de Miguel escribió un libro con el título de esta entrada (La perversión del lenguaje, Espasa-Calpe, colección Austral). Trataba en él asuntos que afectaban a la degradación del uso de nuestra lengua, y apuntaba muchos males que entonces se iniciaban solamente y que hoy, a la vista de lo que se dice y se oye, han adquirido carta de naturaleza.
Uno de los asuntos tratados en el libro se refería a la llamada "corrección política" o también "lenguaje políticamente correcto". Se ha dicho mucho sobre este asunto, y se ha escrito aún más, por lo que muy difícilmente podría yo añadir alguna cosa nueva. Tampoco es mi intención, la verdad sea dicha: todos sabemos ya los excesos cometidos en nombre de esa supuesta máxima. Lo que me propongo no es, pues, insistir sobre un problema ya conocido, sino mostrar de qué modo aquella mal llamada corrección ha dado paso -sin que apenas nos hayamos dado cuenta- a otro fenómeno aún más pernicioso. Ya no se trata solo de ser correctos, sino que le hemos dado otra "vuelta de tuerca". Estamos empezando a aceptar la mentira como un rasgo esencial de nuestra vida pública.
En los últimos años se acentuado aún más la tendencia, que podríamos describir del siguiente modo: los políticos no quieren llamar a las cosas por su nombre si este, el nombre, les resulta molesto o pude perjudicar de alguna manera a sus intereses. Este hecho, que podría parecer natural y hasta entendible en algunos casos (en efecto: nadie quiere poner de relieve sus defectos o errores) se está llevando a tal extremo, está adquiriendo grados tan sangrantes que, sin que apenas nos hayamos dado cuenta, hasta el extremo intolerable de aceptar la mentira como algo comprensible, consustancial al hecho político y a la vida pública en general. Continuamente se oyen afirmaciones variadas, declaraciones públicas que se basan en usos torticeros, interesados y parciales del lenguaje; en cambios semánticos imposibles, en conscientes o inconscientes errores lingüísticos. Los más frecuentes, sin duda, son los que se refieren al veto o prohibición que sufren algunas palabras: tal o cual término adquiere algunas veces significados negativos en opinión de algunos, quienes deciden por ello dejar de usarlas, cuando lo cierto es que describen de forma clara y nítida lo que está pasando. Así ocurre, verbigracia, con el término RECORTES, de tan triste actualidad en nuestro tiempo. Si acudimos al Diccionario de la RAE (http://www.rae.es/RAE/Noticias.nsf/Home?ReadForm), sorprende la asepsia con que define el término: acción y efecto de recortar. Así debe ser. Vayamos, pues, al verbo y hallaremos las siguientes acepciones (destaco solo aquellas que parecen tener que ver con lo que ahora quiero significar):
1. tr. Cortar o cercenar lo que sobra de algo.
3. tr. Disminuir o hacer más pequeño algo material o inmaterial.
No parecen hallarse en estas breves palabras esas connotaciones tan negativas que le atribuyen al término nuestros políticos, que huyen de su uso como de peste bubónica. Cortar o cercenar algo que sobra parece acción prudente y de sentido común, y en cuanto a disminuir, poco puede decirse: hacer más pequeño algo... Pero nuestros políticos odian tanto el término, al parecer, que, en una especie de juego malabar de la lengua, lo han sustituido por otros vocablos que, según ellos, carecen por completo de rasgos "peligrosos". Así, utilizan términos de dudoso significado, tales como "reformas" que, como se sabe, está relacionado con el derivado "reformista". De lo que resulta que, en un juego de palabras sorprendente, un gobierno conservador, o de centro, como gustan de decir ellos, se convierte, por este absurdo abracadabra, en un Ejecutivo reformista...
-Cosas veredes que te asombrarán, amigo Sancho.
En los últimos años se acentuado aún más la tendencia, que podríamos describir del siguiente modo: los políticos no quieren llamar a las cosas por su nombre si este, el nombre, les resulta molesto o pude perjudicar de alguna manera a sus intereses. Este hecho, que podría parecer natural y hasta entendible en algunos casos (en efecto: nadie quiere poner de relieve sus defectos o errores) se está llevando a tal extremo, está adquiriendo grados tan sangrantes que, sin que apenas nos hayamos dado cuenta, hasta el extremo intolerable de aceptar la mentira como algo comprensible, consustancial al hecho político y a la vida pública en general. Continuamente se oyen afirmaciones variadas, declaraciones públicas que se basan en usos torticeros, interesados y parciales del lenguaje; en cambios semánticos imposibles, en conscientes o inconscientes errores lingüísticos. Los más frecuentes, sin duda, son los que se refieren al veto o prohibición que sufren algunas palabras: tal o cual término adquiere algunas veces significados negativos en opinión de algunos, quienes deciden por ello dejar de usarlas, cuando lo cierto es que describen de forma clara y nítida lo que está pasando. Así ocurre, verbigracia, con el término RECORTES, de tan triste actualidad en nuestro tiempo. Si acudimos al Diccionario de la RAE (http://www.rae.es/RAE/Noticias.nsf/Home?ReadForm), sorprende la asepsia con que define el término: acción y efecto de recortar. Así debe ser. Vayamos, pues, al verbo y hallaremos las siguientes acepciones (destaco solo aquellas que parecen tener que ver con lo que ahora quiero significar):
1. tr. Cortar o cercenar lo que sobra de algo.
3. tr. Disminuir o hacer más pequeño algo material o inmaterial.
No parecen hallarse en estas breves palabras esas connotaciones tan negativas que le atribuyen al término nuestros políticos, que huyen de su uso como de peste bubónica. Cortar o cercenar algo que sobra parece acción prudente y de sentido común, y en cuanto a disminuir, poco puede decirse: hacer más pequeño algo... Pero nuestros políticos odian tanto el término, al parecer, que, en una especie de juego malabar de la lengua, lo han sustituido por otros vocablos que, según ellos, carecen por completo de rasgos "peligrosos". Así, utilizan términos de dudoso significado, tales como "reformas" que, como se sabe, está relacionado con el derivado "reformista". De lo que resulta que, en un juego de palabras sorprendente, un gobierno conservador, o de centro, como gustan de decir ellos, se convierte, por este absurdo abracadabra, en un Ejecutivo reformista...
-Cosas veredes que te asombrarán, amigo Sancho.
Continuará...