sábado, 29 de marzo de 2014

LAS MANIFESTACIONES

Es muy preocupante la tendencia, que se está incrementando en los últimos tiempos en nuestra España, a llevar todo al extremo, a utilizar como argumentos, no las virtudes propias, sino los errores (aunque sean imaginarios) del oponente; y sobre todo a descalificarlo sin ningún razonamiento. Ejemplos de esto han sido las reacciones que ha provocado el espinoso asunto de las manifestaciones que han tenido lugar, sobre todo en Madrid, contra la política del Gobierno. Protestas que, por cierto, han acabado en disturbios y algaradas muy lamentables, cuando no en delitos graves: agresiones a policías, destrozos en las calles y agresiones intolerables. Estos hechos, con ser muy preocupantes, no son sin embargo lo más oscuro de todo este asunto... 

Quienes legítimamente se oponen a  las ideas de los manifestantes, utilizan argumentos de este estilo, y no oponen razones de índole política a las mismas, sino que, asombrosamente, acaban cuestionando el propio derecho a la manifestación. Sus alegaciones son, sobre poco más o menos, las siguientes: 
  • Generalización: En la manifestación del 22 de mayo (llamada por sus convocantes "Marcha por la dignidad") se produjeron disturbios que son intolerables y delictivos, claro está. A pesar de que el número de manifestantes pacíficos fue mucho mayor que el de los violentos, los mencionados disturbios muestran a las claras los discutibles métodos de toda la izquierda llamada por ello  "extrema" o "radical". 
  • Prejuicio: Las ideas de todos los, absolutamente todos los manifestantes eran las mismas, y coinciden peligrosamente con las de los alborotadores que lanzaban adoquines. 
  • Conclusión: Todos eran de izquierdas, pues esos delincuentes también lo eran, lo cual convierte en ilegítimo de facto el mensaje que pudieran querer transmitir a la sociedad. Dicho mensaje queda anulado inmediatamente y con él las opiniones de todos los que asistieron a la manifestación. 
  • Omisión: No se plantea en ningún momento distinguir matices, diversidad de opiniones, de opciones políticas. Ni siquiera llega a plantearse que algunos de los que se manifestaron no defiendan, en realidad, ninguna opción partidista concreta. 
  • Inferencia: Si el mensaje de esos manifestantes es ilegítimo, el del Gobierno es, por tanto, legítimo. Si la izquierda se equivoca, la derecha tiene razón por el simple hecho de ser contraria a la primera. 
Pero lo más peligroso, insisto, es la idea que ha surgido como conclusión a todas estas opiniones: ¿Es preciso, pues -se preguntan algunos- regular el derecho de manifestación? Por supuesto, el mayor inconveniente se halla en este verbo (regular), al que habremos de dedicar una entrada completa. 

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