lunes, 28 de enero de 2013

Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle

Estoy terminando -por fin- la lectura de todas las novelas de Sherlock Holmes. Hace un año o así compré la edición completa de sus novelas y relatos cortos, desde Las aventuras de S. Holmes hasta El último saludo de S. Holmes, donde el bueno de Watson nos cuenta que el gran detective se ha retirado al campo y se dedica "a la filosofía y la agricultura". 

Son novelas de puro entretenimiento, es verdad; no busquemos en ellas especial trascendencia, ni las grandes palabras que tanto abundan en la literatura actual. Pero sí tienen algo bueno: dejando aparte los sesudos razonamientos, a veces increíbles, que llevan al detective a encontrar a los criminales, estas historias me gustan por ese aire a cosa antigua, por la narración de un mundo -la Inglaterra victoriana- que ya no ha de volver; por evocar unas formas y relaciones sociales que ya no existen, y por el relativo distanciamiento, a veces casi frialdad, con que están escritas. A pesar de ello, nos resultan cercanas, amigables, tal vez porque los personajes han  aparecido hasta la saciedad en películas y hasta en series de dibujos animados. Son casi como amigos conocidos desde siempre. 

La amistad de Watson con Holmes nos resulta conmovedora, y también las debilidades que caracterizan al héroe: sus periódicas caídas en la melancolía, su adicción a la cocaína, su misoginia que, sin embargo, no le impide admirar a la inefable Irene Adler (¡quién no se habría enamorado de ella!). 


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