Al lector
La poca ambición de España, bien que sean culpados los ingenios de ella, tienen en manos del olvido las cosas que merecieron más clara voz de la fama; tal fue la ingratitud de sus escritores y el descuido, que pareció desprecio a los extraños, juzgando faltaba que escribir y quien escribiese; y así padeció la reputación de todos y sin duda hubieran // perdido la memoria como la voz si fuera en su mano el olvido como el silencio. Poco lugar dio la edad pasa[da] embarazada en armas a más de curiosos deseos del ocio que hoy alcanzamos, para que, agradecidos y deudores dél, en pago demos a la eternidad los peligros con que nos compraron la paz, amiga de buenas letras.
Hijo de España, escribo sus glorias, sea el referirlas religiosa lástima de verlas escuras y no a ningunos ojos sea la satisfacción en divulgarlas, pues del trabajo que un estraño pidiera nombre de curioso y docto quiero // solo el de reconocido y piadoso.
Bien sé a cuántos contradigo y reconozco los que se han de armar contra mí; mas no fuera yo español si no buscara peligros despreciándolos antes para vencerlos después, y lo haré con estas memorias, que serán las primeras que, desnudas de amor y miedo, se habrán visto sin disculpa de relaciones y historia (si este nombre merece) en que se leerán los ojos y no los oídos del autor.
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