sábado, 26 de diciembre de 2015

Hombres buenos, Arturo Pérez-Reverte

Leo en estos días navideños la última novela de Pérez-Reverte, uno de los pocos escritores actuales que no me hacen bostezar. Lo siento: soy heredero de una época antigua: aquella en que los novelistas contaban una historia sin mirarse el ombligo. Con los años, voy buscando diálogos, descripciones breves pero precisas y no tanto digresiones sobre asuntos divinos y también humanos, ni alardes lingüísticos sin mucho sentido. 

Leo, pues, y encuentro sorpresas que me hacen sonreír. la primera, que el propio autor se crea, por decirlo de algún modo, a sí mismo, y nos cuenta episodios entre la realidad y la ficción, donde aparecen personajes reales y verdaderos: los académicos García de la Concha, Darío Villanueva y seguramente el que más llama mi atención: Don Gregorio Salvador, académico conspicuo al que tuve el honor de seguir en sus clases de lexicografía, muchos años ha. Y en estas escenas nos narra don Arturo sus investigaciones para escribir la novela, en un ameno ejercicio metaliterario. Entretenido ejercicio, pardiez, en el que aparece nada menos que don Francisco Rico, gran erudito de nuestro tiempo y,seguramente, el mayor cervantista de nuestra época. Curioso personaje, cierto, lo cual le ha hecho aparecer en dos novelas de este tiempo: esta que ahora leo y Los enamoramientos, de Javier Marías, pues es muy dado a la ficción.

Acaso el mayor logro de esta novela sea la creación de sus dos protagonistas, los académicos de la Academia Española don Hermógenes Molina, experto en lenguas clásicas, y el "almirante" Pedro Zárate, antiguo marino y autor de un diccionario de términos náuticos. Ambos representan dos de las tendencias presentes en la Ilustración española (que no lo fue tanto): mientras que don Hermógenes, pese a sus ideas de progreso, su amor a las luces y a la razón como medio de conocimiento, aún conserva un gran apego a la religión católica, don Pedro es un descreído, muy crítico con cualquier tipo de creencia religiosa, fuente de conflictos, causa de guerras y de muertes. Muy interesantes son los diálogos entre ellos, en los que constrastan sus diferentes opiniones. Poco a poco vamos descubriendo que se crea entre ambos una suerte de amistad sincera basada en la tolerancia y el respeto, algo tan escaso y raro en España, y que logran sortear sus diferencias para ceñirse a lo esencial, en lo que ambos están de acuerdo: su deseo de ver a nuestra patria entre las naciones más adelantadas de Europa. Su viaje para comprar la Enciclopedia de Diderot y D´Alambert -"la mayor aventura intelectual del siglo XVIII", en palabras del autor: "el triunfo de la razón y el progreso sobre las fuerzas oscuras del mundo entonces conocido"- se convierte, por tanto, en un viaje en pos de la verdad, de la educación, del progreso de nuestro pueblo, en lucha contra las fuerzas oscuras (en España, los de siempre) que pretendieron, y en gran medida lo lograron, poner piedras en el camino de esa evolución, de ese cambio que nuestro país tanto necesitaba. Los dos académicos que, por motivos distintos, contratan a un sicario para impedir la compra de la magna obra simbolizan aquí esas fuerzas conservadoras, reaccionarias incluso, que deseaban ver España sumida para siempre en el ostracismo, en esa burbuja de catolicismo rancio, reticente a cualquier cambio y que, a la postre, ha triunfado en España incluso hasta nuestros días. Porque, en cierto sentido, algunos de los debates que hoy en día escuchamos tienen su origen en la incapacidad de incorporarnos a una Europa moderna, científica e industrial. Pese a los avances, en ciertos aspectos sociales y políticos, que hemos experimentado, aún nos quedan resabios de aquella "reserva espiritual de Occidente" en la que algunos desaprensivos quisieron incluirnos.

Quedan aún, en esta novela, el componente de aventura e incluso de suspense (¿lograrán nuestros académicos su objetivo?) que la convierten en lectura amena y divertida; y queda también la aventura "romántica" con duelo incluido, tal vez lo más inverosímil de la historia, o lo que más chirría. Menudencias, sin embargo; pequeños defectos en una historia apasionante que me ha mantenido en vilo solo tres días. Tres días de lectura, lo que en mí quiere decir que me ha enganchado (así se dice ahora) esta narración. 

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...