A raíz de la lectura de esta novela han vuelto a mi mente ciertas preguntas que me he planteado, de un modo u otro, a lo largo de toda mi vida profesional. Como obligado lector de muchísimas obras de calidad muy variable (¡qué horribles engendros he tenido que echarme a veces a la espalda!), han surgido ante mí algunos autores que suscitaban dudas. Desde la lectura de La madre, de Maxim Gorki, no se me había presentado un autor comunista, bolchevique en aquel caso, defensor convencido de un sistema político basado en la represión, el crimen, los campos de trabajo, la "reeducación", la destrucción del disidente. Que el régimen soviético, el cubano o el chino -por citar solo unos pocos a vuelapluma- fueron o siguen siendo dictatoriales parece fuera de toda duda. Que, asimismo, hubo intelectuales que los defendieron parece a primera vista más sorprendente, pues la creación, el arte en general y la literatura en particular son territorios libres donde la individualidad, las opiniones personales, las emociones, son lo más importante... ¿O tal vez no? Parece haber autores para quienes esto no está tan claro, pues buscan la expresión de su personalidad no a través del contenido, sino del estilo, del propio acto de la creación, o Dios sabe de dónde...
En la historia literaria hallamos muchos ejemplos de toda índole. Como los escritores, al fin y al cabo, son hijos de sus épocas, no siempre han estado comprometidos con causas que podrían considerarse justas. Ha habido autores que defendieron a los nazis y a todo tipo de dictadores, del mismo modo que otros se han comprometido con la causa democrática. En las décadas de los 30 y los 40, por ejemplo, muchos fueron partidarios del camarada Stalin, mientras otros luchaban precisamente contra él. Si vamos más atrás, algunos defendieron a Napoleón, a los reyes absolutos, e incluso defendieron el origen divino del poder de los reyes. Culparlos ahora a todos por no haber sido unos demócratas se nos antojaría un terrible anacronismo, ¿no es así? Aún más: hubo grandes escritores que mantuvieron actitudes personales cuando menos discutibles; hallamos maltratadores, delincuentes, pervertidos sexuales e incluso imbéciles que, sin embargo, parecían tocados por la varita mágica del genio artístico.
Si en estos casos hemos sabido separar sus vidas, sus rasgos personales o su ideología de su genialidad, por qué no hacerlo ahora con este autor chino defensor de su régimen. Los escritores (y, en general, todos los artistas) que han sostenido ideas o actitudes muy discutibles son, sin embargo, respetados y alabados por sus grandes obras. En los casos de autores comunistas como el que nos ocupa, tal vez seamos hoy más estrictos y duros de lo deseable. La caída de los regímenes políticos socialistas en la Europa del este ha convencido a muchos de la maldad intrínseca de dicha ideología, de ahí que cualquiera que hoy la defienda sea vilipendiado, criticado de inmediato mientras que otras ideas (dictaduras igualmente execrables) reciben un trato mucho más comprensivo. Quizá yo mismo, al exagerar las dudas que mencionaba al principio, me he dejado llevar por esta tendencia al maniqueísmo; he desconfiado de el autor de El don tan solo por el hecho de ser chino. Sí, lo es; pero también estamos ante un gran escritor.