VALLE-INCLÁN, Luces de bohemia, escena XII
Cuántas veces he pensado que hay libros que, por más que pase el tiempo, siguen teniendo gran vigencia en nuestros días. Uno de ellos es, sin duda, esta gran obra de Valle-Inclán que la mayoría de los estudiantes de mi época leíamos asombrados en el COU, cuando aún preparábamos nuestro inminente acceso a la Universidad.
Asombrados, sí, pues aun cuando nuestros escasos conocimientos nos impedían entender por completo los valores literarios de estas Luces...; aunque no pudiésemos entender del todo los oscuros matices de sus palabras, algunos sentíamos, intuíamos más bien, que aquello que teníamos en nuestras manos había de ser muy grande, sensación que aumentó, en mi caso, un par de años más tarde, cuando asistí a la función de esta obra irrepetible. Se trataba del montaje a cargo de Lluis Pasqual, en el gran teatro María Guerrero de Madrid. Protagonizada por José Mª Rodero, debo confesar que me abrió los ojos. Allí estaba todo, lo que yo di en llamar el Gran Teatro, la visión magnífica de una España negra, decadente y sucia que algunos, ingenuamente, creían por entonces que se había ido para no volver. Tras el lamento de Max Estrella ("Estoy mascando ortigas") se escondía la crítica noventayochista del autor, se escondía el grito de un hombre extravagante que lanzaba soflamas contra aquella sociedad, tan burguesa y biempensante, que no le gustaba.
Revisando la obra para mis clases, rememoro aquella gloriosa escena XII: Max, casi agonizante, se muestra más lúcido e inteligente que nunca y define los rasgos de la nueva estética, el esperpento, pero también nos advierte sobre el ser de España en algunas frases memorables, entre las cuales destaco la que encabeza esta entrada. "Deformación grotesca"; eso es, en efecto, nuestro país; y hoy me atrevo a añadir lo que no supe ver en aquella función mágica: ahora, cuando ya hemos iniciado el siglo XXI, lo es más todavía. El "Ruedo ibérico" valleinclanesco casi se me antoja una broma inocente si lo enfrento a la cruda realidad actual.
La susodicha frase, ¿es un exabrupto? ¿Exagera Valle cuando hace esta afirmación? Sin duda, pero en un sentido más oscuro y sutil de lo que parece. Nuestro autor usaba las palabras como si fuesen balas que saliesen de una ametralladora, con un afán no confesado de epatar removiendo las conciencias, de darnos a todos un puñetazo en el estómago que nos haga despertar de la cómoda inconsciencia en que vivimos instalados. Somos grotescos, afirma Valle acertadamente, pues nuestro paisanaje es propenso a la risa y al jolgorio hasta en los más graves asuntos. Todo nos resulta risible y gracioso porque a través de la mueca, la carcajada importuna y el chiste fácil ocultamos realmente lo que no queremos ver. Nuestro humor español -tantas veces alabado por unos y por otros- se convierte a menudo en una suerte de engaño o anestesia. En cambio, la deformación que nos propone Valle va unida al grito; el humor al dolor: "Vendrá el buey Apis. Le torearemos". Como a los transeúntes del callejón del Gato, a los españoles nos gusta mirarnos en los espejos deformantes. Por eso, ironizamos muchas veces sobre la situación de esta España nuestra, pero en le fondo sabemos que, tras esa alegría impostada y falsa, laten la envidia, la corrupción ("El señor ministro no es un golfo". "Usted desconoce la Historia Moderna", escena VI) y, sobre todas las cosas, la mala leche.
Valle-Inclán disecciona, con bisturí implacable, la sociedad de su época. Sin concesiones, convierte a sus personajes en marionetas y con ello nos coloca frente a nuestros demonios. La hipérbole funciona casi como una lupa a través de la cual podemos ver más claramente lo que quiso transmitirnos. España, en efecto, es grotesca, risible en ocasiones pero patética a la vez.
No puedo evitar hacer comparaciones: nuestro país de hoy, tan lejano en apariencia al de principios del XX, conserva sin embargo peligrosas e inquietantes similitudes: pobreza económica, miseria cultural, corrupción, educación para unos pocos, sanidad paupérrima y también, claro, enfrentamientos absurdos que a nada nos conducen. ¿Es que nunca aprenderemos a convivir? ¿Cuándo lograremos convertirnos finalmente en una sociedad moderna y adelantada? ¿Cuándo seremos parte de la civilización europea?
Revisando la obra para mis clases, rememoro aquella gloriosa escena XII: Max, casi agonizante, se muestra más lúcido e inteligente que nunca y define los rasgos de la nueva estética, el esperpento, pero también nos advierte sobre el ser de España en algunas frases memorables, entre las cuales destaco la que encabeza esta entrada. "Deformación grotesca"; eso es, en efecto, nuestro país; y hoy me atrevo a añadir lo que no supe ver en aquella función mágica: ahora, cuando ya hemos iniciado el siglo XXI, lo es más todavía. El "Ruedo ibérico" valleinclanesco casi se me antoja una broma inocente si lo enfrento a la cruda realidad actual.
La susodicha frase, ¿es un exabrupto? ¿Exagera Valle cuando hace esta afirmación? Sin duda, pero en un sentido más oscuro y sutil de lo que parece. Nuestro autor usaba las palabras como si fuesen balas que saliesen de una ametralladora, con un afán no confesado de epatar removiendo las conciencias, de darnos a todos un puñetazo en el estómago que nos haga despertar de la cómoda inconsciencia en que vivimos instalados. Somos grotescos, afirma Valle acertadamente, pues nuestro paisanaje es propenso a la risa y al jolgorio hasta en los más graves asuntos. Todo nos resulta risible y gracioso porque a través de la mueca, la carcajada importuna y el chiste fácil ocultamos realmente lo que no queremos ver. Nuestro humor español -tantas veces alabado por unos y por otros- se convierte a menudo en una suerte de engaño o anestesia. En cambio, la deformación que nos propone Valle va unida al grito; el humor al dolor: "Vendrá el buey Apis. Le torearemos". Como a los transeúntes del callejón del Gato, a los españoles nos gusta mirarnos en los espejos deformantes. Por eso, ironizamos muchas veces sobre la situación de esta España nuestra, pero en le fondo sabemos que, tras esa alegría impostada y falsa, laten la envidia, la corrupción ("El señor ministro no es un golfo". "Usted desconoce la Historia Moderna", escena VI) y, sobre todas las cosas, la mala leche.
Valle-Inclán disecciona, con bisturí implacable, la sociedad de su época. Sin concesiones, convierte a sus personajes en marionetas y con ello nos coloca frente a nuestros demonios. La hipérbole funciona casi como una lupa a través de la cual podemos ver más claramente lo que quiso transmitirnos. España, en efecto, es grotesca, risible en ocasiones pero patética a la vez.
No puedo evitar hacer comparaciones: nuestro país de hoy, tan lejano en apariencia al de principios del XX, conserva sin embargo peligrosas e inquietantes similitudes: pobreza económica, miseria cultural, corrupción, educación para unos pocos, sanidad paupérrima y también, claro, enfrentamientos absurdos que a nada nos conducen. ¿Es que nunca aprenderemos a convivir? ¿Cuándo lograremos convertirnos finalmente en una sociedad moderna y adelantada? ¿Cuándo seremos parte de la civilización europea?
