sábado, 20 de abril de 2013

Libertad, de Jonathan Franzen

Continúo en estos días con la amena lectura de este libro. Nótese que uso este adjetivo, y no otros tales como: magnífica, soberbia, deslumbrante..., que han proliferado últimamente en suplementos, bitácoras, notas de prensa y hojas volanderas de diversa índole e intención, las más de las veces buena pero errada. Se insiste en la genialidad artística del autor, en la inestimable calidad de su prosa y también (lo que me provoca un intenso pasmo) en la complejidad de la novela, tanto en la forma -¿densidad del estilo?- como en el fondo: las relaciones humanas deben de ser, en efecto, ciertamente complicadas, y en ello parece insistir el libro. 

Digo parece pues, en realidad, no se trata de una obra difícil ni ardua. Utiliza un  inglés coloquial, en cierto sentido, que, si bien es difícil de traducir en ocasiones, no es de una lectura especialmente compleja. En cuanto a la historia que refleja, no puede ser más simple: una familia americana media, con ciertas tendencias hacia un progresismo un poco ingenuo, va evolucionando hacia la degradación familiar, sentimental, amorosa, de su principales miembros y de sus hijos, en una sucesión de infortunios, más mentales que reales, que les llevan, en un principio, a un nihilismo algo postizo, después al alcoholismo o la drogadicción, más tarde a la infidelidad sexual, y así sucesivamente. 

 "Dramón infumable, pues", pensarán algunos. No, porque Franzen tiene la habilidad de contarlo todo con un tono socarrón, levemente irónico y nunca sarcástico (en el fondo, sospecho que le gustan sus pesonajes), que dota al conjunto de un cierto humor. La novela es, pues, levemente graciosa en sus primeras doscientas páginas (soy generoso)... Pero más tarde, por desgracia, comienza a ser insufrible. No porque sea un drama, que no lo es, sino porque en un cierto momento del relato, cuando ya nos hemos repuesto de las pequeñas sorpresas que ofrece el libro al principio -la ya mencionada socarronería, el uso del perspectivismo como técnica narrativa-, se da uno cuenta con desolación de que toda esta historia de una familia americana le importa un bledo. De paso, se percata uno de que no tiene en las manos una obra maestra, por más que se trate de un tomazo ciertamente voluminoso. Pues, precisamente, uno de los rasgos de la GRAN LITERATURA consiste en saber involucrar de verdad al lector, en crear personajes que parezcan personas y por los que nosotros, afortunados, podamos sentir algo realmente: felicidad, tristeza, solidaridad, dolor incluso por las cosas que les suceden, porque el autor ha dado a estos personajes rasgos tan vívidos que no nos parecen entes  de ficción. Así, quien esto escribe se enamoró perdidamente de Ana Ozores, sintió regocijo que se fue tornando en lástima después por las continuas desgracias de don Quijote; asimismo, habría querido tirarse al tren -esta vez, claro, metafóricamente- con Ana Karenina, o escalar junto a Aquiles las murallas de Troya. Esto solo por citar algunos casos.

Por contra, los problemas de Patty con su marido, al que no cree amar, o con su amante Richard, al que no quiere amar; las contradicciones de Walter, en el fondo solo un zangolotino que no sabe quién es, las idioteces sucesivas del bueno de Joey, y otras muchas cosas que hay en el libro, debo admitirlo con franqueza, a partir del primer tercio de este largo novelón comienzan a importarme lo mismo que un comino. No consigo, lo siento, interesarme lo más mínimo por sus problemas, lo cual es malísimo si tenemos en cuenta que este es, precisamente, el asunto principal de esta novela. 

En cuanto al final, por Dios, prefiero no expresar mi verdadera opinión...

lunes, 18 de marzo de 2013

FINLANDIA

¡Se oyen tantas cosas hoy en día! Se tergiversan, se dan tantos datos sesgados, interpretados incorrectamente, parcialmente, interesadamente..., que es muy difícil llegar a conclusiones medianamente lógicas, coherentes o atinadas. Casi imposible, diría yo, pues los creadores de opinión, los gurús de la Nueva Verdad que nos gobiernan lo impiden continuamente. Nos ofrecen a menudo verdades parciales, datos inconexos cuando no contradictorios; así que, sinceramente, establecer una verdad es poco menos que imposible. De esta manera, se instala en nuestras mentes el recelo, un cierto miedo al engaño y la mentira. Si uno lee un periódico, por ejemplo (y no digamos nada si escucha a un político) se pregunta de inmediato: "¿Me estará engañando?" Entiéndase bien: no es que mientan -tal vez-, sino que uno no pùede sustraerse a la idea de que no le estén dando todos los datos, de que oculten algo intencionadamente, de que alguna cosa se quede en el tintero.  

Así ocurre, verbi gratia, con una comparación que últimamente aparece mucho en la prensa semilibre que padecemos. Como parece que ahora les ha dado a todos los que no se dedican a la Enseñanza*** por hablar de ella; como parece que muchos han encontrado ya, sin haber pisado jamás un aula, las soluciones para nuestros problemas educativos, es forzoso que oigamos, de vez en cuando, sandeces sin cuento respecto a estos temas, mientras que a los profesores, claro es, nadie les pregunta ni tiene en cuenta sus puntos de vista. "¡Qué sabrá un profesor sobre enseñanza!", parecen decir los filósofos de hoy. Uno de estos errores (llamémoslo así) consiste en comparar nuestro sistema educativo con el de Finlandia, país que -como es bien sabido- está en los primeros puestos de los famososo informes PISA. 

El último símil ha rozado ya los límites del cinismo más atroz: a raíz de la publicación de un presunto examen realizado por maestros, mediante la que se pretendía (y se ha conseguido, en gran parte) menoscabar la honra profesional de los mismos, se ha podido leer la opinión siguiente: deberíamos imitar el sistema de selección de los profesores fineses, pues su éxito educativo incontestable se debe, según estos gurús de la enseñanza patria, a que allí se seleccionan siempre los mejores, por mor de un sistema realmente exigente. Se trata, pues, de escoger a una elite de maestros, con una calificación no menor de 10, y no a estos incompetentes que tenemos ahora, que no saben las provincias por donde pasa el Ebro. Es forzoso, asimismo -han pensado estos líderes con gran brillantez- que un maestro apruebe todos sus exámenes (¡como si esto jamás hubiera sucedido!) pues si no, señores, dónde iríamos a parar. Se ha dejado caer, de forma solapada y a veces sutil, la idea perniciosa de que, si tenemos problemas en nuestro sistema educativo, es por la escasa formación de los docentes.

Mas la comparación, el símil interesado que se hace con Finlandia, se acaba aquí. Nada se dice de otros factores que influyen asimismo en el hecho educativo en aquel país y en el nuestro, y que jamás se cambiarán porque no interesa. Por supuesto, no se mencionan las condiciones sociales, culturales y hasta políticas de un país como el nórdico que ha basado su adelanto en una educación igual para todos, preferiblemente pública. Mientras aquí gozamos de un sistema de conciertos para colegios privados (por cierto: ¿qué exámenes o pruebas se piden a los maestros de estos centros?), en Finlandia la enseñanza privada es meramente testimonial; casi nadie acude a ella porque la pública es gratuita y de calidad. Por otra parte, ¿cómo se considera a estos docentes en aquel país?  Mientras que en nuestra patria despotricamos a gusto sobre los profesores (y, también, claro, sobre sus sueldos "astronómicos", sus privilegios, sus vacaciones...), allí son  respetados como merece, en efecto, su alta cualificación. Mientras aquí les recortamos sus nóminas, por considerarlas injustamente altas, allí se las aumentan, por creerlas insuficientes. Mientras nuestras familias acuden a los centros con escasa frecuencia, cargados a veces con inquina y resentimiento hacia el maestro ("Mi niño dice que usted...", o cosas peores), en Finlandia, en cambio, las charlas con los docentes son asiduas y obligatorias. Mientras aquí establecemos un sistema de Inspección cuya tarea principal es poner piedras en el camino del maestro, desconfiar de su labor, pedirle continuamente papeles y más papeles, en aquel país nórdico no existen los inspectores... ¡porque no son necesarios! Finalmente, mientras en nuestras familias el contacto con la cultura, con los libros y el saber puede calificarse muchas veces de anecdótico -si exceptuamos tal vez la lectura del AS, el MARCA y otros rotativos similares, o tal vez las horas que pasamos frente a la tele o asistiendo a actos de índole folclórica-, los padres finlandeses acuden con sus hijos a esos sitios extraños (y arcanos para nosotros) llamados bibliotecas, escogen volúmenes, e incluso los leen en las tardes aciagas de la noche polar. 

Podría continuar enumerando diferencias. No lo haré, sin embargo, pues ya esta entrada está empezando a ser demasiado extensa. Tan solo rogaría a estos Siete Sabios (aunque sean más, ciertamente) que hacen comparaciones, que las hagan con rigor y seriedad, y que tengan en cuenta TODOS los factores. Tenemos, en efecto, el derecho inalianable de pedir a nuestros maestros la mejor formación. Sin embargo, habremos de pedírsela a todos por igual, no solo a algunos...; habremos de otorgarles el crédito que merecen, deberemos valorar justamente su trabajo, no con añagazas ni subterfugios verbales, sino con honestidad. 



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***Nótese que, con toda la mala intención del mundo, no uso el nombre hoy más utilizado, Educación. Hace años, los pedagogos atrevidos nos dijeron que nuestra labor era educar. Pues no, señores; la labor de educar es propia de los padres. A mí solo me enseñaron a enseñar.

miércoles, 6 de marzo de 2013

EMPRENDEDORES

  • EMPRENDEDOR/A:  adj. Que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas. 

Tal es la escueta y fácil definición que nos da el diccionario de la Real Academia. Ninguna otra, nótese bien; no existe una acepción, ni siquiera lejanamente relacionada con aquella que le dan los que aquí llamaré inventores de palabras. Ya los he mencionado en alguna que otra entrada de esta modesta bitácora: son aquellos que, impelidos por un cierto espíritu "reformista", desean cambiar no solo nuestro modo de actuar o hacer, sino también nuestro lenguaje, lo que vale tanto como decir nuestro modo de pensar. Ellos -políticos, en su mayor parte, y también periodistas acólitos- se han empeñado en convencernos de que la palabra emprendedor significa empresario, cuando no es así,  como lo muestra de modo patente la definición que he copiado.  

Mas no quedan aquí su impericia verbal y su atrevimiento, sino que estos se amplían y se agrandan ad nauseam: no se conforman, pues, con inventar acepciones inexistentes, sino que crean (en este caso por delirante derivación), este espantajo: emprendeduría [sic]. Dícese -me imagino- de la acción y / o efecto de emprender; o, acaso, creación de una empresa. Ante el recelo que me causa el adefesio, recurro como siempre a mi amado diccionario. Lo tecleo, pues, con fruición inusitada y, leo (más que con pasmo con cierta alegría maliciosa por la confirmación de mis sospechas) el siguiente mensaje en la pantalla electrónica: 

La palabra emprendiduría no está registrada en el Diccionario. Las que se muestran a continuación tienen formas con una escritura cercana. Y a continuación, en efecto, ofrece algunas semejantes al vocablo bastardo. 

Todo esto que narro no pasaría de ser una anécdota chusca, solo entendible por filólogos ociosos, si no fuese porque en el Portal (léase página electrónica) de la Consejería de Educación (sí, Educación) de Castilla la Mancha, he podido leer hoy el siguiente anuncio:
  • El Centro Regional de Formación del Profesorado celebrará en el IES "Francisco García Pavón" de Tomelloso el próximo 13 de marzo las Jornadas "EMPRENDEDURÍA EN EL AULA", donde a lo largo de toda la mañana (10:00-14:00 horas) se ofrecerá un espacio de conocimiento y debate entre el mundo de la empresa y el educativo con experiencias prácticas de aplicación en todas las etapas educativas. 
Un estremecimiento me recorre el espinazo, añadiéndose a los pequeños achaques que vengo sufriendo. Hombre, esto no se le hace a una persona mayor... Ya no está uno para sustos, pardiez. Por otro lado, juro por todos los dioses que las mayúsculas y comillas que acompañan a esa birria de palabra no son mías, sino que han sido publicadas en la forma que se cita. 

Dios los perdone. 

miércoles, 30 de enero de 2013

LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE (2)

Las vemos, las oímos a diario en la prensa, en la radio, en la televisión... Por doquier se observan las que ahora llamaré simplemente estupideces lingüísticas. Las dicen, normalmente, nuestros políticos, pero también los periodistas, banqueros, sindicalistas... Muchas de ellas se refieren, qué casualidad, a la calamitosa situación económica que vivimos. Por lo común, se trata de afirmaciones (a veces solo palabras aisladas) que se caracterizan sobre todo por la ignorancia de sus perpetradores. Me refiero principalmente a errores semánticos, usos desviados de su sentido recto -y correcto-, de aquello que realmente deberían significar. Así, se logra que las cosas ya no sean lo que fueron, ni lo que algunos ilusos, que aprendimos español en tiempos mejores, pensábamos que eran. De este modo tan sencillo,  la mentira se convierte en falta de verdad, lo cual tranquiliza y relaja a la vez. ¿Se trata, por tanto, de crear confusión, o solo es desconocimiento?  No sé cuál de estas opciones es peor, francamente. O estamos en manos de mentirosos, o tal vez de ignaros que no saben usar nuestra riquísima lengua. 

Veremos, pues, aquí algunas de estas perlas recopiladas a vuelapluma; el lector sabrá muy bien qué hacer con ellas: 


  • CRECIMIENTO NEGATIVO: Se trata de un oxímoron. La palabra crecimiento es, sin duda, positiva, lo cual siempre es bueno. Sin embargo, nos atenaza la duda: ¿Cómo es que algo positivo puede ser negativo a la vez? Puede que se trate de un uso metafórico, como pide la retórica. Ahora bien: ¿cuál de los dos términos es una metáfora? 
  • PROACTIVO: En los últimos tiempos (bastantes: ya lo señalaba el gran Lázaro Carreter hace muchos años) se está produciendo un hecho muy molesto en relación con nuestra lengua: en el ámbito público (periodístico, político) parece pensarse que ciertas palabras son acaso demasiado simples, sencillas, demasiado claras para significar algo que, según algunos, es complejo y difícil. Por ello, inventan vocablos que suenen más dificultosos, tal vez más enrevesados, para dar la impresión de que son más cultos. Se abusa, pues, del circunloquio y, cuando no queda más remedio que usar una sola palabra, se crea una nueva bien altisonante. Así ocurre con esta que ahora comento: como estar solo activo parece poco, se inventa una palabra -que, por cierto, puede el lector buscar en el diccionario: no la hallará- que suene más, esto es, que tenga más sílabas y, por ende, más enjundia.
  • PUNTUAL. Se utiliza este vocablo con un significado del que, en realidad, carece. Con el DRAE en la mano -o, como en este caso, a golpe de ratón-, las definiciones de esta palabra serían: (Del lat. punctum, punto). 1. adj. Pronto, diligente, exacto en hacer las cosas a su tiempo y sin dilatarlas. 2. adj. Indubitable, cierto.3. adj. Conforme, conveniente, adecuado. 4. adj. Que llega a un lugar o parte de él a la hora convenida. 5. adj. Perteneciente o relativo al punto. 6. adj. Fís. Que se considera como originado o situado en un punto. Y, sin embargo, hoy se usa en el sentido de concreto, incluso único o excepcional. Así, cuando queremos hablar de algo, por lo general un hecho, acontecimiento o error, cuando ocurre algo considerado negativo, se intenta explicar, a fin de atenuar su importancia, que se trata de un hecho puntual, que no ocurre a menudo. Tal vez la cosa venga por la acepción número 5: puntual se relaciona, ciertamente, con punto, y este puede ser interpretado casi de cualquier modo. Se le puede otorgar cualquier significado: punto en el tiempo, en el espacio..., donde fuere menester. De este modo, se produce un hecho muy frecuente en nuestros días: las palabras adquieren significados generales, incluso vagos, a fin de utilizarlas en contextos muy variados; se convierten en palabras "comodín". Con ello se pierde precisión, indudablemente, y también claridad. Al fin y al cabo es de lo que se trata, ¿verdad? 
De momento, aquí me quedo, que no quiero ser prolijo y enfadoso.


lunes, 28 de enero de 2013

Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle

Estoy terminando -por fin- la lectura de todas las novelas de Sherlock Holmes. Hace un año o así compré la edición completa de sus novelas y relatos cortos, desde Las aventuras de S. Holmes hasta El último saludo de S. Holmes, donde el bueno de Watson nos cuenta que el gran detective se ha retirado al campo y se dedica "a la filosofía y la agricultura". 

Son novelas de puro entretenimiento, es verdad; no busquemos en ellas especial trascendencia, ni las grandes palabras que tanto abundan en la literatura actual. Pero sí tienen algo bueno: dejando aparte los sesudos razonamientos, a veces increíbles, que llevan al detective a encontrar a los criminales, estas historias me gustan por ese aire a cosa antigua, por la narración de un mundo -la Inglaterra victoriana- que ya no ha de volver; por evocar unas formas y relaciones sociales que ya no existen, y por el relativo distanciamiento, a veces casi frialdad, con que están escritas. A pesar de ello, nos resultan cercanas, amigables, tal vez porque los personajes han  aparecido hasta la saciedad en películas y hasta en series de dibujos animados. Son casi como amigos conocidos desde siempre. 

La amistad de Watson con Holmes nos resulta conmovedora, y también las debilidades que caracterizan al héroe: sus periódicas caídas en la melancolía, su adicción a la cocaína, su misoginia que, sin embargo, no le impide admirar a la inefable Irene Adler (¡quién no se habría enamorado de ella!). 


sábado, 26 de enero de 2013

Viaje al fin de la noche (Lectura con desasosiego).

Cada vez leo menos literatura actual, de esa que sale en las listas de éxitos, y cada vez busco más libros que me revuelvan las tripas, que me hagan moverme incómodo en el asiento. Este que ahora está en mis manos lo consigue con creces. El Viaje al fin de la noche, de L. F. Céline, es una bomba de relojería, una patada en el estómago de los biempensantes, de los políticamente correctos, de los bondadosos que hoy dominan  el cotarro entero de lo que, erróneamente, se llama cultura. 

Por lo pronto, fue escrito por un antisemita, acusado y juzgado in absentia por colaborar con los nazis, declarado "desgracia nacional" en 1950. Esto, que a otros tal vez echaría para atrás, a mí me estimula. ¿Un perfecto canalla puede escribir una gran obra? Por supuesto, y también algunas malas: no hay más que ver la nómina absurda de autores letraheridos que pueblan en estos tiempos los plúteos de las librerías. En este caso, un médico oscuro y triste, al que la Primera Guerra Mundial dejó alguna herida y un pozo de amargura, escribió finalmente este golpe brutal a la complacencia, a la ruindad de la sociedad burguesa. Hoy, por razones obvias, esto me hace esbozar una sonrisa siniestra...

No, no es agradable leerlo, ni divertido, hasta ahí podíamos llegar... No lo estoy leyendo por placer, como dicen ahora que hay que acercarse al hecho literario. Lo dicen Ellos, claro, los que pretenden que leamos para disfrutar, para que nos durmamos en el torpe delirio del hedonismo. Casi sin darme cuenta, descubro ahora que no he leído nunca con ese objetivo. Leo, en realidad, para cerciorarme de que no estoy muerto, para saberme lúcido, pues la perspicacia es la única arma que tenemos hoy, donde se ha declarado guerra a la inteligencia. 

Recomiendo vivamente su lectura a aquellos que no quieran sentirse cómodos, a quienes no suelten lágrimas ni sean románticos. No, no hay ningún romanticismo en la vileza, y Céline nos pone en este libro delante del espejo de nuestra propia abominación. 

Manuscrito deteriorado

No lo parece, ¿verdad? Apenas se atina a vislumbrar la palabra escrita en este pobre papel. ¿Qué es esto? Se me antoja un ejemplo claro y meridiano de cómo están las cosas en la cultura española. Se trata, quién lo diría, del manuscrito original del poema Becqueriano "Volverán las oscuras golondrinas". Así está también la cultura española: casi invisible.

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...