sábado, 31 de enero de 2015

¿NUEVOS TIEMPOS?

¿Será posible?, me pregunto al conocer ciertas noticias, en especial el resultado (no tan sorprendente) de las elecciones griegas. Mientras, en esta España nuestra, el partido Podemos se manifiesta en Madrid y la gente, optimista, llama a su líder Pablo Iglesias "Presidente", nada menos. Tiene esta marcha madrileña tintes casi revolucionarios, porque pone en cuestión no solo a los actuales gobernantes (la llamada "casta"), sino también las bases mismas del sistema democrático salido de la transición. Se oyen consignas en forma de gritos que reivindican un cambio, una nueva forma de gobernar, y a la vez se muestran esperanzadas.
¿Será posible -me pregunto de nuevo- que vengan nuevos tiempos y hagan realidad esos ansiados cambios? ¿O tal vez los dirigentes, esos nuevos políticos que ahora lo proclaman nos están engañando, como todos? Ardua cuestión, sin duda, que no puede ser resuelta a la ligera, pues no poseemos el don de la clarividencia. Imaginemos, por lo tanto, que son sinceros, que pretenden realmente llevar a cabo esa transformación de la que hablan, en aras de lograr un país mejor, más justo y democrático. La pregunta que, entonces, nos asalta es aún más inquietante: ¿podrán hacerlo? O mejor: ¿les dejarán hacerlo? 
Como hemos explicado en otras entadas (véanse: "La crisis", "La libertad disminuida") las condiciones democráticas de nuestros países europeos, en general del mundo occidental, se están deteriorando a ojos vista. Vivimos bajo regímenes en los cuales las libertades son solo aparentes, mientras que van creciendo los hechos que las enturbian o las disminuyen. En un mundo así, parece necesario detenerse un poco y reflexionar, cambiar ciertos aspectos de nuestra vida pública.
Ya se ha señalado que, mediante este proceso, los más poderosos, esto es, los ricos, están adquiriendo aún más riqueza y sobre todo más poder; que una nueva oligarquía va creciendo en sus influencias. Y lo peor de todo: que este proceso se nos presenta hoy como inevitable o necesario, ya que lo contrario nos sumiría en el caos económico, la inestabilidad política e incluso la anarquía. De forma muy inteligente, esos poderosos, que desean aumentar a toda costa su poder, lo han relacionado nada menos que con la propia supervivencia del sistema. Acabar con el proceso, o darle marcha atrás, se nos presenta ahora como un acto subversivo porque puede terminar con la propia democracia. A los movimientos que pretenden, tal vez con mucha ingenuidad, cambiar las cosas se les ha dado el ominoso nombre de populistas, con el deseo confesado de desprestigiarlos. 
Pero hay algo más: los llamados "mercados", esos inversores internacionales a quienes nadie, en realidad, parece conocer, ¿permitirán que alguien acabe con su juego? El llamado sistema, en el cual se basan la vida económica y la política en nuestro mundo, tiene -me temo- sus propios mecanismos de supervivencia. Ya están apareciendo algunos de ellos, pero aún vendrán más. 

EL SABUESO DE LOS BASKERVILLE

Conviene, de vez en cuando, volver a los clásicos de siempre. Retomo ahora este, una de mis novelas favoritas de todos los tiempos. Ya he hablado en otra parte de mi devoción por Conan Doyle y por su más famosa criatura literaria, el gran detective Sherlock Holmes. De todas las novelas sobre el personaje, acaso sea esta la mejor, pues en ella están todos los rasgos de una gran obra de misterio, e incluso de terror. 
Se trata, tal vez, de la trama más compleja de todas las narraciones sobre Holmes, donde su talento deductivo se ve puesto más aprueba, ya que la línea entre apariencia y realidad se hace muy difusa y resulta poco menos que imposible discernir algo claro. Al principio, la trama y el engaño nos impiden ver nada, y las líneas posibles que nos han de llevar a la resolución del misterio son tantas y tan variadas que parece que nunca llegaremos a un final. 
Otro de los rasgos que llama mi atención son los personajes: complejos, oscuros y llenos de contradicciones, parecen los perfectos candidatos a villanos. 
Finalmente, el ambiente terrorífico con esa casa enorme y solariega (Baskerville Hall), con su fachada cubierta de hiedra; y sobre todo el páramo, omnipresente, desértico y amenazador. 
En suma, una obra altamente recomendable, así como algunas de sus versiones cinematográficas, en especial la del año 1959, protagonizada por Peter Cushing, si la memoria no me traiciona. 

jueves, 15 de enero de 2015

EL CONTROL DEL LENGUAJE Y DE LA INFORMACIÓN


  •  YEVGUENI ZAMIATIN, Nosotros, 1921.
  • Aldous huxley: Un mundo feliz, 1932.
  • GEORGE ORWELL: Mil novecientos ochenta y cuatro, 1949.
Novelas distópicas todas ellas, nos aportan actualmente una mirada nueva y diferente sobre nuestra situación, a pesar de que han perdido gran parte de la fama que tuvieron a finales del siglo XX, cuando aún la existencia de regímenes comunistas hacían pensar en dictaduras sanguinarias, destructoras del individuo y de la libertad, en la total anulación de los deseos, de la capacidad de razonar. Al fin y al cabo, sus autores eran hijos de su tiempo. En aquellos momentos, las dictaduras comunistas eran sin duda las más peligrosas, y los autores vieron en ellas la mayor amenaza; o tal vez, como es el caso de Huxley, en la gran revolución de la tecnología y la genética. Nadie en aquel momento podía imaginar lo que sucedería realmente, lo que, de hecho, está sucediendo: el cumplimiento de algunas de sus predicciones, de muchas de las estremecedoras situaciones que se narraban en estos libros. Sin embargo, nadie podía pronosticar entonces que sería el sistema capitalista occidental, democrático, el que iría cambiando hasta convertirse en lo que es hoy: un régimen político medio autoritario en el que reinan, con mano de hierro, el dinero y el mercado, hasta el punto de menoscabar de forma clara la libertad de los individuos.
Vivimos en una sociedad controlada, donde la información que nos ofrecen tiene como fin dirigir nuestra opinión, influir en nosotros de tal modo que actuemos precisamente en el sentido que ellos –quienes controlan el poder- desean que lo hagamos, y no en otros posibles que podrían acarrearles muchos problemas. Se trata de tener ciudadanos dóciles que no protesten demasiado. Para ello, el primer paso es el control de la información. La que se nos ofrece es muy a menudo sesgada y parcial, mezclada con opiniones o puntos de vista subjetivos, que no siempre se distinguen con claridad de los puros hechos. Es conocido, a este respecto, el enorme éxito de las tertulias televisadas, en las que es muy complejo distinguir realmente qué es lo cierto… Por ello, se consigue fácilmente el objetivo mencionado (que los ciudadanos no protesten a menudo), puesto que lo que conocen es siempre una mínima parte de la realidad. Si, a pesar de ello, algunos se empeñan en informarse más, en recurrir a otros puntos de vista y se empeñan, contumaces, en alzar la voz, se recurre al miedo, si bien disfrazado de “seguridad”: se envía a la policía a las manifestaciones, con órdenes claras de reprimir a los revoltosos, se cambian las leyes si es necesario y se ve como delito lo que antes no era más que un incidente.
“La guerra es la paz”, se decía en la novela de George Orwell; “los recortes son reformas”, escuchamos hoy. Es, tal vez, el gran triunfo de los poderosos. Usamos el lenguaje con tal desconocimiento y ligereza, que las palabras ya no significan lo que deberían; lo que significaban, al menos, cuando se utilizaban con mayor propiedad. Hoy sirven con frecuencia para ocultar las mentiras, o las medias verdades de las que quieren convencernos. Sobre todo, se han pedido los matices, las leves diferencias entre significados que nos hacían distinguir y que nos ayudaban, en definitiva, a pensar. Ahora, en cambio, no interesa demasiado que razonemos, sino que utilicemos los vocablos más actuales o innovadores (en esto, como en tantas cosas, también hay modas), que representan asimismo el pensamiento imperante. Salirse de esos cánones, de la senda trazada, significa también pensar de modo diferente. Usar, por ejemplo, la palabra recortes supone criticar la labor del gobierno, por las connotaciones negativas que esta posee; por esto, se sustituye con frecuencia por reformas, mucho más positiva sin duda alguna. Como puede verse, las palabras les sirven a algunos para ocultar cualquier aspecto negativo de la realidad: así, los parados no lo son, sino que están en situación de desempleo o, más aún: “buscando trabajo”, como si fuese una afición o una actividad recreativa a la cual se dedicasen por placer puro y simple, para sentirse más felices y no, como suele suceder, para mantener a sus familias. De nuevo la obsesión por eliminar cualquier cosa que moleste, que perturbe la conciencia de los biempensantes.
En todos estos casos subyace, por desgracia, el mismo fin: se trata de imponernos una visión parcial de ciertos asuntos, como si fuese la única posible, el único modo de ver tales cosas. En el fondo, se trata de una actitud autoritaria, acaso se diría dictatorial, pues consiste en suprimir aquellos pensamientos que no coinciden con los nuestros. De paso, también se elimina la capacidad de discutir, de debatir asuntos políticos y sociales, de contrastar con otros nuestras ideas. Es decir, se elimina finalmente el raciocinio.
Esta es, pues, la sociedad que lentamente vamos creando, formada por individuos complacientes y cómodos que, sobre todo, no critiquen al poder ni a los poderosos; que callen resignados ante la injusticia. Más aún: el gran objetivo es que no nos demos cuenta, que seamos incapaces de percibir los fallos, la sinrazón… Si a esto añadimos que estamos controlados por la tecnología, las redes sociales y la informática, las semejanzas con la obra de Orwell son aún más evidentes. 

lunes, 12 de enero de 2015

LA CRISIS

Estamos viviendo una etapa difícil, arriesgada y oscura, mucho más terrible de lo que queremos reconocer. Imbuidos de un espíritu hedonista, nos gusta complacernos en el optimismo, y queremos creer que la crisis económica que estamos viviendo es solamente eso, económica, y que por tanto habrá de terminarse un día u otro, pues las que hemos conocido anteriormente lo hicieron también, dando paso a períodos de prosperidad. No lo es, sin embargo; no es solo una crisis financiera o de los mercados, no es solo un problema de presupuestos, de recortes o de desempleo, con ser terribles estos inconvenientes. Nos afectará, mucho más de lo que creemos, en nuestra vida cotidiana… Pero, ¿a todos del mismo modo? En absoluto, y esta es la clave de lo que está sucediendo, aunque muchos todavía no se han enterado.

El origen etimológico de la palabra crisis nos sirve ahora para encontrar algunas pistas: como es sabido, el vocablo procede del griego, y significa únicamente “cambio, transformación”. Así pues, lo que ahora tenemos delante de nosotros es un enorme cambio de todas las estructuras, de los mismos fundamentos de nuestra sociedad. Una gran metamorfosis que, si Dios no lo remedia, tendrá graves consecuencias para la libertad de la mayoría y, en cambio, muy positivas para unos pocos. ¿Cuáles serán dichas consecuencias? Principalmente, la toma del poder por parte de una oligarquía, una nueva aristocracia del dinero que podrá controlar aún más que hoy (el proceso, por supuesto, ya se ha iniciado) por dónde han de ir los tiros del mundo. La crisis económica es solo uno más de los muchos fenómenos que están coadyuvando en la consecución del objetivo: la instauración de la plutocracia. Pero hay otros hechos que también están colaborando. Algunos son acontecimientos, pero hay también ideas, pensamientos sociales o políticos mediante los cuales algunos intentan justificar lo que sucede, hacernos creer que todo es necesario o inevitable… 

viernes, 2 de enero de 2015

LA LIBERTAD DISMINUIDA

Es un hecho, me parece, que el control del Estado o de “las autoridades” sobre los comportamientos de los ciudadanos ha ido aumentando progresivamente, de forma muy lenta pero inexorable desde, pongamos, el último tercio del pasado siglo. Es curioso, sin embargo, que esos mismos estados y sus representantes nos han ido convenciendo (y estoy persuadido de que muchos lo creen) de lo contrario: se oye a menudo que nunca en la historia hemos gozado de mayores libertades; que somos cada vez más poderosos pues podemos decidir; que gozamos de derechos que nuestros antepasados solo pudieron soñar;  que vivimos una situación poco menos que envidiable.
He aquí, por desgracia, la gran contradicción: pues esa libertad por la cual –nos dicen- debemos sentirnos realmente satisfechos, no es más que un remedo urdido, precisamente, por quienes están más interesados en que guardemos silencio. Pues este es uno de los rasgos importantes de nuestra época: vivimos en la Era del Silencio. Se trata de que vivamos en una especie de burbuja llena de mentiras que, sin embargo, conservan la apariencia de verdad y, por lo tanto,  convencen a muchos. ¿Para qué? ¿Cuál es el objetivo? Como iremos viendo en las páginas siguientes, lentamente se están poniendo las bases para un nuevo orden, una nueva forma de organizar la sociedad de tal modo que unos pocos determinen el destino de la mayoría que, indefensa, se está viendo abocada a una situación de menor libertad, con menos derechos y posibilidades, sin embargo, como decimos, se trata de convencer a esa mayoría (y hacerlo, por supuesto, “democráticamente”) de que en realidad sus posibilidades y el ejercicio de la libertad son cada vez mayores; de que la democracia, tal como la practicamos en Occidente, no es solo es sistema menos malo, sino el único posible. No obstante, también se nos insiste en unas cuantas ideas que se han convertido en lugares comunes que hemos aceptado sin rechistar. El propósito de estas líneas es preguntarnos realmente si tales ideas son verdaderas.
La primera de ellas es la siguiente: “La democracia es así”, se nos dice; con  ello se acepta que tiene algunas fallas e imperfecciones, esto es, que la libertad ha de limitarse, porque no es posible concederla del todo. Por tanto, los seres humanos no pueden ser absolutamente libres, pues de lo contrario se acabaría con la propia sociedad. El fundamento de la misma se halla en la frase: “Tu libertad termina donde empieza la de los demás”, que hemos oído en tantas ocasiones que se ha convertido en una especie de mantra y, por fin, hemos terminado por creérnosla. ¿Qué significa en realidad? En el fondo, no es más que una frase, por supuesto, ya que si la tomásemos en su sentido estricto la conclusión no puede ser más desoladora: nadie es libre. Pero, como hemos de admitir que sí existen ciertos grados de libertad, hemos de admitir, sin embargo, que esta es  limitada, incompleta, lo que se manifiesta en varias esferas o ámbitos de nuestras vidas. Cuando los analicemos podremos, acaso, responder a una pregunta que se me antoja inquietante: ¿Debe ser así, en definitiva? ¿Es preciso, como nos dicen, que nuestra libertad se vea reducida? Veremos, pues, algunos de esos ámbitos en próximas entradas y más tarde intentaremos responder. 

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...