Observo con asombro un fenómeno "nuevo" en el ambiente educativo; o quizá no tan nuevo, sino que se ha intensificado en los últimos años, tal como refleja un recuente informe de un sindicato... se trata de un hecho que va dificultando, cada vez más, eso que se ha llamado, con notable pretensión,el proceso de enseñanza-aprendizaje. Me estoy refiriendo al continuo incremento de episodios de violencia en nuestras aulas.
Entiéndase bien: cuando digo violentos no me refiero, claro está, a violencia física solamente, aunque a veces sí ocurran, en colegios e institutos, episodios vergonzosos de esa especie. Pero siguen siendo, por fortuna, minoritarios. No lo son, en cambio, los continuos desprecios, las faltas de respeto, las desconsideraciones e incluso los insultos de toda índole a los profesores. Con excesiva frecuencia se producen hechos lamentables y terribles,grotescos a veces, en la práctica diaria de nuestra profesión. Todo esto, con ser muy grave, no es sin embargo lo peor del asunto. Lo más llamativo, en mi opinión, es que esto viene ahora no tanto de los niños o adolescentes (de los cuales estos comportamientos podrían ser, si no justificables, más entendibles hasta cierto punto), sino de sus padres.
En efecto: están aumentando los graves enfrentamientos entre los padres, que parecen imbuidos de un cierto espíritu "defensor", y los docentes, que además no se sienten respaldados por las leyes. "Espíritu defensor", he dicho... Realmente parece increíble o absurdo, pero esta es la actitud de muchos progenitores: como si los maestros les atacasen continuamente, como si los alumnos se sintieran ofendidos por ellos, muchos padres se presentan en los centros educativos con el fin de avalar los comportamientos (muchas veces indolentes, perezosos e indiferentes hacia el estudio) de sus retoños. Algunas entrevistas, que he presenciado, entre padres y profesores, sobrepasan lo terrible o lo patético.
¿Por qué se producen? ¿Qué impulsa a estos padres a atacar sin ambages a unos profesionales que tienen como misión educar a sus hijos? Tal vez sería arduo intentar explicar las múltiples razones de este hecho sorprendente. Apuntaré una sola que, sin embargo, está cobrando mayor importancia en nuestros días. Existe una especie de tensión soterrada, una suerte muy extraña de rivalidad o animadversión hacia los profesores que hunde sus raíces en las condiciones laborales -envidiables para muchos- de los docentes, en especial los del sistema público quienes, por su condición de funcionarios, tienen el trabajo garantizado. Esta circunstancia no parecía tener importancia hace algunos años, cuando la bonanza económica permitía que otros trabajadores tuvieran salarios mucho más abultados que los de los maestros. En la época actual, sin embargo, un trabajo fijo es considerado un privilegio intolerable, y una razón muy legítima para atacar sin pudor el trabajo de estos funcionarios... Así pues, ¡que paguen por ello! -piensan algunos. ¡Que se ganen el sueldo! También, por supuesto, interviene la envidia y una larga tradición, tan española, de criticar a los maestros: ¡Tienen tantas vacaciones!
Queda, pues, establecida, una gran contradicción, pues simultáneamente se está produciendo un fenómeno curioso: se pide a la escuela no solo que enseñe, sino que eduque asimismo en valores tales como la tolerancia,el respeto, y tantos otros, que sin embargo los padres no parecen practicar. Los alumnos, por ende, se ven sometidos al continuo espectáculo de unos padres defensores que, ante cualquier problema darán la cara ante quien sea por sus hijos, lo cual otorgará a sus actitudes el marchamo y la justificación que ellos necesitan. Cualquier cosa que ellos hagan será correcta, por tanto.
Todo esto impide, en última instancia, que podamos enseñar realmente a los jóvenes pues, por una parte, se nos pide que eduquemos mientras que, a la vez, somos continuamente desacreditados. ¿Cómo hacer nuestro trabajo si continuamente se nos ponen trabas? ¿Cómo podremos educar a nadie si los padres educan, a su vez, en el sentido opuesto?
Todo esto impide, en última instancia, que podamos enseñar realmente a los jóvenes pues, por una parte, se nos pide que eduquemos mientras que, a la vez, somos continuamente desacreditados. ¿Cómo hacer nuestro trabajo si continuamente se nos ponen trabas? ¿Cómo podremos educar a nadie si los padres educan, a su vez, en el sentido opuesto?
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