Leo esta semana El guardián entre el centeno, la famosa novela de J. D. Salinger, que fue considerado escritor de culto durante muchos años, y se hizo muy famoso por vivir al margen, alejado de la prensa y de la vida social en general, hasta el punto de que apenas existían fotos suyas. Desde 1967 hasta 2010, año de su muerte, hizo una vida solitaria en su casa en un pequeño pueblo de New Hampshire, y apenas se sabía nada de su vida. Intentó por todos los medios pasar desapercibido, para lo cual, incluso, demandó al escritor Ian Hamilton, que iba a publicar su biografía. Solo tras su muerte, y a raíz de la aparición de las memorias de su hija, pudieron conocerse algunos detalles de su vida.
Más extremo todavía es el caso de Thomas Pybchon, del cual no existe fotografía alguna desde hace muchos años; que no concede entrevistas, que ha escogido el aislamiento y ha huido de la fama literaria. Se cuenta, además una curiosa anécdota: cuando se le concedió el premio Pulitzer, envió a recogerlo a un comediante al que había contratado para que lo recogiese en su lugar, lo cual se me antoja una gran ironía.
¿Por qué estos grandes escritores renuncian a la fama? ¿Qué les hace huir de ella, de los premios y los focos? Llama mucho la atención esta actitud, máxime en nuestros tiempos, cuando la literatura se ha convertido en una especie de estrellato. En efecto: hay muchos escritores que van por la vida haciendo entrevistas, declaraciones varias sobre los temas más diversos, participando en programas de radio o televisión, como si fueran una especie de gurús modernos, muchas veces aferrados al poder o a sus aledaños. Por eso, resultan estimulantes los ejemplos de Salinger o de Pynchon, que solo han dejado sus obras al mundo.
Más extremo todavía es el caso de Thomas Pybchon, del cual no existe fotografía alguna desde hace muchos años; que no concede entrevistas, que ha escogido el aislamiento y ha huido de la fama literaria. Se cuenta, además una curiosa anécdota: cuando se le concedió el premio Pulitzer, envió a recogerlo a un comediante al que había contratado para que lo recogiese en su lugar, lo cual se me antoja una gran ironía.
¿Por qué estos grandes escritores renuncian a la fama? ¿Qué les hace huir de ella, de los premios y los focos? Llama mucho la atención esta actitud, máxime en nuestros tiempos, cuando la literatura se ha convertido en una especie de estrellato. En efecto: hay muchos escritores que van por la vida haciendo entrevistas, declaraciones varias sobre los temas más diversos, participando en programas de radio o televisión, como si fueran una especie de gurús modernos, muchas veces aferrados al poder o a sus aledaños. Por eso, resultan estimulantes los ejemplos de Salinger o de Pynchon, que solo han dejado sus obras al mundo.
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