jueves, 27 de diciembre de 2012

VIRTUDES




 Toda su vida fue una niña buena: obedeció a papá y obedeció a mamá; estudió mucho porque así se prepara uno para el futuro y eso es bueno, por supuesto; siguió en todo las normas de la buena sociedad (no apoyar los codos sobre la mesa al comer, no dejar que el chorrito de sopa resbale de la cuchara al plato cuando ésta se acerca a la boca lozana, no hablar nunca de arte, de toros, de cine húngaro, de política económica, de política social; sí en cambio de vestidos de tarde, de noche, de merienda, de visita, de cóctel); llevó una vida austera y recogida: dos veces al mes peluquería, tres a la semana gimnasia relajante, aeróbic y sauna finlandesa, todas las tardes tertulia femenina con las amigas de su madre; tenis los sábados, polo los jueves, visita a los abuelos muy de vez en cuando, vacaciones en la costa o en las islas; hizo lo que de ella se esperaba: sonreír y ser amable, nunca jamás protestar por el caviar, pasear su palmito y su cuerpo perfecto en tertulias y saraos, en reuniones y fiestas, en lugares donde nunca podría ver nada que no fuesen sonrisas.
            Toda su vida fue una buena chica... hasta que  se fugó con aquel camarero del hotel de Estambul que, según cuentan las crónicas, la hizo muy feliz  y le dio para cenar sólo pan y cebolla.

viernes, 21 de diciembre de 2012

TIEMPOS DE INCURIA Y ATREVIMIENTO (Felicitación navideña)

No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
 

Don Francisco de Quevedo y Villegas


Ya conocen quienes me tratan mi enorme afición (más bien soy devoto, he de admitirlo) por los versos de don Francisco, "grande en todo", como reza su lápida en la iglesia de san Andrés de Villanueva de los Infantes, que parece que fue su primera tumba, aunque no la última, pues sus pobres huesos sufrieron -en un juego irónico del destino- grandes avatares, yendo a parar (si los científicos actuales no están errados) a una fosa común de la cripta de dicha iglesia. Triste destino el de un hombre grande, al que esta España nuestra que nos duele, como al gran Unamuno, maltrata a menudo. Los mejores hijos de nuestra triste piel de toro son siempre despreciados con estilo bárbaro y cruel. 

Viene este introito a colación porque, sin duda, sus versos de la Epístola satírica y censoria nos resultan hoy muy actuales, al menos a quien esto escribe ahora. Vivimos la época del silencio culpable, de la hipócrita mueca, del llamado lenguaje correcto y suave... Por favor, que los chorizos que pueblan nuestra España no se sientan ofendidos, que los estultos obtengan la ansiada paz, que las mentes biempensantes sean bienaventuradas, todo en aras de lograr la tan ansiada convivencia. Mientras tanto algunos, con las tripas colgando, nos hemos de aliviar en estas pocas líneas, o tal vez en tertulias de café inofensivas, que a nada conducen y nada resuelven, sino solo tal vez canalizar la rabia, el dolor y la ira. 

Vivimos tiempos de incuria falsa, de mendaces axiomas que pretenden confundirnos en la nada; tiempos oscuros de mentiras sin cuento que abarcan todas las dimensiones del orbe. Es tanta la corrección, la educación y la mesura, que a veces uno creee hallarse en un océano melifluo de fragancias dulzonas, sobre todo si ojea (y también si hojea) la mal llamada Prensa. Tras la máscara infame del respeto y la paz se esconden la mentira, la estupidez y el vacío. Por este camino proceloso y brutal llegaremos todos a la ignorancia, que sospecho es el fin que persiguen Ellos, los hombres que pretenden convertirnos en esclavos. Por eso hoy, convencido ya de que el fin del mundo de los mayas en realidad se llevaba gestando unos lustros, deseo para todos paz y felicidad en estas navidades sin pagas extra, sin consumos más allá de nuestras posibilidades; en estas navidades de reformas y austeridad. 


Por unos días, hagámosle una higa al destino infausto, riámonos todos en esta bacanal de luces de colores, de regalos y de sueños. Pero, eso sí, sin perder jamás la rabia consciente, la lucidez y el grito. Podrán quizá recortarnos los sueldos y burlarse de nosotros  en la gran payasada. Pero a algunos, al menos, nos queda la palabra.

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...