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domingo, 23 de octubre de 2016

Opiniones verdaderas

A raíz de la polémica, por lo demás, estéril, entre el escritor Arturo Pérez Reverte y el filólogo Francisco Rico, ha salido a la palestra nuevamente el asunto espinoso -y ya un poco cansino, todo hay que decirlo- del uso del género en nuestros días, y del papel que la RAE debe jugar en relación con él. También, claro, de cómo se expresa si queremos en verdad usar correctamente nuestra lengua, lo cual, dicho sea de pasada, no parece interesarnos demasiado. 

Confieso que no puedo añadir mucho más a lo que ya se ha dicho, a lo que dice la Gramática académica, o a lo que replican los partidarios del lenguaje inclusivo, pues así se denomina a la manía creciente de usar el doble género. No puedo añadir nada, digo; y tampoco lo deseo, pues creo que tampoco serviría de mucho: los defensores de ese lenguaje alambicado, pretencioso y, digámoslo claramente, erróneo, parten de premisas que tienen muy poco que ver en realidad con cuestiones gramaticales que no les interesan. Parten asimismo de un convencimiento total y completo de su verdad, por lo cual no están dispuestos a admitir argumentos de ninguna clase, puesto que para ellos los que podrían aportarlos (lingüistas, académicos, escritores) carecen de autoridad para hacerlo por el simple hecho de que "la lengua la hacen los hablantes". Se trata, pues, de un diálogo de sordos en el cual los oponentes no están dispuestos a escuchar a nadie. Como, por otro lado, se trata de una cuestión muy relacionada con una ideología que hoy no se discute, nadie estará dispuesto a variar sus opiniones al respecto. 

No intento, por lo tanto, convencer a nadie: sencillamente porque no se puede. Los profesores, los académicos, los expertos en la lengua no son escuchados pues en nuestra época el argumento de autoridad ha desaparecido. Sin embargo, hoy he de señalar un hecho sorprendente que también se está verificando en nuestros tiempos: se trata de la invasión y derrota del mundo académico por esa curiosa idea del género, que nada tiene que ver con la lengua, y sí en cambio con la política de género o lenguaje inclusivo. 

En efecto, se está observando últimamente cómo en el ámbito académico se usa ya profusamente la doble concordancia en aquellas palabras que indican género: en muchos documentos que uno ha de leer en colegios, institutos y hasta facultades universitarias aparecen los consabidos sintagmas dobles: "madres y padres", "alumnos y alumnas". También en documentos oficiales provenientes de nuestras autoridades educativas y hasta en páginas web donde deben gestionarse todo tipo de cuestiones: becas, ayudas para libros o cursos de formación. Así pues, la postura política en la que se basa este uso del género está triunfando en ámbitos en los que uno esperaría, al menos, un cierto respeto por el conocimiento gramatical, por la episteme platónica y no por la doxa. La simple opinión, por muy respetable que pueda ser, no debería sustituir jamás a la verdad. Y este fenómeno es mucho más amplio de lo que muchos se figuran, pues se extiende a otros aspectos de nuestra vida "cultural", de suerte que la misma se está convirtiendo en un gran debate en el que todo absolutamente parece sometido a los puntos de vista particulares, que ya por este simple hecho reciben un marchamo de bondad y de certeza. "Es mi opinión", se oye con frecuencia como aseveración que, de por sí, lo justifica todo. Pero a veces se afirman cosas difícilmente aceptables, o directamente falsas, si bien refrendadas por los puntos de vista de quienes las sostienen. Valorarlas más que la verdad científica es el signo de los tiempos supuestamente democráticos que estamos viviendo. 

jueves, 16 de julio de 2015

El lenguaje trivial (2)

Continúo aquí con algunas expresiones muy vigentes hoy en día y que, sin embargo, adolecen de ese mal que he dado en llamar trivialidad. Insisto: no son incorrectas, sino sencillamente, pequeñas o grandes tonterías. Veamos algunas: 

Foto de familia:
Esta bobada aparece por doquier en nuestros días: cada vez que hay un acto, ya sea social, económico, político, de un partido, de un club, de una asociación del tipo que sea, suelen hacerse sus miembros o asistentes una fotografía donde aparecen todos. Y a esta instantánea se la suele nombrar con el marbete que indico: Foto de familia del grupo Tal, se dice en el pie sin ningún rigor semántico. Sin ninguna exactitud ni propiedad, pues ser lo cierto es que los fotografiados no suelen, por lo común, tener parentesco familiar alguno. Tal vez quiera expresarse que forman una familia en sentido metafórico o figurado, es decir, que están tan unidos como si lo fueran, merced a una especie de comunión espiritual.
Sin embargo, al ver las tales fotos, muchas veces esta idea se me antoja un sarcasmo... 

En un corto (o largo) espacio de tiempo:

Esta sí que es una bobada triunfante... Suele oírse a destajo en nuestros medios, como se dice ahora, con una alegría y una prolijidad que realmente asustan. ¿Hace falta explicar por qué se trata de una construcción innecesaria? El espacio y el tiempo son dos "dimensiones" bien diferentes, por lo que yo recuerdo de mis clases de ciencias. O medidas distintas, si se quiere, según el sistema métrico decimal. Que yo sepa, el espacio puede medirse en metros, hectómetros, etc. si estamos hablando de una longitud, o en metros cúbicos si es volumen. Si hablamos tal vez de distancias estratosféricas, suele usarse el año-luz, para medir distancias enormes del Universo. En cambio, el tiempo utiliza otras unidades, como es de sobra conocido: segundo, minuto, hora, año, siglo... 
Así pues, ¿qué es eso de un corto espacio de tiempo que tanto se oye? ¿Unos centímetros tan solo de tiempo rápido? No lo sé. 

Tolerancia cero: 

Este sintagma prolifera últimamente como las setas en otoño... No sé qué me asombra más, si la semejanza del mismo con títulos de películas: (Misión imposible 2, District 9, Planet 51...) o su valor enfático, que es, me imagino, la razón por la que se usa este antipático Cero. En efecto, suele usarse para destacar que no se tendrá ninguna tolerancia con determinados comportamientos execrables, o que estos serán duramente castigados por la sociedad, o por la justicia. Ahora bien: el numeral cardinal aplicado a un sustantivo como tolerancia me parece que es inadecuado, pues el significado del mismo es el siguiente: 

1. f. Acción y efecto de tolerar.
2. f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
3. f. Reconocimiento de inmunidad política para quienes profesan religiones distintas de la admitida oficialmente.
4. f. Diferencia consentida entre la ley o peso teórico y el que tienen las monedas.
5. f. Margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas o de las obras contratadas.
6. f. Máxima diferencia que se tolera o admite entre el valor nominal y el valor real o efectivo en las características físicas y químicas de un material, pieza o producto.

Como puede observarse, las tres primeras acepciones se refieren a sentimientos o acciones, a las cuales difícilmente puede aplicárseles un numeral; ¿cantidad de acción? ¿Cantidad de respeto, o de reconocimiento? Quizá podría aplicarse ese número a las tres definiciones últimas, puesto que indican magnitudes. Pero este adefesio que ahora comentamos no se refiere, evidentemente, a estas cuestiones. 

Así pues, ese énfasis que se pretende se lograría perfectamente con otras fórmulas: el indefinido ninguna ya mencionado, o incluso la locución en absoluto... y aun otras que ahora se me olvidan y que serían -no me cabe duda- mucho más elegantes. 

sábado, 4 de julio de 2015

¿Lenguaje sexista?

Hace unos días, repasando las aportaciones de un grupo de filólogos que tengo el honor de seguir en el Facebook, me encontré con algo que me estremeció. Sí, ya sé que debería estar acostumbrado, que este torpe asunto del sexismo en el lenguaje invade nuestra prensa, nuestra vida política y social e incluso nuestros propios pensamientos. Incluso aquellos que saben del asunto, se meten en camisa de once varas dando lugar, en ocasiones, a discusiones bizantinas basadas simplemente en la ignorancia. Otras veces, quienes desconocen por completo los mecanismos de nuestra lengua se permiten opinar y, lo que es peor, establecer sus reglas, que deben ser seguidas por todos nosotros contraviniendo con ello la propia gramática, cuyas normas eluden bonitamente. 

El ejemplo aducido en este caso superaba con mucho lo que yo había visto. Como es sabido, existe el adjetivo monoparental, aplicado a las familias en las cuales hay un solo progenitor, madre, padre o persona que ejerza esa función. Nada más fácil, ¿verdad? Pues parece que no, a tenor de lo que oímos o tenemos que leer... En los últimos tiempos a algunas personas (que imagino ociosas y asimismo con una desbordante imaginación) han dado en pensar que dicha palabra se ha formado, como así es en efecto, a partir del adjetivo parental y que este se inicia con la letra p porque procede sin duda de la palabra padre... ¡He aquí el desaguisado! Tal vez se haya producido una especie popular de analogía (parental-paternal). El caso es que proponen con gran desparpajo que usemos ahora una nueva palabra: *monomarental [sic] ya que, añaden, en la mayor parte de estas familias es la madre y no el padre quienes está al frente de las mismas. 

"No doy crédito", me dije al ver escrito semejante mamarracho. Pues la cosa procede, en este caso, mucho más de la desidia que del deseo legítimo de defender a las mujeres. Si uno sencillamente se toma la molestia de consultar un diccionario, hallará lo siguiente: parental, del latín parentalis, significa "Perteneciente o relativo a los padres o a los parientes" (el subrayado es mío). A ambos padres***, por favor, o a otros parientes. Por tanto, no hay discriminación hacia la mujer. 

Lo que más preocupa de todo este asunto no es la ignorancia o el error (al fin, nadie está obligado a saber gramática), sino el empeño de algunos en proponer o imponer lo que les venga en gana, guiados tan solo por su santa voluntad, a veces disfrazada de reivindicaciones muy respetables. Del mismo modo que yo, filólogo hispánico, jamás me atrevería a establecer normas legales, científicas o económicas, algunos deberían abstenerse de establecer una "gramática paralela". Al menos, deberían informarse antes de hacerlo. 

_______


*** El uso del plural masculino inclusivo, es decir, que se refiere tanto al padre como a la madre, podría sin duda ser discutido. No entraré ahora en esa cuestión, pues necesitaría una nueva entrada. Creo firmemente que el asunto ya aburre. 

viernes, 13 de junio de 2014

El lenguaje trivial

Algunos -cada vez menos, me temo- estamos contemplando cómo últimamente nuestra lengua castellana es usada con ligereza, de forma irresponsable, y surgen por doquier expresiones triviales, absurdas, sin ningún significado... A veces, incluso, aunque vengan disfrazadas de cultas y trascendentes, son simples bobadas si se analizan con un poco de detenimiento. Entiéndase bien: no son errores gramaticales; no atentan contra ninguna regla lingüística, sino tan solo (¡y ya es demasiado!) contra la inteligencia.  

Veamos algunas a continuación, y podremos hacernos una idea cabal de cómo el pensamiento, el simple razonamiento y la argumentación están siendo maltratados.  

La marca España
Entre las muchas estupideces y trivialidades que se oyen en nuestros días, destaca esta por su frecuencia. Se oye por doquiera, muy a menudo y a todo el mundo, en especial a los periodistas y a los políticos, que relacionan  el término con asuntos económicos, en especial la exportación. 

En realidad, se trata de una sinécdoque, o lo parece: el todo (España) sustituye a las partes (las marcas de productos españoles que, si hemos de creer a los optimistas, se venden muchísimo en el extranjero). Se quiere decir, pues, que el simple hecho de ser procedentes de nuestro país da a algunos productos un marchamo de calidad. ¿Necesito explicar dónde está la estupidez, la simpleza enorme de este aserto? 

miércoles, 6 de marzo de 2013

EMPRENDEDORES

  • EMPRENDEDOR/A:  adj. Que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas. 

Tal es la escueta y fácil definición que nos da el diccionario de la Real Academia. Ninguna otra, nótese bien; no existe una acepción, ni siquiera lejanamente relacionada con aquella que le dan los que aquí llamaré inventores de palabras. Ya los he mencionado en alguna que otra entrada de esta modesta bitácora: son aquellos que, impelidos por un cierto espíritu "reformista", desean cambiar no solo nuestro modo de actuar o hacer, sino también nuestro lenguaje, lo que vale tanto como decir nuestro modo de pensar. Ellos -políticos, en su mayor parte, y también periodistas acólitos- se han empeñado en convencernos de que la palabra emprendedor significa empresario, cuando no es así,  como lo muestra de modo patente la definición que he copiado.  

Mas no quedan aquí su impericia verbal y su atrevimiento, sino que estos se amplían y se agrandan ad nauseam: no se conforman, pues, con inventar acepciones inexistentes, sino que crean (en este caso por delirante derivación), este espantajo: emprendeduría [sic]. Dícese -me imagino- de la acción y / o efecto de emprender; o, acaso, creación de una empresa. Ante el recelo que me causa el adefesio, recurro como siempre a mi amado diccionario. Lo tecleo, pues, con fruición inusitada y, leo (más que con pasmo con cierta alegría maliciosa por la confirmación de mis sospechas) el siguiente mensaje en la pantalla electrónica: 

La palabra emprendiduría no está registrada en el Diccionario. Las que se muestran a continuación tienen formas con una escritura cercana. Y a continuación, en efecto, ofrece algunas semejantes al vocablo bastardo. 

Todo esto que narro no pasaría de ser una anécdota chusca, solo entendible por filólogos ociosos, si no fuese porque en el Portal (léase página electrónica) de la Consejería de Educación (sí, Educación) de Castilla la Mancha, he podido leer hoy el siguiente anuncio:
  • El Centro Regional de Formación del Profesorado celebrará en el IES "Francisco García Pavón" de Tomelloso el próximo 13 de marzo las Jornadas "EMPRENDEDURÍA EN EL AULA", donde a lo largo de toda la mañana (10:00-14:00 horas) se ofrecerá un espacio de conocimiento y debate entre el mundo de la empresa y el educativo con experiencias prácticas de aplicación en todas las etapas educativas. 
Un estremecimiento me recorre el espinazo, añadiéndose a los pequeños achaques que vengo sufriendo. Hombre, esto no se le hace a una persona mayor... Ya no está uno para sustos, pardiez. Por otro lado, juro por todos los dioses que las mayúsculas y comillas que acompañan a esa birria de palabra no son mías, sino que han sido publicadas en la forma que se cita. 

Dios los perdone. 

miércoles, 30 de enero de 2013

LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE (2)

Las vemos, las oímos a diario en la prensa, en la radio, en la televisión... Por doquier se observan las que ahora llamaré simplemente estupideces lingüísticas. Las dicen, normalmente, nuestros políticos, pero también los periodistas, banqueros, sindicalistas... Muchas de ellas se refieren, qué casualidad, a la calamitosa situación económica que vivimos. Por lo común, se trata de afirmaciones (a veces solo palabras aisladas) que se caracterizan sobre todo por la ignorancia de sus perpetradores. Me refiero principalmente a errores semánticos, usos desviados de su sentido recto -y correcto-, de aquello que realmente deberían significar. Así, se logra que las cosas ya no sean lo que fueron, ni lo que algunos ilusos, que aprendimos español en tiempos mejores, pensábamos que eran. De este modo tan sencillo,  la mentira se convierte en falta de verdad, lo cual tranquiliza y relaja a la vez. ¿Se trata, por tanto, de crear confusión, o solo es desconocimiento?  No sé cuál de estas opciones es peor, francamente. O estamos en manos de mentirosos, o tal vez de ignaros que no saben usar nuestra riquísima lengua. 

Veremos, pues, aquí algunas de estas perlas recopiladas a vuelapluma; el lector sabrá muy bien qué hacer con ellas: 


  • CRECIMIENTO NEGATIVO: Se trata de un oxímoron. La palabra crecimiento es, sin duda, positiva, lo cual siempre es bueno. Sin embargo, nos atenaza la duda: ¿Cómo es que algo positivo puede ser negativo a la vez? Puede que se trate de un uso metafórico, como pide la retórica. Ahora bien: ¿cuál de los dos términos es una metáfora? 
  • PROACTIVO: En los últimos tiempos (bastantes: ya lo señalaba el gran Lázaro Carreter hace muchos años) se está produciendo un hecho muy molesto en relación con nuestra lengua: en el ámbito público (periodístico, político) parece pensarse que ciertas palabras son acaso demasiado simples, sencillas, demasiado claras para significar algo que, según algunos, es complejo y difícil. Por ello, inventan vocablos que suenen más dificultosos, tal vez más enrevesados, para dar la impresión de que son más cultos. Se abusa, pues, del circunloquio y, cuando no queda más remedio que usar una sola palabra, se crea una nueva bien altisonante. Así ocurre con esta que ahora comento: como estar solo activo parece poco, se inventa una palabra -que, por cierto, puede el lector buscar en el diccionario: no la hallará- que suene más, esto es, que tenga más sílabas y, por ende, más enjundia.
  • PUNTUAL. Se utiliza este vocablo con un significado del que, en realidad, carece. Con el DRAE en la mano -o, como en este caso, a golpe de ratón-, las definiciones de esta palabra serían: (Del lat. punctum, punto). 1. adj. Pronto, diligente, exacto en hacer las cosas a su tiempo y sin dilatarlas. 2. adj. Indubitable, cierto.3. adj. Conforme, conveniente, adecuado. 4. adj. Que llega a un lugar o parte de él a la hora convenida. 5. adj. Perteneciente o relativo al punto. 6. adj. Fís. Que se considera como originado o situado en un punto. Y, sin embargo, hoy se usa en el sentido de concreto, incluso único o excepcional. Así, cuando queremos hablar de algo, por lo general un hecho, acontecimiento o error, cuando ocurre algo considerado negativo, se intenta explicar, a fin de atenuar su importancia, que se trata de un hecho puntual, que no ocurre a menudo. Tal vez la cosa venga por la acepción número 5: puntual se relaciona, ciertamente, con punto, y este puede ser interpretado casi de cualquier modo. Se le puede otorgar cualquier significado: punto en el tiempo, en el espacio..., donde fuere menester. De este modo, se produce un hecho muy frecuente en nuestros días: las palabras adquieren significados generales, incluso vagos, a fin de utilizarlas en contextos muy variados; se convierten en palabras "comodín". Con ello se pierde precisión, indudablemente, y también claridad. Al fin y al cabo es de lo que se trata, ¿verdad? 
De momento, aquí me quedo, que no quiero ser prolijo y enfadoso.


domingo, 19 de agosto de 2012

LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE (1)

Hace ya unos cuantos años, el sociólogo Amando de Miguel escribió un libro con el título de esta entrada (La perversión del lenguaje, Espasa-Calpe, colección Austral). Trataba en él asuntos que afectaban a la degradación del uso de nuestra lengua, y apuntaba muchos males que entonces se iniciaban solamente y que hoy, a la vista de lo que se dice y se oye, han adquirido carta de naturaleza. 

Uno de los asuntos tratados en el libro se refería a la llamada "corrección política" o también "lenguaje políticamente correcto". Se ha dicho mucho sobre este asunto, y se ha escrito aún más, por lo que muy difícilmente podría yo añadir alguna cosa nueva. Tampoco es mi intención, la verdad sea dicha: todos sabemos ya los excesos cometidos en nombre de esa supuesta máxima. Lo que me propongo no es, pues, insistir sobre un problema ya conocido, sino mostrar de qué modo aquella mal llamada corrección ha dado paso -sin que apenas nos hayamos dado cuenta- a otro fenómeno aún más pernicioso. Ya no se trata solo de ser correctos, sino que le hemos dado otra "vuelta de tuerca". Estamos empezando a aceptar la mentira como un rasgo esencial de nuestra vida pública. 


En los últimos años se acentuado aún más la tendencia, que podríamos describir del siguiente modo: los políticos no quieren llamar a las cosas por su nombre si este, el nombre, les resulta molesto o pude perjudicar de alguna manera a sus intereses. Este hecho, que podría parecer natural y hasta entendible en algunos casos (en efecto: nadie quiere poner de relieve sus defectos o errores) se está llevando a tal extremo, está adquiriendo grados tan sangrantes que, sin que apenas nos hayamos dado cuenta, hasta el extremo intolerable de aceptar la mentira como algo comprensible, consustancial al hecho político y a la vida pública en general. Continuamente se oyen afirmaciones variadas, declaraciones públicas que se basan en usos torticeros, interesados y parciales del lenguaje; en cambios semánticos imposibles, en conscientes o inconscientes errores lingüísticos. Los más frecuentes, sin duda, son los que se refieren al veto o prohibición que sufren algunas palabras: tal o cual término adquiere algunas veces significados negativos en opinión de algunos, quienes deciden por ello dejar de usarlas, cuando lo cierto es que describen de forma clara y nítida lo que está pasando. Así ocurre, verbigracia, con el término RECORTES, de tan triste actualidad en nuestro tiempo. Si acudimos al Diccionario de la RAE (http://www.rae.es/RAE/Noticias.nsf/Home?ReadForm), sorprende la asepsia con que define el término: acción y efecto de recortar. Así debe ser. Vayamos, pues, al verbo y hallaremos las siguientes acepciones (destaco solo aquellas que parecen tener que ver con lo que ahora quiero significar): 

1. tr. Cortar o cercenar lo que sobra de algo.
3. tr. Disminuir o hacer más pequeño algo material o inmaterial.


No parecen hallarse en estas breves palabras esas connotaciones tan negativas que le atribuyen al término nuestros políticos, que huyen de su uso como de peste bubónica.  Cortar o cercenar algo que sobra parece acción prudente y de sentido común, y en cuanto a disminuir, poco puede decirse: hacer más pequeño algo... Pero nuestros políticos odian tanto el término, al parecer, que, en una especie de juego malabar de la lengua, lo han sustituido por otros vocablos que, según ellos, carecen por completo de rasgos "peligrosos".  Así, utilizan términos de dudoso significado, tales como "reformas" que, como se sabe, está relacionado con el derivado "reformista". De lo que resulta que, en un juego de palabras sorprendente, un gobierno conservador, o de centro, como gustan de decir ellos, se convierte, por este absurdo abracadabra, en un Ejecutivo reformista... 
-Cosas veredes que te asombrarán, amigo Sancho. 


Continuará... 



La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...