martes, 4 de marzo de 2014

Un ensayo lúcido: Todo lo que era sólido

En estos días, leo con fruición el ensayo de Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido (Seix-Barral). Es, como en otras ocasiones, el fruto feliz de mi última visita a la Villa y Corte, la ciudad de mis mejores y más placenteros recuerdos juveniles. 

Pero vamos a lo que ahora ocupa mis ocios. La lectura de esta obra está siendo fructífera, a ratos gozosa, casi siempre asombrada. Es muy gratificante encontrar, entre el marasmo de mentiras, cobardes reticencias e hipocresías varias que invaden casi toda nuestra vida pública, un poco de claridad, una cierta lucidez en esta "noche intelectual" en que algunos pretenden con toda la intención sumergirnos a todos. También me complace, por qué no decirlo, estar tan de acuerdo con algunos de los asertos que aparecen en este libro. En cierto modo, me he visto reflejado en algunas de sus páginas. Al menos -pensaba al tiempo que leía- no soy el único que piensa de este modo, no soy un raro ni un pesimista irredento, como a veces me he sentido irremediablemente. No estoy solo.

Las ideas de este libro -nacidas, como el propio autor admite, de la distancia no solo física que le otorga el vivir en Nueva York- no pueden ser más claras: "todo lo que era sólido" aquello que creíamos nuestro mayor tesoro, los cimientos más firmes de nuestro país, se están desmoronando debajo de nosotros y, por ende, nos hacen sentirnos temblorosos e inseguros. Lo que creíamos verdades indubitables, principios forjados desde el advenimiento de la democracia y en los años posteriores, han entrado en una crisis que no es sólo económica. Esta vez, creo, hay que darle a la palabra su sentido originario: cambio, transformación. Porque, en efecto, este es el gran tema de este ensayo: nada de aquello que creímos firme como una roca lo era realmente. Durante unos cuantos años hemos vivido en la alucinación, en un Retablo de las maravillas permanente, en el cual no permitíamos que absolutamente nadie nos sacara del error. Si alguna voz se alzaba contra el desbarajuste, contra las mentiras, contra las muchas variantes de complacencia que se daban entonces, su dueño era tildado inmediatamente de agorero, de traidor o de aguafiestas. Unos (los políticos) vivían empecinados en el engaño permanente, hasta el punto de que opino que llegaron a creerse sus propios embustes; otros (los ciudadanos) nos instalamos con comodidad en una vida muelle y relajada, donde todo era fácil y todo era lícito, lo que excluye la crítica y el discernimiento. Ciertamente, es más fácil la ceguera y nos otorga más momentos de felicidad. El análisis, en cambio, resulta más complejo y sobre todo más incómodo. Aunque en distintos grados (de la complicidad al silencio va un  abismo), todos somos responsables en cierto sentido por no haber protestado, por no haberles exigido más aún a quienes tienen el poder de cambiar las cosas. Debemos por tanto hacer un esfuerzo de conciencia cívica y ser más rigurosos, más exigentes cada día, más ciudadanos. Pues en esos años, por desgracia, nos limitábamos muchos (también, claro, quien esto escribe) a mirar ese espectáculo alucinatorio con ojos benevolentes, sin torcer mucho el gesto cuando veíamos cosas que no parecían ni prudentes ni, en ocasiones, legales. Como máximo, ejercíamos cada cuatro años nuestro derecho al voto, lo que nos proporcionaba una gran tranquilidad, y a veces protestábamos, es cierto, pero en tertulias de amigos que se mostraban siempre benévolos con nosotros. Como tantos españoles, nos complacía despotricar a gusto contra el gobierno, contra esta o aquella declaración de un político, contra este o aquel latrocinio evidente. Mas no nos atrevíamos a pasar de ahí, por miedo quizá a perder un estatus o una situación que, debemos admitirlo, era privilegiada.  

Lo que el libro propone en sus últimas páginas no puede ser, en mi opinión, más razonable. De una parte, insiste el autor en que resulta urgente y necesario que nos despertemos; que entendamos de una vez: todo lo que era sólido y eterno en aquellos años ha dejado de serlo. Nuestra vida, las bases tan presuntamente sólidas sobre las cuales se construía, no están garantizadas porque son cambiantes; más aún: son tan débiles y frágiles que necesitan cuidados muy tenaces y continuos. Habíamos llegado a creer que los derechos que nos daba la democracia eran inalienables o que no podían perderse. Llegamos a imaginarnos que todos los derechos de llamado "estado del bienestar" existían desde siempre como un rasgo esencial de nuestro carácter o de nuestra idiosincrasia como pueblo. Ahora, sin embargo, hemos de comenzar casi desde cero, debemos aprender que la mera existencia de tales derechos no garantiza nada, que si los deseamos hemos de pedirlos, hemos de alzar la voz porque hay otras voces que quieren negárnoslos. La verdadera democracia se conquista, no se posee desde siempre. Día a día, se lucha por ella desde la inseguridad. De otra parte, es preciso corregir cuanto antes el otro gran error que todos cometimos en los "años del delirio". Nuestros gobernantes, nuestros políticos de todo signo, y también nosotros mismos, vivíamos instalados en nuestras certidumbres de todas clases: políticas, religiosas, sociales, económicas... Gozábamos de ellas como si no hubiera un mañana; instalado cada uno en sus propias creencias no creímos necesario -y aún no terminamos de creerlo del todo, no nos engañemos- negociar con el otro, debatir sin exabruptos puntos de vista diferentes y hasta opuestos. Sin embargo, si queremos realmente avanzar con seguridad, conquistar de nuevo esa democracia que ahora se nos revela tan frágil y tan débil, debemos hacerlo. Si queremos conservarla, deberíamos ser capaces de dialogar realmente, dejando por el camino alguna de nuestras ideas. Habremos de ceder, aunque nos cueste, aun cuando realmente nos resulte doloroso. Pues no estamos acostumbrados. 

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