viernes, 27 de noviembre de 2015

Evaluar a los profesores

Por fin, tras muchos dimes y diretes, nuestros padres de la patria (con la inestimable colaboración de la sociedad y, de paso, de un filósofo y pedagogo que, al parecer, va a crear él solo un sistema educativo de alto rendimiento) han encontrado la causa principal de nuestra mala situación educativa. Tras años de debates, de propuestas, de cambios que no eran tales en realidad, han hallado finalmente el talón de Aquiles de nuestra educación: nosotros, los profesores, debemos ser evaluados. Porque ahora han descubierto que en muchos países de la OCDE se evalúa, en efecto, a los docentes mientras que aquí, como es sabido, somos funcionarios: empleados públicos que no trabajamos porque tenemos el puesto asegurado. Uno se pregunta cómo es posible que hoy haya médicos, arquitectos o incluso políticos, todos los cuales están mal preparados porque sus maestros, ya se sabe, no trabajaron. Pero da lo mismo: esta es la impresión de nuestra sociedad, y no ha de ser puesta jamás en duda. 

Todo el mundo opina sobre este asunto: sobre la formación de los maestros, sobre su vocación (el problema, según algunos, es que no la tenemos), sobre lo que hemos de hacer en el aula, puesto que todos en este país nuestro entienden de pedagogía y conocen a la perfección que el secreto de la enseñanza está en motivar a nuestros discentes, si bien nunca explicarán cómo hemos de hacerlo ya que esa tarea nos corresponde a nosotros. Tienen toda la razón: los profesores en España no son evaluados, lo que sin duda provoca que muchos no ejerzamos nuestra tarea como ellos nos aconsejan; que haya, pues, malos profesores, lo que nos ha llevado (y ha sido además la única causa) a la pobre situación en que nos hallamos. Se ha encontrado al fin la causa, la piedra filosofal. 

Pero hay otra ventaja mucho mayor en todo este análisis, sobre la cual, por supuesto, no se ha reflexionado: se utiliza una verdad (sí, me reafirmo: los docentes deben ser evaluados) para no hablar de otras, para ocultarlas a todo el mundo, que es finalmente lo que interesa. En última instancia, hablar de los profesores nos impide tratar otros asuntos importantes, como por ejemplo unas disposiciones legislativas disparatadas (se van eliminando asignaturas, se incorporan otras, se imponen sin crítica alguna criterios pedagógicos no contrastados o incluso refutados ya por otros expertos); unos cambios constantes en los términos -esto es, en las palabras que se usan- pero no en los hechos ni en la realidad; un trabajo fuertemente burocratizado (se nos piden, sobre todo, papeles y más papeles) sin que ello produzca cambios reales...; finalmente, unos presupuestos cada vez más mermados que nos impiden atender muchas necesidades de nuestros estudiantes... De este modo se logra el gran objetivo: asuntos como este y algunos más no se van a debatir, por supuesto, porque no les interesa precisamente a aquellos que podrían y deberían solucionarlos, quienes, además, están contando ahora con una inestimable colaboración: la del señor Marina, sí, pero también la de las familias quienes, cargando la culpa en los profesores, se exculpan a sí mismos de cualquier tipo de responsabilidades. De este modo, se admite sin dudarlo que cualquier aprendizaje no depende en absoluto del ambiente cultural de las familias (tal vez un padre que solo lea el "Marca" provoque, sin embargo, en su hijo la pasión por la lectura), ni del trabajo diario (los deberes deberían ser prohibidos), ni del esfuerzo (agria palabra, desterrada hace mucho de nuestras aulas, pues toda enseñanza debe ser siempre lúdica), ni de su voluntad (pues ya el conductismo nos hizo aprender que cualquier comportamiento puede ser modificado). Como todo el mundo sabe o debe saber, aprender es algo que se lleva a cabo de forma automática, por la simple intervención de un docente evaluado; que se hace de forma casi inconsciente y siempre divertida. 


No poner en la picota ni someter a discusión ninguna de estas verdades establecidas es muy conveniente, incluso muy cómodo, para muchos que hablan hoy. 

domingo, 8 de noviembre de 2015

COMPETENCIAS (1)

Por desgracia, muchas veces los términos educativos, los vocablos que pretenden definir algunas cosas relativas a la enseñanza, están mal utilizados: unas veces son palabras que, en realidad, no significan lo que se les atribuye, otras veces, porque se usan con significados ambiguos o poco claros; y por fin hay otras que, sencillamente, no existen en nuestra lengua. 

En el primero de los casos está un término muy usado en los últimos tiempos. Desde hace ya algunos años (pues no es tan nuevo como se quiere dar a entender) apareció en nuestras vidas docentes y educativas una etiqueta más que -según nos dijeron- cambiaría de raíz nuestra propia percepción del "hecho educativo". A partir de la LOE comenzaríamos a evaluar por competencias (de paso, tampoco se entiende esa preposición: por, en este caso, ¿es causal? Naturalmente, no hay respuestas). Estas finalmente se habrían de convertir en el referente de nuestro trabajo, y no la mera transmisión de contenidos. Nuevamente, se había descubierto la cuadratura del círculo en asuntos educativos. Pues, en efecto, si uno se molesta en acudir al diccionario, la palabra se define en su segunda acepción del siguiente modo: 

f. Periciaaptitud o idoneidad para hacer algo o intervenir en un  asunto determinado.

Como puede verse, esta definición nos chirría un poco, ¿no? Porque pericia es, efectivamente, "sabiduría, experiencia o habilidad",que suelen adquirirse con el tiempo, No parece que se pueda obtener en la escuela así como así... No obstante, la cosa es aún mas llamativa si se atiende al final de la definición, la que he subrayado. Así pues, ¿debemos entender que las competencias tan solo se refieren a las capacidades para realizar, para hacer alguna cosa? Si así fuera, se da a la educación un sentido eminentemente práctico: tan solo es necesario aquel conocimiento que sirve a un fin concreto, que es la acción. ¿Es así? Pues entonces, eliminemos de un plumazo cualquier cosa que no sirva de forma inmediata, esto es, la mayor parte de los conocimientos que se imparten en todas las escuelas, pues en la gran mayoría no se ve claramente una finalidad inmediata, tangible o cercana. 

Sospecho, sin embargo, que aquí se ha producido una especie de contaminación, muy frecuente en nuestro tiempo: si acudimos al inglés, la palabra competence aparece definida de la siguiente manera:

competence  (kompi təns), n. 
  1. the quality of being competent; adequacy; possession of required skill, knowledge, qualification, or capacity:
Como puede observarse, no se da en ella esa finalidad que sí aparecía en la definición española. Se trata, por tanto, de un significado más amplio en cierto modo. Quiero pensar, pues, que nuestras autoridades quisieron dotar a este bello vocablo que ahora comentamos de este sentido; que querían decir que dichas competencias eran un knowledge (conocimiento), es decir, que a partir de él debíamos calificar a nuestros alumnos. Es penoso, sin embargo, que exista esta ambigüedad, esta indefinición en un asunto tan importante. 

Continuará... 

sábado, 7 de noviembre de 2015

"De alto rendimiento"

En estos días, han suscitado muchos comentarios las declaraciones realizadas por el filósofo, pedagogo y autor de libros numerosos don José Antonio Marina. La cosa iba, como ya sabrán muchos lectores, sobre el asunto de la educación, que parece un mantra en estos momentos previos a las elecciones. El mencionado autor ha sido elegido, en efecto, por el Ministerio del ramo para elaborar un "Libro Blanco" (¿por qué de ese color, y no de cualquier otro? No sé...) sobre las necesarias reformas (¡otra vez!) en este campo tan sensible. Y ha declarado, sin empacho alguno, que 

"los profesores buenos no deben cobrar lo mismo que los malos"

No voy a comentar este aserto tan magnífico, lo prometo, porque si así lo hiciera esta entrada, y de paso esta bitácora, adquirirían dimensiones gigantescas, tantos son los comentarios que me provoca esa afirmación... No; callaré mi lengua y me moderaré, yendo de paso contra mis costumbres, muchas veces tan proclives a la verbosidad. Aún más: si hablara de este asunto tendría, acaso, que emplear vocablos malsonantes, y no es plan, señores, no se trata de eso. 

Comentaré, sin embargo, otro hallazgo lingüístico del susodicho pensador, frase deslumbrante que, como no podía ser de otra manera, me ha dejado contrito, ojiplático y, por que no decirlo, muy enfadado. Amén de otras perlas de parecido jaez (qué decir, compañeros, de la velada invitación que se nos hace para que nos convirtamos en chivatos, sí, en delatores...), afirma don José Antonio que el susodicho libro -ese que nos dice estar elaborando con denuedo y dedicación- tratará de crear un sistema educativo... 

de alto  rendimiento

¡Sintagma feliz, agrupamiento magnífico de palabras, hallazgo entre los hallazgos...!, que me produce, a bote pronto, una suerte de asombro del que no puedo escapar. Pues, en efecto, la palabra rendimiento me evoca sin querer las gestas deportivas: ¿pretende este señor crear educandos o educadores que rindan mucho, es decir, que sean útiles, pues ese es en efecto el significado de la palabra que pongo en negrita (pues es el que más me preocupa)? Todo esto viene porque deseo pensar bien, amigos míos; quiero imaginarme que el sr. Marina se refiere, en verdad, a la primera de estas acepciones que vienen en el DLE*: 







rendimiento
1. m. Producto o utilidad que rinde o da alguien o algo.
2. m. Proporción entre el producto o el resultado obtenido y los medios utilizados.
3. m. cansancio (‖ falta de fuerzas).
4. m. Sumisiónsubordinaciónhumildad.
5. m. Obsequiosa expresión de la sujeción a la voluntad de otro en orden a servirle o complacerle.

Aunque, si así fuera, se pregunta uno -que es ingenuo y poco formado- qué debemos entender por producto en educación..., por utilidad. Pero hay más áun. Pues, ¿qué me dicen ustedes de la acepción número 3? Espero sinceramente que no quiera don José Antonio crear un sistema cansado, falto de fuerzas; tampoco, por supuesto, creo que esté pensando en una educación sumisa u obsequiosa... 

He aquí las "traiciones" a las que nos somete a veces nuestra lengua... o tal vez nuestra mente. Cuando se emplea el lenguaje de forma ligera o poco avisada pasan estas cosas. 

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DLE, esto es, Diccionario de la lengua española, donde se hallará el vocablo: http://dle.rae.es/?w=rendimiento&m=form&o=h




jueves, 16 de julio de 2015

El lenguaje trivial (2)

Continúo aquí con algunas expresiones muy vigentes hoy en día y que, sin embargo, adolecen de ese mal que he dado en llamar trivialidad. Insisto: no son incorrectas, sino sencillamente, pequeñas o grandes tonterías. Veamos algunas: 

Foto de familia:
Esta bobada aparece por doquier en nuestros días: cada vez que hay un acto, ya sea social, económico, político, de un partido, de un club, de una asociación del tipo que sea, suelen hacerse sus miembros o asistentes una fotografía donde aparecen todos. Y a esta instantánea se la suele nombrar con el marbete que indico: Foto de familia del grupo Tal, se dice en el pie sin ningún rigor semántico. Sin ninguna exactitud ni propiedad, pues ser lo cierto es que los fotografiados no suelen, por lo común, tener parentesco familiar alguno. Tal vez quiera expresarse que forman una familia en sentido metafórico o figurado, es decir, que están tan unidos como si lo fueran, merced a una especie de comunión espiritual.
Sin embargo, al ver las tales fotos, muchas veces esta idea se me antoja un sarcasmo... 

En un corto (o largo) espacio de tiempo:

Esta sí que es una bobada triunfante... Suele oírse a destajo en nuestros medios, como se dice ahora, con una alegría y una prolijidad que realmente asustan. ¿Hace falta explicar por qué se trata de una construcción innecesaria? El espacio y el tiempo son dos "dimensiones" bien diferentes, por lo que yo recuerdo de mis clases de ciencias. O medidas distintas, si se quiere, según el sistema métrico decimal. Que yo sepa, el espacio puede medirse en metros, hectómetros, etc. si estamos hablando de una longitud, o en metros cúbicos si es volumen. Si hablamos tal vez de distancias estratosféricas, suele usarse el año-luz, para medir distancias enormes del Universo. En cambio, el tiempo utiliza otras unidades, como es de sobra conocido: segundo, minuto, hora, año, siglo... 
Así pues, ¿qué es eso de un corto espacio de tiempo que tanto se oye? ¿Unos centímetros tan solo de tiempo rápido? No lo sé. 

Tolerancia cero: 

Este sintagma prolifera últimamente como las setas en otoño... No sé qué me asombra más, si la semejanza del mismo con títulos de películas: (Misión imposible 2, District 9, Planet 51...) o su valor enfático, que es, me imagino, la razón por la que se usa este antipático Cero. En efecto, suele usarse para destacar que no se tendrá ninguna tolerancia con determinados comportamientos execrables, o que estos serán duramente castigados por la sociedad, o por la justicia. Ahora bien: el numeral cardinal aplicado a un sustantivo como tolerancia me parece que es inadecuado, pues el significado del mismo es el siguiente: 

1. f. Acción y efecto de tolerar.
2. f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
3. f. Reconocimiento de inmunidad política para quienes profesan religiones distintas de la admitida oficialmente.
4. f. Diferencia consentida entre la ley o peso teórico y el que tienen las monedas.
5. f. Margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas o de las obras contratadas.
6. f. Máxima diferencia que se tolera o admite entre el valor nominal y el valor real o efectivo en las características físicas y químicas de un material, pieza o producto.

Como puede observarse, las tres primeras acepciones se refieren a sentimientos o acciones, a las cuales difícilmente puede aplicárseles un numeral; ¿cantidad de acción? ¿Cantidad de respeto, o de reconocimiento? Quizá podría aplicarse ese número a las tres definiciones últimas, puesto que indican magnitudes. Pero este adefesio que ahora comentamos no se refiere, evidentemente, a estas cuestiones. 

Así pues, ese énfasis que se pretende se lograría perfectamente con otras fórmulas: el indefinido ninguna ya mencionado, o incluso la locución en absoluto... y aun otras que ahora se me olvidan y que serían -no me cabe duda- mucho más elegantes. 

sábado, 4 de julio de 2015

¿Lenguaje sexista?

Hace unos días, repasando las aportaciones de un grupo de filólogos que tengo el honor de seguir en el Facebook, me encontré con algo que me estremeció. Sí, ya sé que debería estar acostumbrado, que este torpe asunto del sexismo en el lenguaje invade nuestra prensa, nuestra vida política y social e incluso nuestros propios pensamientos. Incluso aquellos que saben del asunto, se meten en camisa de once varas dando lugar, en ocasiones, a discusiones bizantinas basadas simplemente en la ignorancia. Otras veces, quienes desconocen por completo los mecanismos de nuestra lengua se permiten opinar y, lo que es peor, establecer sus reglas, que deben ser seguidas por todos nosotros contraviniendo con ello la propia gramática, cuyas normas eluden bonitamente. 

El ejemplo aducido en este caso superaba con mucho lo que yo había visto. Como es sabido, existe el adjetivo monoparental, aplicado a las familias en las cuales hay un solo progenitor, madre, padre o persona que ejerza esa función. Nada más fácil, ¿verdad? Pues parece que no, a tenor de lo que oímos o tenemos que leer... En los últimos tiempos a algunas personas (que imagino ociosas y asimismo con una desbordante imaginación) han dado en pensar que dicha palabra se ha formado, como así es en efecto, a partir del adjetivo parental y que este se inicia con la letra p porque procede sin duda de la palabra padre... ¡He aquí el desaguisado! Tal vez se haya producido una especie popular de analogía (parental-paternal). El caso es que proponen con gran desparpajo que usemos ahora una nueva palabra: *monomarental [sic] ya que, añaden, en la mayor parte de estas familias es la madre y no el padre quienes está al frente de las mismas. 

"No doy crédito", me dije al ver escrito semejante mamarracho. Pues la cosa procede, en este caso, mucho más de la desidia que del deseo legítimo de defender a las mujeres. Si uno sencillamente se toma la molestia de consultar un diccionario, hallará lo siguiente: parental, del latín parentalis, significa "Perteneciente o relativo a los padres o a los parientes" (el subrayado es mío). A ambos padres***, por favor, o a otros parientes. Por tanto, no hay discriminación hacia la mujer. 

Lo que más preocupa de todo este asunto no es la ignorancia o el error (al fin, nadie está obligado a saber gramática), sino el empeño de algunos en proponer o imponer lo que les venga en gana, guiados tan solo por su santa voluntad, a veces disfrazada de reivindicaciones muy respetables. Del mismo modo que yo, filólogo hispánico, jamás me atrevería a establecer normas legales, científicas o económicas, algunos deberían abstenerse de establecer una "gramática paralela". Al menos, deberían informarse antes de hacerlo. 

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*** El uso del plural masculino inclusivo, es decir, que se refiere tanto al padre como a la madre, podría sin duda ser discutido. No entraré ahora en esa cuestión, pues necesitaría una nueva entrada. Creo firmemente que el asunto ya aburre. 

El héroe discreto, de M. VARGAS LLOSA

Es justo decirlo: la última novela de Vargas Llosa ha conseguido reconciliarme, de momento, con la literatura actual. No todos los autores, por suerte, nos venden humo. Aún quedan unos pocos que han hecho del arte de narrar una gran creación, un arte grande de la palabra; pues eso es lo que encontramos en esta novela, y también propiedad, precisión y, de paso, un vocabulario peruano que resulta atractivo, por lo exótico, para un lector español. 

Pero hay mucho más: la novela narra dos historias que en un momento dado se entrelazan de manera sorprendente. Una de ellas, protagonizada por el inefable Felícito Yanaqué (¡qué gran personaje!) es realmente una trama policíaca. Nuestro héroe discreto será chantajeado y el caso se resolverá en las últimas páginas. La otra historia, en cambio, tiene un carácter digamos moral. Ismael Carrera, empresario limeño, decide casarse con su criada Armida, con el fin de darle una grave lección a sus dos hijos mellizos. 

En ambas historias recurre Vargas Llosa a un estilo impecable y un uso magistral de los diálogos, los cuales, por cierto, presentan una característica sorprendente y mágica. Se utiliza el flash-back, que aparece inserto en el propio diálogo. De esta manera, dos personajes hablan y, dentro de este diálogo, se incluye otro que uno de ellos mantuvo tiempo antes con otra persona, lo que convierte la lectura en algo dinámico, ágil, lleno de sorpresas. 


Lo más importante es, con todo, la lección que el autor nos ofrece en esta obra. Sí, se trata de una novela con moraleja, con una lección ética. Los dos protagonistas, aun de modo diferente y con estilos distintos, persiguen sin embargo un objetivo común: mantener su integridad a salvo de los ataques de la mentira, la ambición y la poca vergüenza. Felícito e Ismael representan dos ejemplos de lo que ya, por desgracia, no abunda en este mundo nuestro: la verdad, la fidelidad a unos valores, que podrán ser caducos o anticuados pero son ante todo, suyos propios. Que les conforman como personas y les hacen ser quienes son realmente. Felícito vive su experiencia con el recuerdo constante de las palabras de su padre ("Hijo, no dejes que te pisoteen"), con la fuerza que le otorga el defender su dignidad. Ismael, por su parte, intenta darles a aus hijos una lección de vida: que no se debe, que no es lícito pedir lo que no merecemos. Pese a que ambos, en apariencia, son derrotados por las circunstancias, en el fondo triunfan -al final de la novela- sus visiones "optimistas" de la existencia: triunfa la justicia, parece decirnos el autor. Y aunque sepamos que esto es poco realista, se agradece leer de vez en cuando un libro como este, con un gran final feliz.  
 



domingo, 14 de junio de 2015

Profesores mediadores

Uno de los hallazgos más interesantes, tal vez uno de los cambios más fundamentales que nos trajo la LOGSE hace ya muchos años, fue esta idea magnífica e innovadora. Fue creada, como otras muchas, por pedagogos modernos que nos trajeron a todos una savia muy nueva en la educación, y vinieron, de paso a sacarnos de años de enseñanza represiva, memorística y oscura. Estas innovaciones, hemos de admitirlo, nos deslumbraron a muchos en un primer momento, puesto que suponían una nueva manera de ver las cosas. ¡La luz pedagógica brillaba ante nosotros y nos asombraba!

El hallazgo al que ahora me estoy refiriendo fue, sin duda, de los más oportunos e interesantes, pues habría de cambiar la idea que teníamos de nuestro trabajo y nuestra propia identidad como docentes. En efecto, fue grande nuestro asombro al oír que los profesores no habíamos de vernos ya como antes. Habíamos cometido el gravísimo error de querer transmitir nuestros conocimientos, de enseñarlos, al fin, "de arriba a abajo", mostrando a nuestros alumnos lo que ellos no sabían y nosotros sí. Adoptábamos, de este modo, una posición de superioridad, por así decirlo, intolerable en estos tiempos... Por eso, ellos nos propusieron una nueva visión, un punto de vista que vendría a redimirnos. A partir de entonces, nos informaron, los profesores seríamos tan solo mediadores, una especie de guías en el camino del alumno hacia el aprendizaje.

La cosa, más o menos, funciona así: el discente (así se llama ahora; basta con cambiar el nombre de las cosas), imbuido de un espíritu curioso del que ningún ser humano carece, se lanzará al aprendizaje como por instinto, inevitablemente, inexorablemente. "Todos los alumnos pueden aprender" fue un axioma que, desde entonces, se ha convertido en verdad incontrovertible. La labor del maestro es, por tanto, muy sencilla en realidad: conducir a los alumnos por ese camino, mostrarles la meta: enseñarles, no el conocimiento, sino el camino hacia él.

De este modo tan fácil se rompe, sin quererlo, el principio esencial de toda enseñanza. Según se afirma, alguien que sabe -el profesor- no debe enseñar a alguien que no sabe -el alumno-, pues el aprendizaje ahora se basa en principios totalmente diferentes a los que han regido durante siglos. Tan grande ha sido el cambio que ahora los jóvenes aprenden por sí mismos, no como antes... El maestro, por tanto, carece en la actualidad de todo valor; el hecho de que tenga más edad y más conocimientos es solo una circunstancia, una mera anécdota. Así pues, el docente en nuestros días ha dejado de serlo... 

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...