viernes, 2 de enero de 2015

LA LIBERTAD DISMINUIDA

Es un hecho, me parece, que el control del Estado o de “las autoridades” sobre los comportamientos de los ciudadanos ha ido aumentando progresivamente, de forma muy lenta pero inexorable desde, pongamos, el último tercio del pasado siglo. Es curioso, sin embargo, que esos mismos estados y sus representantes nos han ido convenciendo (y estoy persuadido de que muchos lo creen) de lo contrario: se oye a menudo que nunca en la historia hemos gozado de mayores libertades; que somos cada vez más poderosos pues podemos decidir; que gozamos de derechos que nuestros antepasados solo pudieron soñar;  que vivimos una situación poco menos que envidiable.
He aquí, por desgracia, la gran contradicción: pues esa libertad por la cual –nos dicen- debemos sentirnos realmente satisfechos, no es más que un remedo urdido, precisamente, por quienes están más interesados en que guardemos silencio. Pues este es uno de los rasgos importantes de nuestra época: vivimos en la Era del Silencio. Se trata de que vivamos en una especie de burbuja llena de mentiras que, sin embargo, conservan la apariencia de verdad y, por lo tanto,  convencen a muchos. ¿Para qué? ¿Cuál es el objetivo? Como iremos viendo en las páginas siguientes, lentamente se están poniendo las bases para un nuevo orden, una nueva forma de organizar la sociedad de tal modo que unos pocos determinen el destino de la mayoría que, indefensa, se está viendo abocada a una situación de menor libertad, con menos derechos y posibilidades, sin embargo, como decimos, se trata de convencer a esa mayoría (y hacerlo, por supuesto, “democráticamente”) de que en realidad sus posibilidades y el ejercicio de la libertad son cada vez mayores; de que la democracia, tal como la practicamos en Occidente, no es solo es sistema menos malo, sino el único posible. No obstante, también se nos insiste en unas cuantas ideas que se han convertido en lugares comunes que hemos aceptado sin rechistar. El propósito de estas líneas es preguntarnos realmente si tales ideas son verdaderas.
La primera de ellas es la siguiente: “La democracia es así”, se nos dice; con  ello se acepta que tiene algunas fallas e imperfecciones, esto es, que la libertad ha de limitarse, porque no es posible concederla del todo. Por tanto, los seres humanos no pueden ser absolutamente libres, pues de lo contrario se acabaría con la propia sociedad. El fundamento de la misma se halla en la frase: “Tu libertad termina donde empieza la de los demás”, que hemos oído en tantas ocasiones que se ha convertido en una especie de mantra y, por fin, hemos terminado por creérnosla. ¿Qué significa en realidad? En el fondo, no es más que una frase, por supuesto, ya que si la tomásemos en su sentido estricto la conclusión no puede ser más desoladora: nadie es libre. Pero, como hemos de admitir que sí existen ciertos grados de libertad, hemos de admitir, sin embargo, que esta es  limitada, incompleta, lo que se manifiesta en varias esferas o ámbitos de nuestras vidas. Cuando los analicemos podremos, acaso, responder a una pregunta que se me antoja inquietante: ¿Debe ser así, en definitiva? ¿Es preciso, como nos dicen, que nuestra libertad se vea reducida? Veremos, pues, algunos de esos ámbitos en próximas entradas y más tarde intentaremos responder. 

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