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lunes, 30 de marzo de 2015

LOS RESTOS DE QUEVEDO

Lo prometido es deuda. Inicio, pues, un macabro periplo por las tumbas de algunos de nuestros escritores, mentes preclaras de nuestra España a las que no hemos tratado como deberíamos. Comienzo con uno de los grandes, claro, uno de mis autores favoritos por la fecundidad de su verbo y por la claridad de su mente: don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de la Torre de Juan Abad. Ahora que tanto se habla de los de Cervantes, no vendría mal mencionar también el hallazgo de los de don Francisco, y ver en qué ha quedado todo. La Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense y el Ayuntamientode Villanueva de los Infantes pusieron en marcha, en 2007, un proyecto para identificar los restos, que habían sufrido avatares mil desde su muerte, acaecida el 11 de septiembre de 1645 en el convento de Santo Domingo de esa localidad. 

Contra su voluntad, fue inhumado nuestro escritor en la cripta de la familia de los Bustos, en la iglesia de san Andrés Apóstol de Villanueva de los Infantes. Allá por 1869, los restos son exhumados para trasladarlos a Madrid, con la intención de enterrarlos en un futuro Panteón de Hombres Ilustres, al cual no llegaron nunca... porque el tal panteón no llegó a inaugurarse (¿Sería por recortes?). Así pues, son devueltos a Infantes, aunque no hay certeza absoluta de que sean los mismos que de allí partieron. En fin. Deciden devolverlos a la susodicha villa, aunque, cuando llegan a su lugar de destino, van acompañados de una nota en la que dice que no creen que sean los de don Francisco, por tener este esqueleto la dentadura completa y conocerse de sobra que al escritor apenas le quedaban dientes en el momento de fallecer. Para rematar el error, el cráneo pertenece, casi con total seguridad, a una mujer joven.


Hacia 1920 aparece, en el Ayuntamiento de Infantes, una caja con la leyenda: "Restos de Quevedo". El ayuntamiento, para honrar «como se merece» al insigne personaje, le organiza un entierro con desfile, banda de música y merienda (?) tras el sepelio. Se entierran en la ermita del Cristo de Jamila, hoy en un parque a las afueras de la localidad. Esa tumba nunca más ha sido abierta. Posteriormente, en 1955, se descubre una cripta bajo la iglesia de san Andrés, a la cual habían sido trasladados, según se afirma ahora, los verdaderos restos de Quevedo. Los que fueron a Madrid no lo eran, al parecer. 


En esta cripta es donde buscan, en 2007, los investigadores quienes, finalmente, dicen haber hallado unos cuantos huesos de don Francisco, por sus características morfológicas, entre ellas la cojera, si bien no es posible un cotejo del ADN. Como en el caso de Cervantes. Por supuesto, de todo esto no hay una certeza absoluta, por lo que debemos concluir que, vistos los despropósitos anteriores, no hay nada seguro. Sin embargo, los infanteños están contentos, pues pueden hacer caso a los versos del ilustre: 


 «Si me hallo, preguntáis, 

en este dulce retiro,
y es aquí donde me hallo,
pues andaba allá perdido»



El alcalde de Infantes hablaba, tras el hallazgo de los restos, de que su pueblo sería un "imán para el turismo". No tengo noticias, pero creo que sus optimistas previsiones no se han cumplido. 

sábado, 12 de abril de 2014

Fragmento de Quevedo

Al lector

La poca ambición de España, bien que sean culpados los ingenios de ella, tienen en manos del olvido las cosas que merecieron más clara voz de la fama; tal fue la ingratitud de sus escritores y el descuido, que pareció desprecio a los extraños, juzgando faltaba que escribir y quien escribiese; y así padeció la reputación de todos y sin duda hubieran // perdido la memoria como la voz si fuera en su mano el olvido como el silencio. Poco lugar dio la edad pasa[da] embarazada en armas a más de curiosos deseos del ocio que hoy alcanzamos, para que, agradecidos y deudores dél, en pago demos a la eternidad los peligros con que nos compraron la paz, amiga de buenas letras. 
Hijo de España, escribo sus glorias, sea el referirlas religiosa lástima de verlas escuras y no a ningunos ojos sea la satisfacción en divulgarlas, pues del trabajo que un estraño pidiera nombre de curioso y docto quiero //  solo el de reconocido y piadoso. 
Bien sé a cuántos contradigo y reconozco los que se han de armar contra mí; mas no fuera yo español si no buscara peligros despreciándolos antes para vencerlos después, y lo haré con estas memorias, que serán las primeras que, desnudas de amor y miedo, se habrán visto sin disculpa de relaciones y historia (si este nombre merece) en que se leerán los ojos y no los oídos del autor. 




La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...