¡Se oyen tantas cosas hoy en día! Se tergiversan, se dan tantos datos sesgados, interpretados incorrectamente, parcialmente, interesadamente..., que es muy difícil llegar a conclusiones medianamente lógicas, coherentes o atinadas. Casi imposible, diría yo, pues los creadores de opinión, los gurús de la Nueva Verdad que nos gobiernan lo impiden continuamente. Nos ofrecen a menudo verdades parciales, datos inconexos cuando no contradictorios; así que, sinceramente, establecer una verdad es poco menos que imposible. De esta manera, se instala en nuestras mentes el recelo, un cierto miedo al engaño y la mentira. Si uno lee un periódico, por ejemplo (y no digamos nada si escucha a un político) se pregunta de inmediato: "¿Me estará engañando?" Entiéndase bien: no es que mientan -tal vez-, sino que uno no pùede sustraerse a la idea de que no le estén dando todos los datos, de que oculten algo intencionadamente, de que alguna cosa se quede en el tintero.
Así ocurre, verbi gratia, con una comparación que últimamente aparece mucho en la prensa semilibre que padecemos. Como parece que ahora les ha dado a todos los que no se dedican a la Enseñanza*** por hablar de ella; como parece que muchos han encontrado ya, sin haber pisado jamás un aula, las soluciones para nuestros problemas educativos, es forzoso que oigamos, de vez en cuando, sandeces sin cuento respecto a estos temas, mientras que a los profesores, claro es, nadie les pregunta ni tiene en cuenta sus puntos de vista. "¡Qué sabrá un profesor sobre enseñanza!", parecen decir los filósofos de hoy. Uno de estos errores (llamémoslo así) consiste en comparar nuestro sistema educativo con el de Finlandia, país que -como es bien sabido- está en los primeros puestos de los famososo informes PISA.
El último símil ha rozado ya los límites del cinismo más atroz: a raíz de la publicación de un presunto examen realizado por maestros, mediante la que se pretendía (y se ha conseguido, en gran parte) menoscabar la honra profesional de los mismos, se ha podido leer la opinión siguiente: deberíamos imitar el sistema de selección de los profesores fineses, pues su éxito educativo incontestable se debe, según estos gurús de la enseñanza patria, a que allí se seleccionan siempre los mejores, por mor de un sistema realmente exigente. Se trata, pues, de escoger a una elite de maestros, con una calificación no menor de 10, y no a estos incompetentes que tenemos ahora, que no saben las provincias por donde pasa el Ebro. Es forzoso, asimismo -han pensado estos líderes con gran brillantez- que un maestro apruebe todos sus exámenes (¡como si esto jamás hubiera sucedido!) pues si no, señores, dónde iríamos a parar. Se ha dejado caer, de forma solapada y a veces sutil, la idea perniciosa de que, si tenemos problemas en nuestro sistema educativo, es por la escasa formación de los docentes.
Mas la comparación, el símil interesado que se hace con Finlandia, se acaba aquí. Nada se dice de otros factores que influyen asimismo en el hecho educativo en aquel país y en el nuestro, y que jamás se cambiarán porque no interesa. Por supuesto, no se mencionan las condiciones sociales, culturales y hasta políticas de un país como el nórdico que ha basado su adelanto en una educación igual para todos, preferiblemente pública. Mientras aquí gozamos de un sistema de conciertos para colegios privados (por cierto: ¿qué exámenes o pruebas se piden a los maestros de estos centros?), en Finlandia la enseñanza privada es meramente testimonial; casi nadie acude a ella porque la pública es gratuita y de calidad. Por otra parte, ¿cómo se considera a estos docentes en aquel país? Mientras que en nuestra patria despotricamos a gusto sobre los profesores (y, también, claro, sobre sus sueldos "astronómicos", sus privilegios, sus vacaciones...), allí son respetados como merece, en efecto, su alta cualificación. Mientras aquí les recortamos sus nóminas, por considerarlas injustamente altas, allí se las aumentan, por creerlas insuficientes. Mientras nuestras familias acuden a los centros con escasa frecuencia, cargados a veces con inquina y resentimiento hacia el maestro ("Mi niño dice que usted...", o cosas peores), en Finlandia, en cambio, las charlas con los docentes son asiduas y obligatorias. Mientras aquí establecemos un sistema de Inspección cuya tarea principal es poner piedras en el camino del maestro, desconfiar de su labor, pedirle continuamente papeles y más papeles, en aquel país nórdico no existen los inspectores... ¡porque no son necesarios! Finalmente, mientras en nuestras familias el contacto con la cultura, con los libros y el saber puede calificarse muchas veces de anecdótico -si exceptuamos tal vez la lectura del AS, el MARCA y otros rotativos similares, o tal vez las horas que pasamos frente a la tele o asistiendo a actos de índole folclórica-, los padres finlandeses acuden con sus hijos a esos sitios extraños (y arcanos para nosotros) llamados bibliotecas, escogen volúmenes, e incluso los leen en las tardes aciagas de la noche polar.
Podría continuar enumerando diferencias. No lo haré, sin embargo, pues ya esta entrada está empezando a ser demasiado extensa. Tan solo rogaría a estos Siete Sabios (aunque sean más, ciertamente) que hacen comparaciones, que las hagan con rigor y seriedad, y que tengan en cuenta TODOS los factores. Tenemos, en efecto, el derecho inalianable de pedir a nuestros maestros la mejor formación. Sin embargo, habremos de pedírsela a todos por igual, no solo a algunos...; habremos de otorgarles el crédito que merecen, deberemos valorar justamente su trabajo, no con añagazas ni subterfugios verbales, sino con honestidad.
_______
***Nótese que, con toda la mala intención del mundo, no uso el nombre hoy más utilizado, Educación. Hace años, los pedagogos atrevidos nos dijeron que nuestra labor era educar. Pues no, señores; la labor de educar es propia de los padres. A mí solo me enseñaron a enseñar.
Así ocurre, verbi gratia, con una comparación que últimamente aparece mucho en la prensa semilibre que padecemos. Como parece que ahora les ha dado a todos los que no se dedican a la Enseñanza*** por hablar de ella; como parece que muchos han encontrado ya, sin haber pisado jamás un aula, las soluciones para nuestros problemas educativos, es forzoso que oigamos, de vez en cuando, sandeces sin cuento respecto a estos temas, mientras que a los profesores, claro es, nadie les pregunta ni tiene en cuenta sus puntos de vista. "¡Qué sabrá un profesor sobre enseñanza!", parecen decir los filósofos de hoy. Uno de estos errores (llamémoslo así) consiste en comparar nuestro sistema educativo con el de Finlandia, país que -como es bien sabido- está en los primeros puestos de los famososo informes PISA.
El último símil ha rozado ya los límites del cinismo más atroz: a raíz de la publicación de un presunto examen realizado por maestros, mediante la que se pretendía (y se ha conseguido, en gran parte) menoscabar la honra profesional de los mismos, se ha podido leer la opinión siguiente: deberíamos imitar el sistema de selección de los profesores fineses, pues su éxito educativo incontestable se debe, según estos gurús de la enseñanza patria, a que allí se seleccionan siempre los mejores, por mor de un sistema realmente exigente. Se trata, pues, de escoger a una elite de maestros, con una calificación no menor de 10, y no a estos incompetentes que tenemos ahora, que no saben las provincias por donde pasa el Ebro. Es forzoso, asimismo -han pensado estos líderes con gran brillantez- que un maestro apruebe todos sus exámenes (¡como si esto jamás hubiera sucedido!) pues si no, señores, dónde iríamos a parar. Se ha dejado caer, de forma solapada y a veces sutil, la idea perniciosa de que, si tenemos problemas en nuestro sistema educativo, es por la escasa formación de los docentes.
Mas la comparación, el símil interesado que se hace con Finlandia, se acaba aquí. Nada se dice de otros factores que influyen asimismo en el hecho educativo en aquel país y en el nuestro, y que jamás se cambiarán porque no interesa. Por supuesto, no se mencionan las condiciones sociales, culturales y hasta políticas de un país como el nórdico que ha basado su adelanto en una educación igual para todos, preferiblemente pública. Mientras aquí gozamos de un sistema de conciertos para colegios privados (por cierto: ¿qué exámenes o pruebas se piden a los maestros de estos centros?), en Finlandia la enseñanza privada es meramente testimonial; casi nadie acude a ella porque la pública es gratuita y de calidad. Por otra parte, ¿cómo se considera a estos docentes en aquel país? Mientras que en nuestra patria despotricamos a gusto sobre los profesores (y, también, claro, sobre sus sueldos "astronómicos", sus privilegios, sus vacaciones...), allí son respetados como merece, en efecto, su alta cualificación. Mientras aquí les recortamos sus nóminas, por considerarlas injustamente altas, allí se las aumentan, por creerlas insuficientes. Mientras nuestras familias acuden a los centros con escasa frecuencia, cargados a veces con inquina y resentimiento hacia el maestro ("Mi niño dice que usted...", o cosas peores), en Finlandia, en cambio, las charlas con los docentes son asiduas y obligatorias. Mientras aquí establecemos un sistema de Inspección cuya tarea principal es poner piedras en el camino del maestro, desconfiar de su labor, pedirle continuamente papeles y más papeles, en aquel país nórdico no existen los inspectores... ¡porque no son necesarios! Finalmente, mientras en nuestras familias el contacto con la cultura, con los libros y el saber puede calificarse muchas veces de anecdótico -si exceptuamos tal vez la lectura del AS, el MARCA y otros rotativos similares, o tal vez las horas que pasamos frente a la tele o asistiendo a actos de índole folclórica-, los padres finlandeses acuden con sus hijos a esos sitios extraños (y arcanos para nosotros) llamados bibliotecas, escogen volúmenes, e incluso los leen en las tardes aciagas de la noche polar.
Podría continuar enumerando diferencias. No lo haré, sin embargo, pues ya esta entrada está empezando a ser demasiado extensa. Tan solo rogaría a estos Siete Sabios (aunque sean más, ciertamente) que hacen comparaciones, que las hagan con rigor y seriedad, y que tengan en cuenta TODOS los factores. Tenemos, en efecto, el derecho inalianable de pedir a nuestros maestros la mejor formación. Sin embargo, habremos de pedírsela a todos por igual, no solo a algunos...; habremos de otorgarles el crédito que merecen, deberemos valorar justamente su trabajo, no con añagazas ni subterfugios verbales, sino con honestidad.
_______
***Nótese que, con toda la mala intención del mundo, no uso el nombre hoy más utilizado, Educación. Hace años, los pedagogos atrevidos nos dijeron que nuestra labor era educar. Pues no, señores; la labor de educar es propia de los padres. A mí solo me enseñaron a enseñar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario