Es justo decirlo: la última novela de Vargas Llosa ha conseguido reconciliarme, de momento, con la literatura actual. No todos los autores, por suerte, nos venden humo. Aún quedan unos pocos que han hecho del arte de narrar una gran creación, un arte grande de la palabra; pues eso es lo que encontramos en esta novela, y también propiedad, precisión y, de paso, un vocabulario peruano que resulta atractivo, por lo exótico, para un lector español.
Pero hay mucho más: la novela narra dos historias que en un momento dado se entrelazan de manera sorprendente. Una de ellas, protagonizada por el inefable Felícito Yanaqué (¡qué gran personaje!) es realmente una trama policíaca. Nuestro héroe discreto será chantajeado y el caso se resolverá en las últimas páginas. La otra historia, en cambio, tiene un carácter digamos moral. Ismael Carrera, empresario limeño, decide casarse con su criada Armida, con el fin de darle una grave lección a sus dos hijos mellizos.
En ambas historias recurre Vargas Llosa a un estilo impecable y un uso magistral de los diálogos, los cuales, por cierto, presentan una característica sorprendente y mágica. Se utiliza el flash-back, que aparece inserto en el propio diálogo. De esta manera, dos personajes hablan y, dentro de este diálogo, se incluye otro que uno de ellos mantuvo tiempo antes con otra persona, lo que convierte la lectura en algo dinámico, ágil, lleno de sorpresas.
Lo más importante es, con todo, la lección que el autor nos ofrece en esta obra. Sí, se trata de una novela con moraleja, con una lección ética. Los dos protagonistas, aun de modo diferente y con estilos distintos, persiguen sin embargo un objetivo común: mantener su integridad a salvo de los ataques de la mentira, la ambición y la poca vergüenza. Felícito e Ismael representan dos ejemplos de lo que ya, por desgracia, no abunda en este mundo nuestro: la verdad, la fidelidad a unos valores, que podrán ser caducos o anticuados pero son ante todo, suyos propios. Que les conforman como personas y les hacen ser quienes son realmente. Felícito vive su experiencia con el recuerdo constante de las palabras de su padre ("Hijo, no dejes que te pisoteen"), con la fuerza que le otorga el defender su dignidad. Ismael, por su parte, intenta darles a aus hijos una lección de vida: que no se debe, que no es lícito pedir lo que no merecemos. Pese a que ambos, en apariencia, son derrotados por las circunstancias, en el fondo triunfan -al final de la novela- sus visiones "optimistas" de la existencia: triunfa la justicia, parece decirnos el autor. Y aunque sepamos que esto es poco realista, se agradece leer de vez en cuando un libro como este, con un gran final feliz.
En ambas historias recurre Vargas Llosa a un estilo impecable y un uso magistral de los diálogos, los cuales, por cierto, presentan una característica sorprendente y mágica. Se utiliza el flash-back, que aparece inserto en el propio diálogo. De esta manera, dos personajes hablan y, dentro de este diálogo, se incluye otro que uno de ellos mantuvo tiempo antes con otra persona, lo que convierte la lectura en algo dinámico, ágil, lleno de sorpresas.
Lo más importante es, con todo, la lección que el autor nos ofrece en esta obra. Sí, se trata de una novela con moraleja, con una lección ética. Los dos protagonistas, aun de modo diferente y con estilos distintos, persiguen sin embargo un objetivo común: mantener su integridad a salvo de los ataques de la mentira, la ambición y la poca vergüenza. Felícito e Ismael representan dos ejemplos de lo que ya, por desgracia, no abunda en este mundo nuestro: la verdad, la fidelidad a unos valores, que podrán ser caducos o anticuados pero son ante todo, suyos propios. Que les conforman como personas y les hacen ser quienes son realmente. Felícito vive su experiencia con el recuerdo constante de las palabras de su padre ("Hijo, no dejes que te pisoteen"), con la fuerza que le otorga el defender su dignidad. Ismael, por su parte, intenta darles a aus hijos una lección de vida: que no se debe, que no es lícito pedir lo que no merecemos. Pese a que ambos, en apariencia, son derrotados por las circunstancias, en el fondo triunfan -al final de la novela- sus visiones "optimistas" de la existencia: triunfa la justicia, parece decirnos el autor. Y aunque sepamos que esto es poco realista, se agradece leer de vez en cuando un libro como este, con un gran final feliz.