Es un hecho, me parece, que el
control del Estado o de “las autoridades” sobre los comportamientos de los
ciudadanos ha ido aumentando progresivamente, de forma muy lenta pero
inexorable desde, pongamos, el último tercio del pasado siglo. Es curioso, sin
embargo, que esos mismos estados y sus representantes nos han ido convenciendo
(y estoy persuadido de que muchos lo creen) de lo contrario: se oye a menudo
que nunca en la historia hemos gozado de mayores libertades; que somos cada vez
más poderosos pues podemos decidir; que gozamos de derechos que nuestros
antepasados solo pudieron soñar; que
vivimos una situación poco menos que envidiable.
He aquí, por desgracia,
la gran contradicción: pues esa libertad por la cual –nos dicen- debemos
sentirnos realmente satisfechos, no es más que un remedo urdido, precisamente,
por quienes están más interesados en que guardemos silencio. Pues este es uno de los rasgos importantes de nuestra época: vivimos en la
Era del Silencio. Se trata de que vivamos en una especie de burbuja llena de
mentiras que, sin embargo, conservan la apariencia de verdad y, por lo
tanto, convencen a muchos. ¿Para qué?
¿Cuál es el objetivo? Como iremos viendo en las páginas siguientes, lentamente
se están poniendo las bases para un nuevo orden, una nueva forma de organizar
la sociedad de tal modo que unos pocos determinen el destino de la mayoría que,
indefensa, se está viendo abocada a una situación de menor libertad, con menos
derechos y posibilidades, sin embargo, como decimos, se trata de convencer a
esa mayoría (y hacerlo, por supuesto, “democráticamente”) de que en realidad
sus posibilidades y el ejercicio de la libertad son cada vez mayores; de que la
democracia, tal como la practicamos en Occidente, no es solo es sistema menos
malo, sino el único posible. No obstante, también se nos insiste en unas
cuantas ideas que se han convertido en lugares comunes que hemos aceptado sin
rechistar. El propósito de estas líneas es preguntarnos realmente si tales
ideas son verdaderas.
La primera de ellas es
la siguiente: “La democracia es así”, se nos dice; con ello se acepta que tiene algunas fallas e
imperfecciones, esto es, que la libertad
ha de limitarse, porque no es posible concederla del todo. Por tanto, los
seres humanos no pueden ser absolutamente libres, pues de lo contrario se
acabaría con la propia sociedad. El fundamento de la misma se halla en la
frase: “Tu libertad termina donde empieza la de los demás”, que hemos oído en
tantas ocasiones que se ha convertido en una especie de mantra y, por fin,
hemos terminado por creérnosla. ¿Qué significa en realidad? En el fondo, no es
más que una frase, por supuesto, ya que si la tomásemos en su sentido estricto la
conclusión no puede ser más desoladora: nadie
es libre. Pero, como hemos de admitir que sí existen ciertos grados de
libertad, hemos de admitir, sin embargo, que esta es limitada, incompleta, lo que se manifiesta en varias
esferas o ámbitos de nuestras vidas. Cuando los analicemos podremos, acaso,
responder a una pregunta que se me antoja inquietante: ¿Debe ser así, en
definitiva? ¿Es preciso, como nos dicen, que nuestra libertad se vea reducida?
Veremos, pues, algunos de esos ámbitos en próximas entradas y más tarde intentaremos responder.
