No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Don Francisco de Quevedo y Villegas
Ya conocen quienes me tratan mi enorme afición (más bien soy devoto, he de admitirlo) por los versos de don Francisco, "grande en todo", como reza su lápida en la iglesia de san Andrés de Villanueva de los Infantes, que parece que fue su primera tumba, aunque no la última, pues sus pobres huesos sufrieron -en un juego irónico del destino- grandes avatares, yendo a parar (si los científicos actuales no están errados) a una fosa común de la cripta de dicha iglesia. Triste destino el de un hombre grande, al que esta España nuestra que nos duele, como al gran Unamuno, maltrata a menudo. Los mejores hijos de nuestra triste piel de toro son siempre despreciados con estilo bárbaro y cruel.
Viene este introito a colación porque, sin duda, sus versos de la Epístola satírica y censoria nos resultan hoy muy actuales, al menos a quien esto escribe ahora. Vivimos la época del silencio culpable, de la hipócrita mueca, del llamado lenguaje correcto y suave... Por favor, que los chorizos que pueblan nuestra España no se sientan ofendidos, que los estultos obtengan la ansiada paz, que las mentes biempensantes sean bienaventuradas, todo en aras de lograr la tan ansiada convivencia. Mientras tanto algunos, con las tripas colgando, nos hemos de aliviar en estas pocas líneas, o tal vez en tertulias de café inofensivas, que a nada conducen y nada resuelven, sino solo tal vez canalizar la rabia, el dolor y la ira.
Vivimos tiempos de incuria falsa, de mendaces axiomas que pretenden confundirnos en la nada; tiempos oscuros de mentiras sin cuento que abarcan todas las dimensiones del orbe. Es tanta la corrección, la educación y la mesura, que a veces uno creee hallarse en un océano melifluo de fragancias dulzonas, sobre todo si ojea (y también si hojea) la mal llamada Prensa. Tras la máscara infame del respeto y la paz se esconden la mentira, la estupidez y el vacío. Por este camino proceloso y brutal llegaremos todos a la ignorancia, que sospecho es el fin que persiguen Ellos, los hombres que pretenden convertirnos en esclavos. Por eso hoy, convencido ya de que el fin del mundo de los mayas en realidad se llevaba gestando unos lustros, deseo para todos paz y felicidad en estas navidades sin pagas extra, sin consumos más allá de nuestras posibilidades; en estas navidades de reformas y austeridad.
Por unos días, hagámosle una higa al destino infausto, riámonos todos en esta bacanal de luces de colores, de regalos y de sueños. Pero, eso sí, sin perder jamás la rabia consciente, la lucidez y el grito. Podrán quizá recortarnos los sueldos y burlarse de nosotros en la gran payasada. Pero a algunos, al menos, nos queda la palabra.
Vivimos tiempos de incuria falsa, de mendaces axiomas que pretenden confundirnos en la nada; tiempos oscuros de mentiras sin cuento que abarcan todas las dimensiones del orbe. Es tanta la corrección, la educación y la mesura, que a veces uno creee hallarse en un océano melifluo de fragancias dulzonas, sobre todo si ojea (y también si hojea) la mal llamada Prensa. Tras la máscara infame del respeto y la paz se esconden la mentira, la estupidez y el vacío. Por este camino proceloso y brutal llegaremos todos a la ignorancia, que sospecho es el fin que persiguen Ellos, los hombres que pretenden convertirnos en esclavos. Por eso hoy, convencido ya de que el fin del mundo de los mayas en realidad se llevaba gestando unos lustros, deseo para todos paz y felicidad en estas navidades sin pagas extra, sin consumos más allá de nuestras posibilidades; en estas navidades de reformas y austeridad.
Por unos días, hagámosle una higa al destino infausto, riámonos todos en esta bacanal de luces de colores, de regalos y de sueños. Pero, eso sí, sin perder jamás la rabia consciente, la lucidez y el grito. Podrán quizá recortarnos los sueldos y burlarse de nosotros en la gran payasada. Pero a algunos, al menos, nos queda la palabra.
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