Continúo en estos días con la amena lectura de este libro. Nótese que uso este adjetivo, y no otros tales como: magnífica, soberbia, deslumbrante..., que han proliferado últimamente en suplementos, bitácoras, notas de prensa y hojas volanderas de diversa índole e intención, las más de las veces buena pero errada. Se insiste en la genialidad artística del autor, en la inestimable calidad de su prosa y también (lo que me provoca un intenso pasmo) en la complejidad de la novela, tanto en la forma -¿densidad del estilo?- como en el fondo: las relaciones humanas deben de ser, en efecto, ciertamente complicadas, y en ello parece insistir el libro.
Digo parece pues, en realidad, no se trata de una obra difícil ni ardua. Utiliza un inglés coloquial, en cierto sentido, que, si bien es difícil de traducir en ocasiones, no es de una lectura especialmente compleja. En cuanto a la historia que refleja, no puede ser más simple: una familia americana media, con ciertas tendencias hacia un progresismo un poco ingenuo, va evolucionando hacia la degradación familiar, sentimental, amorosa, de su principales miembros y de sus hijos, en una sucesión de infortunios, más mentales que reales, que les llevan, en un principio, a un nihilismo algo postizo, después al alcoholismo o la drogadicción, más tarde a la infidelidad sexual, y así sucesivamente.
"Dramón infumable, pues", pensarán algunos. No, porque Franzen tiene la habilidad de contarlo todo con un tono socarrón, levemente irónico y nunca sarcástico (en el fondo, sospecho que le gustan sus pesonajes), que dota al conjunto de un cierto humor. La novela es, pues, levemente graciosa en sus primeras doscientas páginas (soy generoso)... Pero más tarde, por desgracia, comienza a ser insufrible. No porque sea un drama, que no lo es, sino porque en un cierto momento del relato, cuando ya nos hemos repuesto de las pequeñas sorpresas que ofrece el libro al principio -la ya mencionada socarronería, el uso del perspectivismo como técnica narrativa-, se da uno cuenta con desolación de que toda esta historia de una familia americana le importa un bledo. De paso, se percata uno de que no tiene en las manos una obra maestra, por más que se trate de un tomazo ciertamente voluminoso. Pues, precisamente, uno de los rasgos de la GRAN LITERATURA consiste en saber involucrar de verdad al lector, en crear personajes que parezcan personas y por los que nosotros, afortunados, podamos sentir algo realmente: felicidad, tristeza, solidaridad, dolor incluso por las cosas que les suceden, porque el autor ha dado a estos personajes rasgos tan vívidos que no nos parecen entes de ficción. Así, quien esto escribe se enamoró perdidamente de Ana Ozores, sintió regocijo que se fue tornando en lástima después por las continuas desgracias de don Quijote; asimismo, habría querido tirarse al tren -esta vez, claro, metafóricamente- con Ana Karenina, o escalar junto a Aquiles las murallas de Troya. Esto solo por citar algunos casos.
Por contra, los problemas de Patty con su marido, al que no cree amar, o con su amante Richard, al que no quiere amar; las contradicciones de Walter, en el fondo solo un zangolotino que no sabe quién es, las idioteces sucesivas del bueno de Joey, y otras muchas cosas que hay en el libro, debo admitirlo con franqueza, a partir del primer tercio de este largo novelón comienzan a importarme lo mismo que un comino. No consigo, lo siento, interesarme lo más mínimo por sus problemas, lo cual es malísimo si tenemos en cuenta que este es, precisamente, el asunto principal de esta novela.
En cuanto al final, por Dios, prefiero no expresar mi verdadera opinión...
"Dramón infumable, pues", pensarán algunos. No, porque Franzen tiene la habilidad de contarlo todo con un tono socarrón, levemente irónico y nunca sarcástico (en el fondo, sospecho que le gustan sus pesonajes), que dota al conjunto de un cierto humor. La novela es, pues, levemente graciosa en sus primeras doscientas páginas (soy generoso)... Pero más tarde, por desgracia, comienza a ser insufrible. No porque sea un drama, que no lo es, sino porque en un cierto momento del relato, cuando ya nos hemos repuesto de las pequeñas sorpresas que ofrece el libro al principio -la ya mencionada socarronería, el uso del perspectivismo como técnica narrativa-, se da uno cuenta con desolación de que toda esta historia de una familia americana le importa un bledo. De paso, se percata uno de que no tiene en las manos una obra maestra, por más que se trate de un tomazo ciertamente voluminoso. Pues, precisamente, uno de los rasgos de la GRAN LITERATURA consiste en saber involucrar de verdad al lector, en crear personajes que parezcan personas y por los que nosotros, afortunados, podamos sentir algo realmente: felicidad, tristeza, solidaridad, dolor incluso por las cosas que les suceden, porque el autor ha dado a estos personajes rasgos tan vívidos que no nos parecen entes de ficción. Así, quien esto escribe se enamoró perdidamente de Ana Ozores, sintió regocijo que se fue tornando en lástima después por las continuas desgracias de don Quijote; asimismo, habría querido tirarse al tren -esta vez, claro, metafóricamente- con Ana Karenina, o escalar junto a Aquiles las murallas de Troya. Esto solo por citar algunos casos.
Por contra, los problemas de Patty con su marido, al que no cree amar, o con su amante Richard, al que no quiere amar; las contradicciones de Walter, en el fondo solo un zangolotino que no sabe quién es, las idioteces sucesivas del bueno de Joey, y otras muchas cosas que hay en el libro, debo admitirlo con franqueza, a partir del primer tercio de este largo novelón comienzan a importarme lo mismo que un comino. No consigo, lo siento, interesarme lo más mínimo por sus problemas, lo cual es malísimo si tenemos en cuenta que este es, precisamente, el asunto principal de esta novela.
En cuanto al final, por Dios, prefiero no expresar mi verdadera opinión...



