domingo, 30 de marzo de 2014

LOS MEJORES PROFESORES

Suenan en estos días vientos de cambio (uno más) en nuestro ya depauperado sistema educativo. Como tantas otras veces, los responsables de la materia parecen haber        hallado -esta vez sí, afirman; esta es la buena...- la llave maestra de la mejora, de la calidad, de la excelencia. No se trata ya, nos informan, de los contenidos, ni de la escasa motivación de los alumnos; ni siquiera debe tenerse en cuenta el ambiente familiar, tan conflictivo algunas veces, tan poco proclive en ocasiones fomentar en los jóvenes esfuerzos y estudios, o aficiones tales como la lectura, la música culta y otras antiguallas tan poco funcionales.  Las mentes preclaras, las mismas que deciden aumentar las ratios, reducir las dotaciones económicas y echar a los profesores, han dado con la clave, hasta ahora ignorada por tirios y troyanos: van a ser seleccionados los mejores profesores. 

Ya siento estremecerse las trémulas carnes de todos los miembros de la Comunidad Educativa. ¿Cómo es posible, nos preguntamos muchos, que hasta ahora a nadie se la haya ocurrido semejante hallazgo? Pero "nunca es tarde, si la dicha es buena", y sea bienvenida esta idea genial que consiste a grandes rasgos en que ahora serán los Directores de los centros quienes elegirán a algunos profesores, en función de los perfiles más adecuados para el centro en cuestión.  No se ha aclarado, sin embargo, en qué han de consistir los susodichos perfiles, qué se entiende por tales ni cuáles han de ser los más adecuados para un centro en concreto. Sin embargo, nos piden que creamos que este nuevo sistema será mejor, se obtendrán automáticamente mejores resultados. 

Por otro lado, vuelve a echarse en los de siempre la carga terrible de los males educativos. Si ahora se nos dice que van a escoger a los mejores, ¿qué significa esto en realidad? Que hasta ahora, al parecer, se escogía a los peores.  La culpa de todo la tenemos los de siempre. 

sábado, 29 de marzo de 2014

El verbo "regular" en la vida política.

regular (Del lat. regulāre).


1. tr. Medir, ajustar o computar algo por comparación o deducción.

2. tr. Ajustar, reglar o poner en orden algo. Regular el tráfico.

3. tr. Ajustar el funcionamiento de un sistema a determinados fines.

4. tr. Determinar las reglas o normas a que debe ajustarse alguien o algo.

5. tr. Econ. reajustar (‖ aumentar o disminuir coyunturalmente). Regular las tarifas, los gastos, la plantilla de empleados.

He aquí las cinco acepciones que determina la R.A.E. para esta palabra, de las cuales la que ahora más nos interesa es la cuarta, aquella que se refiere a las normas y reglas. A ella se refieren, seguramente, las personas que se dicen partidarias de "regular el derecho de manifestación", como ahora se está oyendo en diversos medios. Regularlo de nuevo, deberían haber dicho, pues en realidad el derecho ya tiene sus propias normas, comenzando por la propia Constitución española. Así pues, lo que ellos proponen es que se modifiquen esas regulaciones, que sean cambiadas porque, en el fondo, las que existen no les gustan. 

No parece casual el hecho de que estas cuestiones "espinosas" son planteadas por parte del sector más proclive o partidario del Gobierno de turno. Lo que vale tanto como decir: todos los gobiernos que han de soportar protestas de esta índole intentan desprestigiar, anular de algún modo los posibles mensajes de los contestatarios. Sería muy fácil llamarlos "subversivos" pero, como nos encontramos en un régimen democrático, esto podría sonar demasiado radical, demasiado propio de regímenes dictatoriales. Así pues, en el caso que nos ocupa, el Gobierno español (y algunos medios de comunicación que lo jalean) ha aludido a la violencia que, indudablemente, se ha producido en estas manifestaciones. Se ha generalizado, atribuyendo estas acciones a todos los los convocantes de las mismas, y la responsabilidad de los actos violentos. Aún más: han sido culpados por no haberlos impedido mediante servicios propios de seguridad.

Como en tantas otras ocasiones, se desvía el foco, por así decirlo; se culpa a las personas equivocadas, o se culpa a todos por los desmanes de algunos. De esta manera, se logra el objetivo que se pretendía: hablando de violencia, de destrozos, de agresiones a policías, se impide que hablemos de lo que sucedía unas pocas horas antes: se estaba produciendo una manifestación contra la política del Gobierno.

El fin que se buscaba ha sido cumplido. 

LAS MANIFESTACIONES

Es muy preocupante la tendencia, que se está incrementando en los últimos tiempos en nuestra España, a llevar todo al extremo, a utilizar como argumentos, no las virtudes propias, sino los errores (aunque sean imaginarios) del oponente; y sobre todo a descalificarlo sin ningún razonamiento. Ejemplos de esto han sido las reacciones que ha provocado el espinoso asunto de las manifestaciones que han tenido lugar, sobre todo en Madrid, contra la política del Gobierno. Protestas que, por cierto, han acabado en disturbios y algaradas muy lamentables, cuando no en delitos graves: agresiones a policías, destrozos en las calles y agresiones intolerables. Estos hechos, con ser muy preocupantes, no son sin embargo lo más oscuro de todo este asunto... 

Quienes legítimamente se oponen a  las ideas de los manifestantes, utilizan argumentos de este estilo, y no oponen razones de índole política a las mismas, sino que, asombrosamente, acaban cuestionando el propio derecho a la manifestación. Sus alegaciones son, sobre poco más o menos, las siguientes: 
  • Generalización: En la manifestación del 22 de mayo (llamada por sus convocantes "Marcha por la dignidad") se produjeron disturbios que son intolerables y delictivos, claro está. A pesar de que el número de manifestantes pacíficos fue mucho mayor que el de los violentos, los mencionados disturbios muestran a las claras los discutibles métodos de toda la izquierda llamada por ello  "extrema" o "radical". 
  • Prejuicio: Las ideas de todos los, absolutamente todos los manifestantes eran las mismas, y coinciden peligrosamente con las de los alborotadores que lanzaban adoquines. 
  • Conclusión: Todos eran de izquierdas, pues esos delincuentes también lo eran, lo cual convierte en ilegítimo de facto el mensaje que pudieran querer transmitir a la sociedad. Dicho mensaje queda anulado inmediatamente y con él las opiniones de todos los que asistieron a la manifestación. 
  • Omisión: No se plantea en ningún momento distinguir matices, diversidad de opiniones, de opciones políticas. Ni siquiera llega a plantearse que algunos de los que se manifestaron no defiendan, en realidad, ninguna opción partidista concreta. 
  • Inferencia: Si el mensaje de esos manifestantes es ilegítimo, el del Gobierno es, por tanto, legítimo. Si la izquierda se equivoca, la derecha tiene razón por el simple hecho de ser contraria a la primera. 
Pero lo más peligroso, insisto, es la idea que ha surgido como conclusión a todas estas opiniones: ¿Es preciso, pues -se preguntan algunos- regular el derecho de manifestación? Por supuesto, el mayor inconveniente se halla en este verbo (regular), al que habremos de dedicar una entrada completa. 

martes, 4 de marzo de 2014

Un ensayo lúcido: Todo lo que era sólido

En estos días, leo con fruición el ensayo de Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido (Seix-Barral). Es, como en otras ocasiones, el fruto feliz de mi última visita a la Villa y Corte, la ciudad de mis mejores y más placenteros recuerdos juveniles. 

Pero vamos a lo que ahora ocupa mis ocios. La lectura de esta obra está siendo fructífera, a ratos gozosa, casi siempre asombrada. Es muy gratificante encontrar, entre el marasmo de mentiras, cobardes reticencias e hipocresías varias que invaden casi toda nuestra vida pública, un poco de claridad, una cierta lucidez en esta "noche intelectual" en que algunos pretenden con toda la intención sumergirnos a todos. También me complace, por qué no decirlo, estar tan de acuerdo con algunos de los asertos que aparecen en este libro. En cierto modo, me he visto reflejado en algunas de sus páginas. Al menos -pensaba al tiempo que leía- no soy el único que piensa de este modo, no soy un raro ni un pesimista irredento, como a veces me he sentido irremediablemente. No estoy solo.

Las ideas de este libro -nacidas, como el propio autor admite, de la distancia no solo física que le otorga el vivir en Nueva York- no pueden ser más claras: "todo lo que era sólido" aquello que creíamos nuestro mayor tesoro, los cimientos más firmes de nuestro país, se están desmoronando debajo de nosotros y, por ende, nos hacen sentirnos temblorosos e inseguros. Lo que creíamos verdades indubitables, principios forjados desde el advenimiento de la democracia y en los años posteriores, han entrado en una crisis que no es sólo económica. Esta vez, creo, hay que darle a la palabra su sentido originario: cambio, transformación. Porque, en efecto, este es el gran tema de este ensayo: nada de aquello que creímos firme como una roca lo era realmente. Durante unos cuantos años hemos vivido en la alucinación, en un Retablo de las maravillas permanente, en el cual no permitíamos que absolutamente nadie nos sacara del error. Si alguna voz se alzaba contra el desbarajuste, contra las mentiras, contra las muchas variantes de complacencia que se daban entonces, su dueño era tildado inmediatamente de agorero, de traidor o de aguafiestas. Unos (los políticos) vivían empecinados en el engaño permanente, hasta el punto de que opino que llegaron a creerse sus propios embustes; otros (los ciudadanos) nos instalamos con comodidad en una vida muelle y relajada, donde todo era fácil y todo era lícito, lo que excluye la crítica y el discernimiento. Ciertamente, es más fácil la ceguera y nos otorga más momentos de felicidad. El análisis, en cambio, resulta más complejo y sobre todo más incómodo. Aunque en distintos grados (de la complicidad al silencio va un  abismo), todos somos responsables en cierto sentido por no haber protestado, por no haberles exigido más aún a quienes tienen el poder de cambiar las cosas. Debemos por tanto hacer un esfuerzo de conciencia cívica y ser más rigurosos, más exigentes cada día, más ciudadanos. Pues en esos años, por desgracia, nos limitábamos muchos (también, claro, quien esto escribe) a mirar ese espectáculo alucinatorio con ojos benevolentes, sin torcer mucho el gesto cuando veíamos cosas que no parecían ni prudentes ni, en ocasiones, legales. Como máximo, ejercíamos cada cuatro años nuestro derecho al voto, lo que nos proporcionaba una gran tranquilidad, y a veces protestábamos, es cierto, pero en tertulias de amigos que se mostraban siempre benévolos con nosotros. Como tantos españoles, nos complacía despotricar a gusto contra el gobierno, contra esta o aquella declaración de un político, contra este o aquel latrocinio evidente. Mas no nos atrevíamos a pasar de ahí, por miedo quizá a perder un estatus o una situación que, debemos admitirlo, era privilegiada.  

Lo que el libro propone en sus últimas páginas no puede ser, en mi opinión, más razonable. De una parte, insiste el autor en que resulta urgente y necesario que nos despertemos; que entendamos de una vez: todo lo que era sólido y eterno en aquellos años ha dejado de serlo. Nuestra vida, las bases tan presuntamente sólidas sobre las cuales se construía, no están garantizadas porque son cambiantes; más aún: son tan débiles y frágiles que necesitan cuidados muy tenaces y continuos. Habíamos llegado a creer que los derechos que nos daba la democracia eran inalienables o que no podían perderse. Llegamos a imaginarnos que todos los derechos de llamado "estado del bienestar" existían desde siempre como un rasgo esencial de nuestro carácter o de nuestra idiosincrasia como pueblo. Ahora, sin embargo, hemos de comenzar casi desde cero, debemos aprender que la mera existencia de tales derechos no garantiza nada, que si los deseamos hemos de pedirlos, hemos de alzar la voz porque hay otras voces que quieren negárnoslos. La verdadera democracia se conquista, no se posee desde siempre. Día a día, se lucha por ella desde la inseguridad. De otra parte, es preciso corregir cuanto antes el otro gran error que todos cometimos en los "años del delirio". Nuestros gobernantes, nuestros políticos de todo signo, y también nosotros mismos, vivíamos instalados en nuestras certidumbres de todas clases: políticas, religiosas, sociales, económicas... Gozábamos de ellas como si no hubiera un mañana; instalado cada uno en sus propias creencias no creímos necesario -y aún no terminamos de creerlo del todo, no nos engañemos- negociar con el otro, debatir sin exabruptos puntos de vista diferentes y hasta opuestos. Sin embargo, si queremos realmente avanzar con seguridad, conquistar de nuevo esa democracia que ahora se nos revela tan frágil y tan débil, debemos hacerlo. Si queremos conservarla, deberíamos ser capaces de dialogar realmente, dejando por el camino alguna de nuestras ideas. Habremos de ceder, aunque nos cueste, aun cuando realmente nos resulte doloroso. Pues no estamos acostumbrados. 

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...