sábado, 26 de enero de 2013

Viaje al fin de la noche (Lectura con desasosiego).

Cada vez leo menos literatura actual, de esa que sale en las listas de éxitos, y cada vez busco más libros que me revuelvan las tripas, que me hagan moverme incómodo en el asiento. Este que ahora está en mis manos lo consigue con creces. El Viaje al fin de la noche, de L. F. Céline, es una bomba de relojería, una patada en el estómago de los biempensantes, de los políticamente correctos, de los bondadosos que hoy dominan  el cotarro entero de lo que, erróneamente, se llama cultura. 

Por lo pronto, fue escrito por un antisemita, acusado y juzgado in absentia por colaborar con los nazis, declarado "desgracia nacional" en 1950. Esto, que a otros tal vez echaría para atrás, a mí me estimula. ¿Un perfecto canalla puede escribir una gran obra? Por supuesto, y también algunas malas: no hay más que ver la nómina absurda de autores letraheridos que pueblan en estos tiempos los plúteos de las librerías. En este caso, un médico oscuro y triste, al que la Primera Guerra Mundial dejó alguna herida y un pozo de amargura, escribió finalmente este golpe brutal a la complacencia, a la ruindad de la sociedad burguesa. Hoy, por razones obvias, esto me hace esbozar una sonrisa siniestra...

No, no es agradable leerlo, ni divertido, hasta ahí podíamos llegar... No lo estoy leyendo por placer, como dicen ahora que hay que acercarse al hecho literario. Lo dicen Ellos, claro, los que pretenden que leamos para disfrutar, para que nos durmamos en el torpe delirio del hedonismo. Casi sin darme cuenta, descubro ahora que no he leído nunca con ese objetivo. Leo, en realidad, para cerciorarme de que no estoy muerto, para saberme lúcido, pues la perspicacia es la única arma que tenemos hoy, donde se ha declarado guerra a la inteligencia. 

Recomiendo vivamente su lectura a aquellos que no quieran sentirse cómodos, a quienes no suelten lágrimas ni sean románticos. No, no hay ningún romanticismo en la vileza, y Céline nos pone en este libro delante del espejo de nuestra propia abominación. 

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