He aquí que, finalmente, tenemos promulgada y aprobada (¿sin discusiones ni polémicas?), la nueva ley educativa de nuestras entretelas; para unos, la salvación segura del barco a la deriva que es la educación en nuestro solar patrio; para otros, la fuente inagotable de todos los males. Pues bien: me propongo razonar en este breve texto que no es lo uno y tampoco lo otro.
Sobre todo, y contra lo que se dice en estos días, no es tan nueva ni tan distinta a las que la han precedido. ¿Más de lo mismo, pues? Veamos: si uno echa un vistazo, aunque sea rápido y somero, a la ley de marras, un detalle curioso llama nuestra atención: en la formulación de sus distintos artículos aparece repetida esta frase:
"El artículo tal queda redactado de la siguiente manera"
Y, a continuación, una redacción más o menos amplia del susodicho artículo. Si investigamos un poco y nos dirigimos al número citado en la ley anterior, la LOE, resulta que trata el mismo tema (la evaluación de diagnóstico, pongamos por caso). Así pues, ¿qué conclusión sacamos? La LOMCE no es, en modo alguno, una ley surgida ex novo de las mentes preclaras de los legisladores, sino solo una corrección o modificación de los artículos de la LOE, ley muy ineficaz, por lo que se ve, terrible y horrenda, constantemente denostada por el gobierno actual. A pesar de ello, se han limitado a corregirla, cuando lo esperable habría sido -ya que tanto la critican- que la hubiesen enterrado en un cajón siniestro in secula seculorum. Porque si algo se modifica, como en este caso, tal vez sea porque se entiende que tiene algo bueno, o que no todo en ella es tan malo como se dice. Si no, ¿qué sentido tienen estos cambios que son, en muchos casos, leves retoques? No se comprende bien que, si realmente era tan mala aquella legislación, se mantengan algunos de sus artículos, sus principios rectores, sus ideas tan perniciosas. Sobre todo se mantiene su filosofía, si así puede llamarse.
En cuanto a otros aspectos que los docentes -o, al menos, muchos de nosotros- juzgábamos importantes, se mantienen sin cambios en la nueva ley. Así, por ejemplo, para fomentar en el alumno la llamada cultura del esfuerzo, no se han variado en absoluto ni un solo método, ni un solo principio referente a la Primaria, en la que los alumnos van pasando de curso sin problemas, y sin que las medidas correctoras que preveía la propia ley puedan cumplirse: no hay dinero para esos apoyos que se mencionan, ni para contratar más profesores que lleven a cabo esa enseñanza personalizada que se pretende, ni para los desdobles... Por tanto, las carencias de base se irán acumulando, exactamente como ocurre ahora y los alumnos llegarán a Secundaria, incluso a Bachillerato, sin lograr los objetivos que se dicen promover.
En cuanto a la Secundaria, las medidas de promoción y repeticiones de cursos solo han sufrido una variación muy leve: se concede una importancia algo mayor a las llamadas -pomposamente- materias instrumentales (lengua y matemáticas). El resto permanece como estaba en la LOE, hasta el punto de que el párrafo donde esto se regula es el mismo, ¡el mismo exactamente! Hasta en eso han copiado.
Así pues, solo se nos presentan dos posibilidades; a saber: o bien el legislador de la nueva ley educativa no juzgaba tan perniciosa la ley anterior, por lo cual no se entienden las opiniones del Gobierno, o bien solo han cambiado algunos aspectos en esta LOMCE neonata por la sencilla razón de que no entienden, no comprenden realmente qué es lo que está fallando en nuestra educación. De esta manera, tampoco las críticas de la oposición están justificadas, porque la LOMCE es, en realidad, una LOE retocada ligeramente.