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lunes, 26 de diciembre de 2016

Responsabilidad

LA EDUCACIÓN ESPAÑOLA -decía en la anterior entrada- va sin rumbo; y allí mismo explicaba una de las razones, junto a otras muchas que estoy intentando analizar en esta bitácora. Hay una más, relacionada con el vocablo que titula esta entrada: responsabilidad. Algo muy antiguo, a juzgar por lo que se oye cuando se habla hoy de temas educativos. Hace ya muchos años, es cierto, uno era responsable de sus propios actos, o de la ausencia de ellos, y esto se observaba en particular en el mundo de la enseñanza. En otros tiempos, los resultados obtenidos por un alumno dependían casi exclusivamente de su trabajo, de su estudio, del esfuerzo que realizaba durante un periodo de tiempo (un mes, una evaluación, un curso escolar), y así era reconocido por casi todos los miembros de la comunidad educativa: padres, profesores, y hasta las autoridades, que no se paraban a analizar otros factores que pudieran intervenir en este proceso: la educación de los padres, el entorno socioeconómico y familiar del alumno, sus expectativas académicas o profesionales, o su motivación. 

La promulgación de la LOGSE en 1990, como se sabe, produjo varios cambios importantes en el ámbito educativo, el más destacado de los cuales fue, acaso, la implantación de un modelo comprensivo, esto es, único para todos los alumnos, al tiempo que paradójicamente, se reconocía la diversidad de los mismos, y se pedía a los docentes que la tuviésemos en cuenta. Poco a poco, de forma casi imperceptible, fueron entrando en juego las circunstancias mencionadas, que influían notablemente en el hecho educativo y en el aprendizaje de nuestros estudiantes. En alguna de ellas (el entorno socioeconómico, por ejemplo) se ha venido insistiendo de modo especial, como si fuese determinante en todos los casos, aunque no lo sea en realidad. 

De este modo, si un alumno no estudia comienzan a buscarse inmediatamente las causas principales: que vive en un entorno "que no favorece el aprendizaje", la desestructuración de su familia, su nivel cultural o económico, las relaciones entre sus padres..., que son todos, como puede fácilmente observarse, factores externos, ajenos al alumno. Mientras tanto, iba perdiendo importancia la responsabilidad, es decir, la intervención de la voluntad de estudiar o no por parte del alumno, causa que antes era primordial. Pues vemos a diario que, curiosamente, hay chicos que no estudian sin que, sin embargo, intervengan las razones que se intentan aducir. No siempre se debe a estos motivos, en efecto, sino que a veces los adolescentes no muestran interés por los asuntos académicos aun cuando sus familias no tengan problemas graves, o aunque vivan en un entorno económico normal, incluso acomodado... ¿Cómo es esto posible?, se preguntarán inquietos mis atentos lectores. En efecto: no se ha previsto en modo alguno que esto ocurra, y por eso nadie puede explicarlo. 

Se ha olvidado, además, un hecho capital en todo este asunto: el proceso que he descrito anteriormente ha sido observado y bien conocido por los propios muchachos, que se han dado cuenta de que jamás, bajo ningún concepto, nadie les pedirá responsabilidades, empeñados como están en buscar las otras causas. Así pues, les estamos enseñando a nuestros jóvenes la idea siguiente: pueden no estudiar, y pueden hacerlo porque nunca jamás les serán pedidas explicaciones ni responsabilidades, pues este hecho (al parecer tan extraño) se ha querido aclarar por otros motivos, entre las cuales cabe añadir, ademas de las ya citadas, la escasa formación de los docentes. Como nadie hoy en día se atreve a cuestionar las tesis conductistas (aunque ya hayan sido refutadas por otros autores), si un alumno no aprende se debe sin duda a su entorno, a sus circunstancias socioeconómicas y a las de sus padres, o a que el profesor no ha aplicado las técnicas adecuadas. Nunca jamás podrá reconocerse ese hecho tan raro, nunca visto por nadie, de que un niño o joven no desee estudiar por la sencilla razón de que no le gusta.  

Valores

LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA va sin rumbo desde hace más años de lo que muchos quisieran reconocer, pues hacerlo significaría admitir su propio fracaso. Lo es, sin duda, el asunto de la llamada "educación en valores", uno de los pilares fundamentales en los que se basó la reforma educativa de los años 90. Se trataba de enseñar a los jóvenes ideas positivas como la tolerancia, el diálogo, el respeto a todos los "colectivos", a todas las nacionalidades, culturas y civilizaciones, el gusto por la lectura y por la cultura en general, y otros semejantes... Para lograrlo eran válidos todos los medios de transmisión de información, las nuevas tecnologías y asimismo, por supuesto la literatura. como ya vimos en una entrada anterior. Los libros se convirtieron en una suerte de sermones insoportables mediante los cuales se intentaban inculcar las citadas ideas, e incluso surgieron multitud de obras de carácter "juvenil" donde expresamente se decían promover los valores positivos. 

También se procuró transmitirlos a través de actividades de variada índole realizadas, por lo común, en sesiones de tutoría donde era preciso motivar a los jóvenes, y también en todo tipo de talleres, donde se enseñaban desde los males de las drogas hasta el mismísimo código de la circulación. A la vez, comenzaron a organizarse por los Ayuntamientos, Diputaciones y otros organismos de la Administración, toda clase de actos sobre un gran número de asuntos: la mujer trabajadora, la cooperación, el fomento de la lectura (cómo no), de la ecología, el amor a los animales o las críticas y censuras a determinados comportamientos, a veces contra hechos ciertamente reprobables, claro está, pero que no han de cesar por la celebración de estos actos o jornadas, en las cuales se invierten grandes cantidades de tiempo y de dinero... 

Sin prisa pero sin pausa se ha ido imponiendo en nuestro sistema educativo la idea perniciosa de que este debe, ante todo, educar a los alumnos, mientras que enseñarles contenidos es asunto secundario, de menor importancia..., pues al fin y a la postre los olvidarán con el tiempo. Esto se vio claramente, incluso, en el cambio de significado en una de las letras de la sigla ESO: ya saben, la E de Enseñanza pasó a significar Educación, y a todo el mundo le pareció estupendo porque, tal vez, a algunos les perecía poco la tarea de enseñar, o tal vez quisieran, por un afán corporativo, desprestigiarla en favor de la educación, en aquellos valores que ellos precisamente querían resaltar. 

Lo que no nos dijeron -porque no interesaba, claro está- es que este "desplazamiento" iba a tener consecuencias realmente graves en nuestra enseñanza. La primera de ellas y más importante es que muchos descubrieron que no es necesario educar a sus hijos en los hogares, sino que este es un proceso que ha de tener lugar solamente en la escuela, donde les enseñaremos esos grandes valores. Así, poco a poco la familia se ha ido convirtiendo en un espacio lúdico de amor y comprensión, de convivencia perfecta donde palabras como esfuerzo, obligación y no digamos disciplina han quedado olvidadas, sustituidas por otras mucho más alegres y positivas: comprensión, convivencia, diálogo..., llevándolas al extremo, es decir, olvidando por completo las citadas más arriba, que son consideradas ideas antiguas, pasadas de moda. 

La consecuencia inmediata de todo esto se deduce fácilmente: nos hallamos ante una contradicción u oposición realmente peligrosa: mientras en las familias se les enseña a los chicos que pueden hacer cuanto quieran, que no son responsables de sus actos, que solo recibirán cariño y comprensión por parte de sus progenitores, a la vez se espera de la escuela que enseñe otros valores acaso contrarios, al menos muy distintos: estudio, constancia, esfuerzo... Y no solo esto: muchas veces las familias ponen en cuestión los métodos de la escuela para lograr estos objetivos, de modo que se impide el desarrollo de los mismos. Pues bien, conciliar estos contrarios es imposible: si los niños y jóvenes no son educados en casa y en la escuela en los mismos valores, elegirán sencillamente los más fáciles, los menos gravosos o que menores dificultades presenten para ellos. ¿Alguien tiene dudas de cuáles han de ser? 

Por muchas más leyes que se promulguen, por más materias que se cambien o competencias que se analicen, nuestros alumnos no estudiarán; no aprenderán si, como ahora sucede, nadie les hace responsables de ello. Pues, al fin, este es el valor más importante que les estamos enseñando: no hace falta que estudien porque este ya no es el fin primordial de la escuela, que solo sirve para educar. 

¿Realmente es eso lo que queremos lograr?  

sábado, 17 de diciembre de 2016

La educación estándar

ÚLTIMAMENTE SE ESTÁ HABLANDO MUCHO de las reválidas, las pruebas externas planteadas por el Gobierno en aplicación de la LOMCE; también de los deberes. Y se tratan ambos temas como algo terrible, inaceptable, que puede determinar para siempre la vida de unos chicos que se verán traumatizados, doloridas sus almas ante la injusticia, ominosa y artera, que se cierne sobre ellos. 

Nada se dice, sin embargo, de otro asunto que, este sí, puede determinar, a diario durante todos los cursos de Primaria y Secundaria, el presente y el futuro de los jóvenes..., pero que no ha merecido la más mínima atención por parte de aquellos que protestan airadamente contra la LOMCE. Pero mucho me temo que será un grave problema (ya lo está siendo en los centros escolares), y que tendrá consecuencias sumamente graves en nuestro sistema educativo. Me estoy refiriendo al "nuevo" modo de evaluar que ha sido establecido en dicha ley y que, digámoslo claramente, es un disparate tan sumamente grande que debería ser evitado a toda costa por quienes tenemos la responsabilidad de enseñar (sí, los profesores también enseñamos, a pesar de todo). ¿Y cómo hacerlo? Sorteando algunos aspectos de la ley; aplicando solo en parte dicho sistema, pues si lo hiciésemos "a rajatabla" las consecuencias serían nefastas, y el fracaso escolar alcanzaría cotas nunca vistas. 

Consiste el engendro, grosso modo, en aplicar unos indicadores (de hecho, así se llamaron en leyes anteriores) que ahora reciben el curioso marbete de estándares**, que parece remitirnos a ese afán de igualar (dar a todos la misma educación) que ha presidido todas las leyes educativas, aunque con matices. Los susodichos estándares son muy numerosos, y vienen enunciados en la propia ley educativa, la denostada LOMCE. Indican los factores que han de ser observados en los alumnos, aquellas características que serán evaluadas..., aunque no se dice cómo. Al parecer, se trata de aplicar una escala o graduación que determine en qué grado consiguen los alumnos tales estándares. Sin embargo, y esto es acaso lo más preocupante, cada profesor deberá determinar la que crea conveniente, estableciendo esa escala de la manera que estime más adecuada o quizá más rápida, dado el elevado número de operaciones que hay que realizar: más tarde, tras obtener una suma global de todos los estándares, habrá de convertirse en una calificación de cero a diez, la de toda la vida, para que los alumnos y sus padres puedan entenderla. ¿Pero cómo se hace esto? No se explica en modo alguno en la normativa, por lo que cada docente podrá hacer, como siempre, lo que estime más correcto. 


Pero aún hay más complicaciones: el profesor deberá, asimismo, determinar qué estándares son más importantes, y cuáles menos; dividirá los mismos en tres categorías: básicos (¿que servirán tal vez solo para aprobar?), intermedios (¿para obtener una nota un poco más alta?) y avanzados (¿aún más alta?), para lo cual por supuesto habrá de hacerse un cálculo que no se explica nunca... Francamente, uno tiene la sospecha de que tal vez se obtuviesen los mismos resultados y calificaciones mediante el sistema tradicional, de que toda esta maraña de cálculos matemáticos no sirva realmente al propósito fijado. Pero solo es una sospecha. 


¿A qué conclusiones nos lleva todo esto? Podemos establecer al menos dos a primera vista. La más grave, en mi opinión, se refiere a la objetividad: tantas opraciones, tantos cálculos, tal vez darán lugar a diferencias insalvables entre alumnos, no solo de unos centros educativos y de otros, sino entre profesores. Y lo más importante: dado que, al fin y al cabo, los números obtenidos habrán de convertirse en una calificación tradicional, no hay nada que garantice que todas estas operaciones sean realmente más objetivas que una nota normal de cero a diez, resultado también de una media aritmética. ¿Por qué pues, todo esto? ¿Para qué nos sirve? Tal vez han pensado nuestros legisladores que, aumentando el número de estándares, aumentan asimismo las variables que se evalúan, cuando esto no es verdad. Ya antes, cuando se calificaba solo de modo tradicional, se tenían en cuenta factores muy diversos. ¿Dónde está pues el avance? 


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El Diccionario de la Lengua Española define así el término, cuando se usa como sustantivo: Tipomodelopatrónnivel.

sábado, 8 de octubre de 2016

Seguimos con los deberes

Leo noticias en la prensa, escucho supuestos debates sobre el asunto, que es tratado nuevamente aunque de modo superficial, incompleto y, por ende, falso. El asunto, como se sabe, es el de los deberes escolares (tareas para otros, tortura para algunos hoy en día). Se sigue hablando, pues, de ellos en estos tiempos nuevos y positivos y al final, seguramente, serán suprimidos en aras, no de una más y mejor educación, sino tan solo para preservar la salud emocional de los niños españoles. Pues este es el fin último de la educación, que nadie se equivoque. No es que aprendan, no, sino que sean felices, evitándoles en lo posible cualquier inconveniente o cualquier problema que deban afrontar. Pues son, en efecto, un problema, ya que las últimas investigaciones pedagógicas, han descubierto algo fundamental, al parecer: que a los niños no les gusta hacer los deberes,cosa que nadie sabía antes. 

Se ha demostrado también (lo han hecho, sin duda, estos nuevos teóricos de la pedagogía) que aprender no es necesario, ni urgente, ya que pude hacerse en cualquier momento a través de Internet. Lo importante, claro, es aprender a aprender, como todo el mundo sabe ya, aunque jamás haya pisado un aula como docente. Los conocimientos son, sin duda, lo menos importante, pues desde hace unos años han sido sustituidos por las competencias. Lo fundamental no es ahora medir lo que se sabe, o lo que se hace, sino aquello que el alumno puede hacer. Que lo realice o no carece de importancia. Así pues, las tareas ya resultan inútiles, una absoluta rémora. 

De este modo tan simple que ahora vemos, llegaremos a una interesante conclusión: de nada vale que los niños hagan nada siempre y cuando estemos seguros de que pueden hacerlo.  ¿Para qué demostrarlo? No es necesario, siempre que la posibilidad este ahí, presente, en sus mentes o en sus almas...  

miércoles, 9 de marzo de 2016

LITERATURA VIVA

Pero entonces, ¿cuál es la real, la verdadera finalidad de la literatura? ¿Para qué sirve, qué sentido tiene? Si no mejora las capacidades expresivas de los adolescentes (Literatura muerta, 1), ni es útil tampoco para crear en sus mentes valores positivos (Literatura muerta, 2), ¿debemos deducir que la literatura no sirve realmente para nada práctico? Es, en efecto, la opción que nos queda... La palabra clave que hemos de analizar en este caso es, sin duda, práctico, pues esas finalidades de las que hablábamos en las dos entradas anteriores tienen un carácter que sus partidarios, insistentemente, se han empeñado en llamar funcional: "que tiene una función, una finalidad". O lo que es lo mismo: que sirve para algo. 

Sin embargo, por los efectos o los "logros" que se han conseguido desde desde la aparición de esas ideas pedagógicas, hoy tiendo a pensar que ese adjetivo carece del sentido que ellos, ingenuamente, quisieron otorgarle. A la vista de los hechos, cabría preguntarse si la lectura realmente debe ser funcional, si en verdad debe servir para algo y,en caso afirmativo, para qué. 


Tras muchos años teniendo a los libros por compañeros, creo firmemente que su mayor valor es, precisamente, su carencia de toda finalidad, al menos en el sentido que hoy se le da esta palabra. Yo nunca he leído para tener mejor vocabulario, e incluso hoy en día estoy persuadido de que la lectura no tiene, como ya he insinuado con anterioridad, demasiada incidencia en este hecho. Ni siquiera creo que me haya convertido en un hombre más culto: conozco -es cierto- más hechos, más nombres, más ideas acaso que otras personas. Pero nada más. 


Una cierta mirada: esto es lo que creo que la literatura me ha dado en todo este tiempo. Solamente -subrayo- un cierto modo de entender la realidad que se caracteriza, sobre todas las cosas, por la duda. En efecto: lo que me ha enseñado la literatura, acaso lo único que he aprendido de ella, es a hacerme preguntas, ninguna de las cuales he podido responder, sin embargo. Cada libro, en el fondo, abre un interrogante y, a pesar de que el autor suele dar una respuesta, al leer otro libro aparece ante mí una nueva pregunta, que a su vez otorga una nueva respuesta diferente a la anterior, acaso contraria, de lo que se deduce que no hay una sola, no existe una realidad unívoca y cierta, universal. Cada autor nos ofrece solamente una visión parcial de la realidad, la que pudo darnos en su tiempo o tal vez con la escasa información que pudo tener. Así pues, todos los escritores, en el fondo, tenían razón, de la misma manera que todos ellos se equivocaban. No existen, pues, más que ciertas ventanas parciales e incompletas a la realidad, por lo que puede decirse que la literatura te sumerge, cada vez que lees un libro, en la ausencia de respuestas, en la incertidumbre. 


Si a esto añadimos que las obras literarias tampoco nos convierten en mejores personas, es difícil encontrar su utilidad. Así es: contra lo que muchos pensaron en el pasado, leer libros no mejora nuestro carácter o condición, puesto que un insensible no podrá jamás leer, ni aprovecharlo si lo hace. Tampoco nos mejora moralmente: un canalla no deja de ser un canalla, pues leer no entra, por lo común, en sus planes; y aunque lo hiciese, se encontraría nuevamente con la incertidumbre... Por ello, cabe preguntarse qué impulso irracional nos impele a unos cuantos a seguir este camino que comienza cada vez que abrimos un libro. Una nueva idea, una nueva pregunta que, al terminar la lectura, nos dejará tan solo una nueva respuesta muy provisional. Parece un largo camino sin fin; en definitiva, muy poco funcional, que dirían mis amigos los pedagogos. 


Por eso algunas veces me he preguntado qué me impulsa entonces a seguir esta senda que no lleva, en realidad, a ningún sitio. Tal vez solo forme parte de mi naturaleza, de mi forma de ser, puesto que no recuerdo ni un momento de mi vida en que no haya estado leyendo un libro. Quizá solamente se trate de esto: cuando era niño (por supuesto, no recuerdo la fecha) cogí un libro y, desde entonces, no he podido sustraerme a esta sensación. Simplemente, forma parte de mí, pero no soy mejor, ni más grande, ni he aprendido realmente muchas cosas. 

jueves, 16 de julio de 2015

El lenguaje trivial (2)

Continúo aquí con algunas expresiones muy vigentes hoy en día y que, sin embargo, adolecen de ese mal que he dado en llamar trivialidad. Insisto: no son incorrectas, sino sencillamente, pequeñas o grandes tonterías. Veamos algunas: 

Foto de familia:
Esta bobada aparece por doquier en nuestros días: cada vez que hay un acto, ya sea social, económico, político, de un partido, de un club, de una asociación del tipo que sea, suelen hacerse sus miembros o asistentes una fotografía donde aparecen todos. Y a esta instantánea se la suele nombrar con el marbete que indico: Foto de familia del grupo Tal, se dice en el pie sin ningún rigor semántico. Sin ninguna exactitud ni propiedad, pues ser lo cierto es que los fotografiados no suelen, por lo común, tener parentesco familiar alguno. Tal vez quiera expresarse que forman una familia en sentido metafórico o figurado, es decir, que están tan unidos como si lo fueran, merced a una especie de comunión espiritual.
Sin embargo, al ver las tales fotos, muchas veces esta idea se me antoja un sarcasmo... 

En un corto (o largo) espacio de tiempo:

Esta sí que es una bobada triunfante... Suele oírse a destajo en nuestros medios, como se dice ahora, con una alegría y una prolijidad que realmente asustan. ¿Hace falta explicar por qué se trata de una construcción innecesaria? El espacio y el tiempo son dos "dimensiones" bien diferentes, por lo que yo recuerdo de mis clases de ciencias. O medidas distintas, si se quiere, según el sistema métrico decimal. Que yo sepa, el espacio puede medirse en metros, hectómetros, etc. si estamos hablando de una longitud, o en metros cúbicos si es volumen. Si hablamos tal vez de distancias estratosféricas, suele usarse el año-luz, para medir distancias enormes del Universo. En cambio, el tiempo utiliza otras unidades, como es de sobra conocido: segundo, minuto, hora, año, siglo... 
Así pues, ¿qué es eso de un corto espacio de tiempo que tanto se oye? ¿Unos centímetros tan solo de tiempo rápido? No lo sé. 

Tolerancia cero: 

Este sintagma prolifera últimamente como las setas en otoño... No sé qué me asombra más, si la semejanza del mismo con títulos de películas: (Misión imposible 2, District 9, Planet 51...) o su valor enfático, que es, me imagino, la razón por la que se usa este antipático Cero. En efecto, suele usarse para destacar que no se tendrá ninguna tolerancia con determinados comportamientos execrables, o que estos serán duramente castigados por la sociedad, o por la justicia. Ahora bien: el numeral cardinal aplicado a un sustantivo como tolerancia me parece que es inadecuado, pues el significado del mismo es el siguiente: 

1. f. Acción y efecto de tolerar.
2. f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
3. f. Reconocimiento de inmunidad política para quienes profesan religiones distintas de la admitida oficialmente.
4. f. Diferencia consentida entre la ley o peso teórico y el que tienen las monedas.
5. f. Margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas o de las obras contratadas.
6. f. Máxima diferencia que se tolera o admite entre el valor nominal y el valor real o efectivo en las características físicas y químicas de un material, pieza o producto.

Como puede observarse, las tres primeras acepciones se refieren a sentimientos o acciones, a las cuales difícilmente puede aplicárseles un numeral; ¿cantidad de acción? ¿Cantidad de respeto, o de reconocimiento? Quizá podría aplicarse ese número a las tres definiciones últimas, puesto que indican magnitudes. Pero este adefesio que ahora comentamos no se refiere, evidentemente, a estas cuestiones. 

Así pues, ese énfasis que se pretende se lograría perfectamente con otras fórmulas: el indefinido ninguna ya mencionado, o incluso la locución en absoluto... y aun otras que ahora se me olvidan y que serían -no me cabe duda- mucho más elegantes. 

sábado, 4 de julio de 2015

¿Lenguaje sexista?

Hace unos días, repasando las aportaciones de un grupo de filólogos que tengo el honor de seguir en el Facebook, me encontré con algo que me estremeció. Sí, ya sé que debería estar acostumbrado, que este torpe asunto del sexismo en el lenguaje invade nuestra prensa, nuestra vida política y social e incluso nuestros propios pensamientos. Incluso aquellos que saben del asunto, se meten en camisa de once varas dando lugar, en ocasiones, a discusiones bizantinas basadas simplemente en la ignorancia. Otras veces, quienes desconocen por completo los mecanismos de nuestra lengua se permiten opinar y, lo que es peor, establecer sus reglas, que deben ser seguidas por todos nosotros contraviniendo con ello la propia gramática, cuyas normas eluden bonitamente. 

El ejemplo aducido en este caso superaba con mucho lo que yo había visto. Como es sabido, existe el adjetivo monoparental, aplicado a las familias en las cuales hay un solo progenitor, madre, padre o persona que ejerza esa función. Nada más fácil, ¿verdad? Pues parece que no, a tenor de lo que oímos o tenemos que leer... En los últimos tiempos a algunas personas (que imagino ociosas y asimismo con una desbordante imaginación) han dado en pensar que dicha palabra se ha formado, como así es en efecto, a partir del adjetivo parental y que este se inicia con la letra p porque procede sin duda de la palabra padre... ¡He aquí el desaguisado! Tal vez se haya producido una especie popular de analogía (parental-paternal). El caso es que proponen con gran desparpajo que usemos ahora una nueva palabra: *monomarental [sic] ya que, añaden, en la mayor parte de estas familias es la madre y no el padre quienes está al frente de las mismas. 

"No doy crédito", me dije al ver escrito semejante mamarracho. Pues la cosa procede, en este caso, mucho más de la desidia que del deseo legítimo de defender a las mujeres. Si uno sencillamente se toma la molestia de consultar un diccionario, hallará lo siguiente: parental, del latín parentalis, significa "Perteneciente o relativo a los padres o a los parientes" (el subrayado es mío). A ambos padres***, por favor, o a otros parientes. Por tanto, no hay discriminación hacia la mujer. 

Lo que más preocupa de todo este asunto no es la ignorancia o el error (al fin, nadie está obligado a saber gramática), sino el empeño de algunos en proponer o imponer lo que les venga en gana, guiados tan solo por su santa voluntad, a veces disfrazada de reivindicaciones muy respetables. Del mismo modo que yo, filólogo hispánico, jamás me atrevería a establecer normas legales, científicas o económicas, algunos deberían abstenerse de establecer una "gramática paralela". Al menos, deberían informarse antes de hacerlo. 

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*** El uso del plural masculino inclusivo, es decir, que se refiere tanto al padre como a la madre, podría sin duda ser discutido. No entraré ahora en esa cuestión, pues necesitaría una nueva entrada. Creo firmemente que el asunto ya aburre. 

lunes, 30 de marzo de 2015

LOS RESTOS DE QUEVEDO

Lo prometido es deuda. Inicio, pues, un macabro periplo por las tumbas de algunos de nuestros escritores, mentes preclaras de nuestra España a las que no hemos tratado como deberíamos. Comienzo con uno de los grandes, claro, uno de mis autores favoritos por la fecundidad de su verbo y por la claridad de su mente: don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de la Torre de Juan Abad. Ahora que tanto se habla de los de Cervantes, no vendría mal mencionar también el hallazgo de los de don Francisco, y ver en qué ha quedado todo. La Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense y el Ayuntamientode Villanueva de los Infantes pusieron en marcha, en 2007, un proyecto para identificar los restos, que habían sufrido avatares mil desde su muerte, acaecida el 11 de septiembre de 1645 en el convento de Santo Domingo de esa localidad. 

Contra su voluntad, fue inhumado nuestro escritor en la cripta de la familia de los Bustos, en la iglesia de san Andrés Apóstol de Villanueva de los Infantes. Allá por 1869, los restos son exhumados para trasladarlos a Madrid, con la intención de enterrarlos en un futuro Panteón de Hombres Ilustres, al cual no llegaron nunca... porque el tal panteón no llegó a inaugurarse (¿Sería por recortes?). Así pues, son devueltos a Infantes, aunque no hay certeza absoluta de que sean los mismos que de allí partieron. En fin. Deciden devolverlos a la susodicha villa, aunque, cuando llegan a su lugar de destino, van acompañados de una nota en la que dice que no creen que sean los de don Francisco, por tener este esqueleto la dentadura completa y conocerse de sobra que al escritor apenas le quedaban dientes en el momento de fallecer. Para rematar el error, el cráneo pertenece, casi con total seguridad, a una mujer joven.


Hacia 1920 aparece, en el Ayuntamiento de Infantes, una caja con la leyenda: "Restos de Quevedo". El ayuntamiento, para honrar «como se merece» al insigne personaje, le organiza un entierro con desfile, banda de música y merienda (?) tras el sepelio. Se entierran en la ermita del Cristo de Jamila, hoy en un parque a las afueras de la localidad. Esa tumba nunca más ha sido abierta. Posteriormente, en 1955, se descubre una cripta bajo la iglesia de san Andrés, a la cual habían sido trasladados, según se afirma ahora, los verdaderos restos de Quevedo. Los que fueron a Madrid no lo eran, al parecer. 


En esta cripta es donde buscan, en 2007, los investigadores quienes, finalmente, dicen haber hallado unos cuantos huesos de don Francisco, por sus características morfológicas, entre ellas la cojera, si bien no es posible un cotejo del ADN. Como en el caso de Cervantes. Por supuesto, de todo esto no hay una certeza absoluta, por lo que debemos concluir que, vistos los despropósitos anteriores, no hay nada seguro. Sin embargo, los infanteños están contentos, pues pueden hacer caso a los versos del ilustre: 


 «Si me hallo, preguntáis, 

en este dulce retiro,
y es aquí donde me hallo,
pues andaba allá perdido»



El alcalde de Infantes hablaba, tras el hallazgo de los restos, de que su pueblo sería un "imán para el turismo". No tengo noticias, pero creo que sus optimistas previsiones no se han cumplido. 

jueves, 26 de marzo de 2015

LOS RESTOS DE CERVANTES

Como una penosa muestra de la desidia cultural, del páramo seco en muchos sentidos en el cual nos ha caído en (mala) suerte vivir, comentaré cuatro cosas a propósito de la grotesca noticia que hemos padecido los españoles en estos días. Hela aquí; pincha en el siguiente enlace: 


Nótese que dicen que creen haberlos hallado, no que lo hayan hecho, lo cual es toda una digna muestra de cómo se conducen la cultura y la ciencia en esta celtiberia de opereta bufa. Y lo hacen -oh, sorpresa- en el convento de las Trinitarias, venerable caserón de clausura, situado, sin embargo, en la calle de las Huertas, hoy templo de la juerga repleto de bares de toda laya, de restaurantes dignos y de otros infames, de locales oscuros donde este que os habla tuvo muchas ocasiones de asueto y jolgorio, donde saboreé (en grados diferentes, todo hay que admitirlo), conciertos de tangos y de jazz americano, tercios de Mahou a cascoporro junto a cócteles modernos, charlas insustanciales o filosóficas, miradas furtivas y otras no tanto (Tempus fugit irreparabile; y también: Juventud, divino tesoro, et cetera...). Había sido en tiempos la susodicha calle camino de las Huertas, esto es, de las afueras del Madrid barroco, que se hallaban, sobre poco más o menos, donde hoy se asientan el Paseo del Prado, la cuesta de Moyano y la estación ferroviaria de Atocha. Su nombre, por cierto, provocaba la chanza de los madrileños, ya que, según voceaba el vulgo, debiera haberse cambiado, pues

en la calle de las Huertas, 
hay más putas que huertas, 

Venía esto a colación porque la calle fue arteria principal donde asentaron sus reales negocios de lenocinio y de amor venal, esto es, lupanares, prostíbulos de diversas categorías y condiciones, desde los más vistosos y de mayor ringorrango a los más arrastrados. Aquí, en el barrio de las putas, vinieron a vivir genios como Lope de Vega, que puso su casa en la calle Francos, hoy Cervantes (ironías del destino fatal). Don Miguel, el manco de Lepanto, vivía a dos pasos como quien dice, en la misma calle pero haciendo esquina con la del León, mientras que en la esquina de la calle Cantarranas (hoy Lope de Vega) con la del Niño (hoy Quevedo) vivía alquilado Luis de Góngora y Argote. Y ahora que nombro a Quevedo... Otro día contaré lo de esa casa de fachada amarilla, que es historia jugosa y moralizante. 

Pero volvamos a las Trinitarias y a Cervantes; ya en 1616, año de su muerte, un documento declara que fue enterrado, en verdad, en la cripta del convento, en hábito de franciscano por su mísero y pobre estado en el que quedó tras haber vendido, por cuatro perras, el manuscrito del El Quijote al sinvergüenza de Juan de la Cuesta, su impresor... Así pues, se sabía dónde estaba... Ítem más: en 1870, la RAE confirma el hallazgo del documento anterior, y declara nuevamente lo que ya se sabía.

En este año 2015 de nuestros dolores, el Excmo. Ayuntamiento de Madrid, deseando entrar en la historia por algo más que los famosos relaxing cups of café con leche, encarga a un grupo de expertos que remuevan en la cripta de la iglesia, con el fin de hallar los restos de nuestro eximio escritor. Tras varios meses de prospecciones (y de intranquilidad de las monjitas), hace unos días el responsable del desaguisado exhibe orgulloso una masa de restos de dieciséis cadáveres entre los cuales, afirma muy serio (como si estuviera diciendo algo trascendental): 

"...hay algo de Cervantes"




Pueden verse varios vídeos en Youtube sobre el asunto, como el que acabo de añadir. Y continúa el experto de esta guisa: "No lo puedo decir en términos de certeza absoluta". He aquí, por tanto, el gran descubrimiento, el gran acontecimiento del cual todos hablan. ¿Y para este viaje necesitamos tales alforjas?, digo yo... He aquí la podredumbre de la cultura española, señores míos. Sorprende, una vez más, que científicos reputados entren al trapo en lo que parece una enorme operación de propaganda, dada la cercanía de citas electorales...  

POST SCRIPTUM: Cuentan las crónicas que el primero que quiso hallar los restos de Cervantes fue José I, rey de España hermano de Napoleón, por mal nombre Pepe Botella. No deja de ser irónico que doña Ana Botella, primera autoridad del Ayuntamiento capitalino, saliera a la palestra en estos días. Otra cosa: alguna vez, si tengo ganas, contaré en esta bitácora anécdotas jugosas de tumbas preclaras, esto es, de dónde enterramos a nuestros genios de la literatura y de dónde están..., y eso que no soy paleontólogo. 

FINIS


sábado, 31 de enero de 2015

¿NUEVOS TIEMPOS?

¿Será posible?, me pregunto al conocer ciertas noticias, en especial el resultado (no tan sorprendente) de las elecciones griegas. Mientras, en esta España nuestra, el partido Podemos se manifiesta en Madrid y la gente, optimista, llama a su líder Pablo Iglesias "Presidente", nada menos. Tiene esta marcha madrileña tintes casi revolucionarios, porque pone en cuestión no solo a los actuales gobernantes (la llamada "casta"), sino también las bases mismas del sistema democrático salido de la transición. Se oyen consignas en forma de gritos que reivindican un cambio, una nueva forma de gobernar, y a la vez se muestran esperanzadas.
¿Será posible -me pregunto de nuevo- que vengan nuevos tiempos y hagan realidad esos ansiados cambios? ¿O tal vez los dirigentes, esos nuevos políticos que ahora lo proclaman nos están engañando, como todos? Ardua cuestión, sin duda, que no puede ser resuelta a la ligera, pues no poseemos el don de la clarividencia. Imaginemos, por lo tanto, que son sinceros, que pretenden realmente llevar a cabo esa transformación de la que hablan, en aras de lograr un país mejor, más justo y democrático. La pregunta que, entonces, nos asalta es aún más inquietante: ¿podrán hacerlo? O mejor: ¿les dejarán hacerlo? 
Como hemos explicado en otras entadas (véanse: "La crisis", "La libertad disminuida") las condiciones democráticas de nuestros países europeos, en general del mundo occidental, se están deteriorando a ojos vista. Vivimos bajo regímenes en los cuales las libertades son solo aparentes, mientras que van creciendo los hechos que las enturbian o las disminuyen. En un mundo así, parece necesario detenerse un poco y reflexionar, cambiar ciertos aspectos de nuestra vida pública.
Ya se ha señalado que, mediante este proceso, los más poderosos, esto es, los ricos, están adquiriendo aún más riqueza y sobre todo más poder; que una nueva oligarquía va creciendo en sus influencias. Y lo peor de todo: que este proceso se nos presenta hoy como inevitable o necesario, ya que lo contrario nos sumiría en el caos económico, la inestabilidad política e incluso la anarquía. De forma muy inteligente, esos poderosos, que desean aumentar a toda costa su poder, lo han relacionado nada menos que con la propia supervivencia del sistema. Acabar con el proceso, o darle marcha atrás, se nos presenta ahora como un acto subversivo porque puede terminar con la propia democracia. A los movimientos que pretenden, tal vez con mucha ingenuidad, cambiar las cosas se les ha dado el ominoso nombre de populistas, con el deseo confesado de desprestigiarlos. 
Pero hay algo más: los llamados "mercados", esos inversores internacionales a quienes nadie, en realidad, parece conocer, ¿permitirán que alguien acabe con su juego? El llamado sistema, en el cual se basan la vida económica y la política en nuestro mundo, tiene -me temo- sus propios mecanismos de supervivencia. Ya están apareciendo algunos de ellos, pero aún vendrán más. 

lunes, 12 de enero de 2015

LA CRISIS

Estamos viviendo una etapa difícil, arriesgada y oscura, mucho más terrible de lo que queremos reconocer. Imbuidos de un espíritu hedonista, nos gusta complacernos en el optimismo, y queremos creer que la crisis económica que estamos viviendo es solamente eso, económica, y que por tanto habrá de terminarse un día u otro, pues las que hemos conocido anteriormente lo hicieron también, dando paso a períodos de prosperidad. No lo es, sin embargo; no es solo una crisis financiera o de los mercados, no es solo un problema de presupuestos, de recortes o de desempleo, con ser terribles estos inconvenientes. Nos afectará, mucho más de lo que creemos, en nuestra vida cotidiana… Pero, ¿a todos del mismo modo? En absoluto, y esta es la clave de lo que está sucediendo, aunque muchos todavía no se han enterado.

El origen etimológico de la palabra crisis nos sirve ahora para encontrar algunas pistas: como es sabido, el vocablo procede del griego, y significa únicamente “cambio, transformación”. Así pues, lo que ahora tenemos delante de nosotros es un enorme cambio de todas las estructuras, de los mismos fundamentos de nuestra sociedad. Una gran metamorfosis que, si Dios no lo remedia, tendrá graves consecuencias para la libertad de la mayoría y, en cambio, muy positivas para unos pocos. ¿Cuáles serán dichas consecuencias? Principalmente, la toma del poder por parte de una oligarquía, una nueva aristocracia del dinero que podrá controlar aún más que hoy (el proceso, por supuesto, ya se ha iniciado) por dónde han de ir los tiros del mundo. La crisis económica es solo uno más de los muchos fenómenos que están coadyuvando en la consecución del objetivo: la instauración de la plutocracia. Pero hay otros hechos que también están colaborando. Algunos son acontecimientos, pero hay también ideas, pensamientos sociales o políticos mediante los cuales algunos intentan justificar lo que sucede, hacernos creer que todo es necesario o inevitable… 

viernes, 2 de enero de 2015

LA LIBERTAD DISMINUIDA

Es un hecho, me parece, que el control del Estado o de “las autoridades” sobre los comportamientos de los ciudadanos ha ido aumentando progresivamente, de forma muy lenta pero inexorable desde, pongamos, el último tercio del pasado siglo. Es curioso, sin embargo, que esos mismos estados y sus representantes nos han ido convenciendo (y estoy persuadido de que muchos lo creen) de lo contrario: se oye a menudo que nunca en la historia hemos gozado de mayores libertades; que somos cada vez más poderosos pues podemos decidir; que gozamos de derechos que nuestros antepasados solo pudieron soñar;  que vivimos una situación poco menos que envidiable.
He aquí, por desgracia, la gran contradicción: pues esa libertad por la cual –nos dicen- debemos sentirnos realmente satisfechos, no es más que un remedo urdido, precisamente, por quienes están más interesados en que guardemos silencio. Pues este es uno de los rasgos importantes de nuestra época: vivimos en la Era del Silencio. Se trata de que vivamos en una especie de burbuja llena de mentiras que, sin embargo, conservan la apariencia de verdad y, por lo tanto,  convencen a muchos. ¿Para qué? ¿Cuál es el objetivo? Como iremos viendo en las páginas siguientes, lentamente se están poniendo las bases para un nuevo orden, una nueva forma de organizar la sociedad de tal modo que unos pocos determinen el destino de la mayoría que, indefensa, se está viendo abocada a una situación de menor libertad, con menos derechos y posibilidades, sin embargo, como decimos, se trata de convencer a esa mayoría (y hacerlo, por supuesto, “democráticamente”) de que en realidad sus posibilidades y el ejercicio de la libertad son cada vez mayores; de que la democracia, tal como la practicamos en Occidente, no es solo es sistema menos malo, sino el único posible. No obstante, también se nos insiste en unas cuantas ideas que se han convertido en lugares comunes que hemos aceptado sin rechistar. El propósito de estas líneas es preguntarnos realmente si tales ideas son verdaderas.
La primera de ellas es la siguiente: “La democracia es así”, se nos dice; con  ello se acepta que tiene algunas fallas e imperfecciones, esto es, que la libertad ha de limitarse, porque no es posible concederla del todo. Por tanto, los seres humanos no pueden ser absolutamente libres, pues de lo contrario se acabaría con la propia sociedad. El fundamento de la misma se halla en la frase: “Tu libertad termina donde empieza la de los demás”, que hemos oído en tantas ocasiones que se ha convertido en una especie de mantra y, por fin, hemos terminado por creérnosla. ¿Qué significa en realidad? En el fondo, no es más que una frase, por supuesto, ya que si la tomásemos en su sentido estricto la conclusión no puede ser más desoladora: nadie es libre. Pero, como hemos de admitir que sí existen ciertos grados de libertad, hemos de admitir, sin embargo, que esta es  limitada, incompleta, lo que se manifiesta en varias esferas o ámbitos de nuestras vidas. Cuando los analicemos podremos, acaso, responder a una pregunta que se me antoja inquietante: ¿Debe ser así, en definitiva? ¿Es preciso, como nos dicen, que nuestra libertad se vea reducida? Veremos, pues, algunos de esos ámbitos en próximas entradas y más tarde intentaremos responder. 

sábado, 29 de marzo de 2014

El verbo "regular" en la vida política.

regular (Del lat. regulāre).


1. tr. Medir, ajustar o computar algo por comparación o deducción.

2. tr. Ajustar, reglar o poner en orden algo. Regular el tráfico.

3. tr. Ajustar el funcionamiento de un sistema a determinados fines.

4. tr. Determinar las reglas o normas a que debe ajustarse alguien o algo.

5. tr. Econ. reajustar (‖ aumentar o disminuir coyunturalmente). Regular las tarifas, los gastos, la plantilla de empleados.

He aquí las cinco acepciones que determina la R.A.E. para esta palabra, de las cuales la que ahora más nos interesa es la cuarta, aquella que se refiere a las normas y reglas. A ella se refieren, seguramente, las personas que se dicen partidarias de "regular el derecho de manifestación", como ahora se está oyendo en diversos medios. Regularlo de nuevo, deberían haber dicho, pues en realidad el derecho ya tiene sus propias normas, comenzando por la propia Constitución española. Así pues, lo que ellos proponen es que se modifiquen esas regulaciones, que sean cambiadas porque, en el fondo, las que existen no les gustan. 

No parece casual el hecho de que estas cuestiones "espinosas" son planteadas por parte del sector más proclive o partidario del Gobierno de turno. Lo que vale tanto como decir: todos los gobiernos que han de soportar protestas de esta índole intentan desprestigiar, anular de algún modo los posibles mensajes de los contestatarios. Sería muy fácil llamarlos "subversivos" pero, como nos encontramos en un régimen democrático, esto podría sonar demasiado radical, demasiado propio de regímenes dictatoriales. Así pues, en el caso que nos ocupa, el Gobierno español (y algunos medios de comunicación que lo jalean) ha aludido a la violencia que, indudablemente, se ha producido en estas manifestaciones. Se ha generalizado, atribuyendo estas acciones a todos los los convocantes de las mismas, y la responsabilidad de los actos violentos. Aún más: han sido culpados por no haberlos impedido mediante servicios propios de seguridad.

Como en tantas otras ocasiones, se desvía el foco, por así decirlo; se culpa a las personas equivocadas, o se culpa a todos por los desmanes de algunos. De esta manera, se logra el objetivo que se pretendía: hablando de violencia, de destrozos, de agresiones a policías, se impide que hablemos de lo que sucedía unas pocas horas antes: se estaba produciendo una manifestación contra la política del Gobierno.

El fin que se buscaba ha sido cumplido. 

LAS MANIFESTACIONES

Es muy preocupante la tendencia, que se está incrementando en los últimos tiempos en nuestra España, a llevar todo al extremo, a utilizar como argumentos, no las virtudes propias, sino los errores (aunque sean imaginarios) del oponente; y sobre todo a descalificarlo sin ningún razonamiento. Ejemplos de esto han sido las reacciones que ha provocado el espinoso asunto de las manifestaciones que han tenido lugar, sobre todo en Madrid, contra la política del Gobierno. Protestas que, por cierto, han acabado en disturbios y algaradas muy lamentables, cuando no en delitos graves: agresiones a policías, destrozos en las calles y agresiones intolerables. Estos hechos, con ser muy preocupantes, no son sin embargo lo más oscuro de todo este asunto... 

Quienes legítimamente se oponen a  las ideas de los manifestantes, utilizan argumentos de este estilo, y no oponen razones de índole política a las mismas, sino que, asombrosamente, acaban cuestionando el propio derecho a la manifestación. Sus alegaciones son, sobre poco más o menos, las siguientes: 
  • Generalización: En la manifestación del 22 de mayo (llamada por sus convocantes "Marcha por la dignidad") se produjeron disturbios que son intolerables y delictivos, claro está. A pesar de que el número de manifestantes pacíficos fue mucho mayor que el de los violentos, los mencionados disturbios muestran a las claras los discutibles métodos de toda la izquierda llamada por ello  "extrema" o "radical". 
  • Prejuicio: Las ideas de todos los, absolutamente todos los manifestantes eran las mismas, y coinciden peligrosamente con las de los alborotadores que lanzaban adoquines. 
  • Conclusión: Todos eran de izquierdas, pues esos delincuentes también lo eran, lo cual convierte en ilegítimo de facto el mensaje que pudieran querer transmitir a la sociedad. Dicho mensaje queda anulado inmediatamente y con él las opiniones de todos los que asistieron a la manifestación. 
  • Omisión: No se plantea en ningún momento distinguir matices, diversidad de opiniones, de opciones políticas. Ni siquiera llega a plantearse que algunos de los que se manifestaron no defiendan, en realidad, ninguna opción partidista concreta. 
  • Inferencia: Si el mensaje de esos manifestantes es ilegítimo, el del Gobierno es, por tanto, legítimo. Si la izquierda se equivoca, la derecha tiene razón por el simple hecho de ser contraria a la primera. 
Pero lo más peligroso, insisto, es la idea que ha surgido como conclusión a todas estas opiniones: ¿Es preciso, pues -se preguntan algunos- regular el derecho de manifestación? Por supuesto, el mayor inconveniente se halla en este verbo (regular), al que habremos de dedicar una entrada completa. 

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...