jueves, 16 de julio de 2015

El lenguaje trivial (2)

Continúo aquí con algunas expresiones muy vigentes hoy en día y que, sin embargo, adolecen de ese mal que he dado en llamar trivialidad. Insisto: no son incorrectas, sino sencillamente, pequeñas o grandes tonterías. Veamos algunas: 

Foto de familia:
Esta bobada aparece por doquier en nuestros días: cada vez que hay un acto, ya sea social, económico, político, de un partido, de un club, de una asociación del tipo que sea, suelen hacerse sus miembros o asistentes una fotografía donde aparecen todos. Y a esta instantánea se la suele nombrar con el marbete que indico: Foto de familia del grupo Tal, se dice en el pie sin ningún rigor semántico. Sin ninguna exactitud ni propiedad, pues ser lo cierto es que los fotografiados no suelen, por lo común, tener parentesco familiar alguno. Tal vez quiera expresarse que forman una familia en sentido metafórico o figurado, es decir, que están tan unidos como si lo fueran, merced a una especie de comunión espiritual.
Sin embargo, al ver las tales fotos, muchas veces esta idea se me antoja un sarcasmo... 

En un corto (o largo) espacio de tiempo:

Esta sí que es una bobada triunfante... Suele oírse a destajo en nuestros medios, como se dice ahora, con una alegría y una prolijidad que realmente asustan. ¿Hace falta explicar por qué se trata de una construcción innecesaria? El espacio y el tiempo son dos "dimensiones" bien diferentes, por lo que yo recuerdo de mis clases de ciencias. O medidas distintas, si se quiere, según el sistema métrico decimal. Que yo sepa, el espacio puede medirse en metros, hectómetros, etc. si estamos hablando de una longitud, o en metros cúbicos si es volumen. Si hablamos tal vez de distancias estratosféricas, suele usarse el año-luz, para medir distancias enormes del Universo. En cambio, el tiempo utiliza otras unidades, como es de sobra conocido: segundo, minuto, hora, año, siglo... 
Así pues, ¿qué es eso de un corto espacio de tiempo que tanto se oye? ¿Unos centímetros tan solo de tiempo rápido? No lo sé. 

Tolerancia cero: 

Este sintagma prolifera últimamente como las setas en otoño... No sé qué me asombra más, si la semejanza del mismo con títulos de películas: (Misión imposible 2, District 9, Planet 51...) o su valor enfático, que es, me imagino, la razón por la que se usa este antipático Cero. En efecto, suele usarse para destacar que no se tendrá ninguna tolerancia con determinados comportamientos execrables, o que estos serán duramente castigados por la sociedad, o por la justicia. Ahora bien: el numeral cardinal aplicado a un sustantivo como tolerancia me parece que es inadecuado, pues el significado del mismo es el siguiente: 

1. f. Acción y efecto de tolerar.
2. f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
3. f. Reconocimiento de inmunidad política para quienes profesan religiones distintas de la admitida oficialmente.
4. f. Diferencia consentida entre la ley o peso teórico y el que tienen las monedas.
5. f. Margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas o de las obras contratadas.
6. f. Máxima diferencia que se tolera o admite entre el valor nominal y el valor real o efectivo en las características físicas y químicas de un material, pieza o producto.

Como puede observarse, las tres primeras acepciones se refieren a sentimientos o acciones, a las cuales difícilmente puede aplicárseles un numeral; ¿cantidad de acción? ¿Cantidad de respeto, o de reconocimiento? Quizá podría aplicarse ese número a las tres definiciones últimas, puesto que indican magnitudes. Pero este adefesio que ahora comentamos no se refiere, evidentemente, a estas cuestiones. 

Así pues, ese énfasis que se pretende se lograría perfectamente con otras fórmulas: el indefinido ninguna ya mencionado, o incluso la locución en absoluto... y aun otras que ahora se me olvidan y que serían -no me cabe duda- mucho más elegantes. 

sábado, 4 de julio de 2015

¿Lenguaje sexista?

Hace unos días, repasando las aportaciones de un grupo de filólogos que tengo el honor de seguir en el Facebook, me encontré con algo que me estremeció. Sí, ya sé que debería estar acostumbrado, que este torpe asunto del sexismo en el lenguaje invade nuestra prensa, nuestra vida política y social e incluso nuestros propios pensamientos. Incluso aquellos que saben del asunto, se meten en camisa de once varas dando lugar, en ocasiones, a discusiones bizantinas basadas simplemente en la ignorancia. Otras veces, quienes desconocen por completo los mecanismos de nuestra lengua se permiten opinar y, lo que es peor, establecer sus reglas, que deben ser seguidas por todos nosotros contraviniendo con ello la propia gramática, cuyas normas eluden bonitamente. 

El ejemplo aducido en este caso superaba con mucho lo que yo había visto. Como es sabido, existe el adjetivo monoparental, aplicado a las familias en las cuales hay un solo progenitor, madre, padre o persona que ejerza esa función. Nada más fácil, ¿verdad? Pues parece que no, a tenor de lo que oímos o tenemos que leer... En los últimos tiempos a algunas personas (que imagino ociosas y asimismo con una desbordante imaginación) han dado en pensar que dicha palabra se ha formado, como así es en efecto, a partir del adjetivo parental y que este se inicia con la letra p porque procede sin duda de la palabra padre... ¡He aquí el desaguisado! Tal vez se haya producido una especie popular de analogía (parental-paternal). El caso es que proponen con gran desparpajo que usemos ahora una nueva palabra: *monomarental [sic] ya que, añaden, en la mayor parte de estas familias es la madre y no el padre quienes está al frente de las mismas. 

"No doy crédito", me dije al ver escrito semejante mamarracho. Pues la cosa procede, en este caso, mucho más de la desidia que del deseo legítimo de defender a las mujeres. Si uno sencillamente se toma la molestia de consultar un diccionario, hallará lo siguiente: parental, del latín parentalis, significa "Perteneciente o relativo a los padres o a los parientes" (el subrayado es mío). A ambos padres***, por favor, o a otros parientes. Por tanto, no hay discriminación hacia la mujer. 

Lo que más preocupa de todo este asunto no es la ignorancia o el error (al fin, nadie está obligado a saber gramática), sino el empeño de algunos en proponer o imponer lo que les venga en gana, guiados tan solo por su santa voluntad, a veces disfrazada de reivindicaciones muy respetables. Del mismo modo que yo, filólogo hispánico, jamás me atrevería a establecer normas legales, científicas o económicas, algunos deberían abstenerse de establecer una "gramática paralela". Al menos, deberían informarse antes de hacerlo. 

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*** El uso del plural masculino inclusivo, es decir, que se refiere tanto al padre como a la madre, podría sin duda ser discutido. No entraré ahora en esa cuestión, pues necesitaría una nueva entrada. Creo firmemente que el asunto ya aburre. 

El héroe discreto, de M. VARGAS LLOSA

Es justo decirlo: la última novela de Vargas Llosa ha conseguido reconciliarme, de momento, con la literatura actual. No todos los autores, por suerte, nos venden humo. Aún quedan unos pocos que han hecho del arte de narrar una gran creación, un arte grande de la palabra; pues eso es lo que encontramos en esta novela, y también propiedad, precisión y, de paso, un vocabulario peruano que resulta atractivo, por lo exótico, para un lector español. 

Pero hay mucho más: la novela narra dos historias que en un momento dado se entrelazan de manera sorprendente. Una de ellas, protagonizada por el inefable Felícito Yanaqué (¡qué gran personaje!) es realmente una trama policíaca. Nuestro héroe discreto será chantajeado y el caso se resolverá en las últimas páginas. La otra historia, en cambio, tiene un carácter digamos moral. Ismael Carrera, empresario limeño, decide casarse con su criada Armida, con el fin de darle una grave lección a sus dos hijos mellizos. 

En ambas historias recurre Vargas Llosa a un estilo impecable y un uso magistral de los diálogos, los cuales, por cierto, presentan una característica sorprendente y mágica. Se utiliza el flash-back, que aparece inserto en el propio diálogo. De esta manera, dos personajes hablan y, dentro de este diálogo, se incluye otro que uno de ellos mantuvo tiempo antes con otra persona, lo que convierte la lectura en algo dinámico, ágil, lleno de sorpresas. 


Lo más importante es, con todo, la lección que el autor nos ofrece en esta obra. Sí, se trata de una novela con moraleja, con una lección ética. Los dos protagonistas, aun de modo diferente y con estilos distintos, persiguen sin embargo un objetivo común: mantener su integridad a salvo de los ataques de la mentira, la ambición y la poca vergüenza. Felícito e Ismael representan dos ejemplos de lo que ya, por desgracia, no abunda en este mundo nuestro: la verdad, la fidelidad a unos valores, que podrán ser caducos o anticuados pero son ante todo, suyos propios. Que les conforman como personas y les hacen ser quienes son realmente. Felícito vive su experiencia con el recuerdo constante de las palabras de su padre ("Hijo, no dejes que te pisoteen"), con la fuerza que le otorga el defender su dignidad. Ismael, por su parte, intenta darles a aus hijos una lección de vida: que no se debe, que no es lícito pedir lo que no merecemos. Pese a que ambos, en apariencia, son derrotados por las circunstancias, en el fondo triunfan -al final de la novela- sus visiones "optimistas" de la existencia: triunfa la justicia, parece decirnos el autor. Y aunque sepamos que esto es poco realista, se agradece leer de vez en cuando un libro como este, con un gran final feliz.  
 



La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...