En estos tiempos aciagos y oscuros que nos toca vivir, van surgiendo marbetes, etiquetas magníficas que designan realidades novedosas o brillantes. Nacen todos los días nombres llamativos, que, al ser nuevos, nos llevan a pensar que también lo son las realidades que designan. Se trata de un fenómeno semántico curioso, al que podríamos llamar "proliferación de neologismos".
Así ocurre, verbigracia, con la gran etiqueta que encabeza esta entrada: LA CULTURA DEL ESFUERZO. Ha sido creada por el Gobierno actual, con vistas a explicar la reforma que ahora, nuevamente, se propone en los asuntos educativos. Se basa la misma en usar de modo traslaticio (¿tal vez sesgado?) la palabra cultura, que aquí parece significar "pensamiento, mentalidad, forma de actuar". Según los promotores de la etiqueta en cuestión, las ideas imperantes sobre el asunto no parecen dejarnos en muy buen lugar: parten de la base de que la molicie, la dejadez y la pereza imperan por todas partes, lo cual, dicho sea de paso, puede que sea cierto... Parecen decirnos nuestros padres de la patria que este concepto, esta idea del esfuerzo puede y debe ser cambiada desde arriba, desdre las altas instancias de la ley y del Gobierno. Y esto -déjenme decirlo claramente- es lo que me produce más temor o desconfianza; más miedo, si me apuran. ¿Controlar los pensamientos, las ideas, la forma de conducirse de las personas? ¿Mediante una ley? ¿A qué me suena todo esto? Algunos podrán decir que exagero, y quizá sea verdad. Pero no puedo evitarlo, sobre todo cuando pienso que otros factores más decisivos, aunque más ocultos, han sido obviados.
Dejen que mencione solo uno de ellos. Suponiendo que la forma de pensar de las gentes pueda variarse sin más a través de una norma (sobre lo cual, insisto, tengo mis dudas...), habría que hacerlo, creo, desde el principio: comenzar la casa por los cimientos, y no por el tejado, como parece querer construirse esta. Si uno analiza la LOMCE con detalle, encuentra algunas sorpresas curiosas: así, por ejemplo, en la educación Primaria debería estar centrado gran parte del cambio, pues si se pretende de verdad transformar la manera de ver las cosas habrá de hacerse pausadamente, con tiempo, variando algunas normas con la esperanza de que, poco a poco, vayan siendo interiorizadas, asumidas por alumnos y, lo que es también muy importante, por las familias. Pues bien: nada de esto pretende la LOMCE. La enseñanza Primaria se queda como está, exactamente como en la LOE, la terrible y maligna ley anterior. Tan solo un cambio se atisba en el horizonte: al final de dicha etapa será establecida una prueba externa ("reválida") sin ninguna consecuencia académica. ¿Qué es esto? Se les hará una prueba, sí, pero no tendrán ningún problema en acceder a la Secundaria sepan o no. Alumnos sin los debidos conocimientos entrarán bonitamente en la siguiente etapa, como ocurre ahora, y entonces, señores, se espera que se produzca la Gran Metamorfosis. Aquí sí se pedirán el esfuerzo y la excelencia de los que tanto se habla. Se cree, pues, que los seis primeros años de educación un niño se esforzará porque sí, porque un hálito extraño de su mente y de su alma le llevará a ello, sin que nada ni nadie lo estimule, mientras que al cumplir los doce años entrará en un camino proceloso de la vida en el cual, automáticamente, sabrá lo que es esforzarse, sudar tinta y empollar para lograr una beca o pasar un examen. Las reválidas aquí adquieren todo su valor, pues le darán el título o se lo negarán, tras haber realizado esa gran tarea. ¿Cómo se ha de verificar semejante cambio? ¿Se espera realmente que, de la noche a la mañana, se opere en los alumnos una metamorfosis de ese calibre?
No creo que pueda llevarse a cabo, sencillamente. Durante años, nuestros alumnos han vivido en la ley del mínimo esfuerzo; en la idea -asentada firmemente- de que somos nosotros, los profesores, los responsables de sus fracasos. Y no solo los alumnos: algunos familiares se presentan estos días en los centros para rogarnos encarecidamente que aprobemos a sus hijos porque ellos lo valen. ¿Cambiará esta forma de ver las cosas porque haya una reválida? Lo dudo mucho. Pues, además, nuestro Gobierno confunde ahora, tal vez con intención, la exigencia académica con la económica. Y muchos, aunque lo nieguen, lo siguen también en esa confusión.
No puedo ser -lo siento- optimista en estos días. Me temo que la LOMCE será, como sus predecesoras, un nuevo intento frustrado y hueco. Un quiero y no puedo.