Toda su vida fue
una niña buena: obedeció a papá y
obedeció a mamá; estudió mucho porque así se prepara uno para el futuro y eso
es bueno, por supuesto; siguió en todo las normas de la buena sociedad (no
apoyar los codos sobre la mesa al comer, no dejar que el chorrito de sopa
resbale de la cuchara al plato cuando ésta se acerca a la boca lozana, no
hablar nunca de arte, de toros, de cine húngaro, de política económica, de
política social; sí en cambio de vestidos de tarde, de noche, de merienda, de
visita, de cóctel); llevó una vida austera y recogida: dos veces al mes
peluquería, tres a la semana gimnasia relajante, aeróbic y sauna finlandesa,
todas las tardes tertulia femenina con las amigas de su madre; tenis los
sábados, polo los jueves, visita a los abuelos muy de vez en cuando, vacaciones
en la costa o en las islas; hizo lo que de ella se esperaba: sonreír y ser
amable, nunca jamás protestar por el caviar, pasear su palmito y su cuerpo perfecto
en tertulias y saraos, en reuniones y fiestas, en lugares donde nunca podría
ver nada que no fuesen sonrisas.
Toda su vida fue una buena chica...
hasta que se fugó con aquel camarero del
hotel de Estambul que, según cuentan las crónicas, la hizo muy feliz y le dio para cenar sólo pan y cebolla.
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