La palabra BLOG, con la que nombramos estas páginas personales creadas para publicar diferentes documentos, es, otros muchos términos informáticos, un ANGLICISMO. Un blog (o en español también una bitácora) es un sitio web periódicamente actualizado que recopila textos de uno o varios autores, donde se tiene la libertad de dejar publicado lo se estime pertinente. El nombre bitácora está basado en los cuadernos de bitácora, cuadernos de viaje que se utilizaban en los barcos para relatar el desarrollo de la travesía. Aunque el nombre se ha popularizado en los últimos años a raíz de su utilización en diferentes ámbitos, el cuaderno de trabajo o bitácora ha sido utilizado desde siempre.
Este término inglés blog o weblog proviene de las palabras web y log ('log' en inglés significa diario). Por eso, en realidad, deberíamos llamar diario a esta página. Sin embargo, muchas veces mis jóvenes alumnos (llevados sin duda por un criterio que podríamos llamar "musical"), afirman sin rubor que estas palabras "suenan mejor en inglés". Francamente, ignoro los motivos...
He aquí una pequeña y modesta bitácora sobre asuntos educativos y referentes a la cultura, en especial la lengua y la literatura, que han sido siempre los máximos intereses de quien esto escribe.
sábado, 18 de enero de 2014
sábado, 21 de diciembre de 2013
LA LOMCE PROMULGADA
He aquí que, finalmente, tenemos promulgada y aprobada (¿sin discusiones ni polémicas?), la nueva ley educativa de nuestras entretelas; para unos, la salvación segura del barco a la deriva que es la educación en nuestro solar patrio; para otros, la fuente inagotable de todos los males. Pues bien: me propongo razonar en este breve texto que no es lo uno y tampoco lo otro.
Sobre todo, y contra lo que se dice en estos días, no es tan nueva ni tan distinta a las que la han precedido. ¿Más de lo mismo, pues? Veamos: si uno echa un vistazo, aunque sea rápido y somero, a la ley de marras, un detalle curioso llama nuestra atención: en la formulación de sus distintos artículos aparece repetida esta frase:
"El artículo tal queda redactado de la siguiente manera"
Y, a continuación, una redacción más o menos amplia del susodicho artículo. Si investigamos un poco y nos dirigimos al número citado en la ley anterior, la LOE, resulta que trata el mismo tema (la evaluación de diagnóstico, pongamos por caso). Así pues, ¿qué conclusión sacamos? La LOMCE no es, en modo alguno, una ley surgida ex novo de las mentes preclaras de los legisladores, sino solo una corrección o modificación de los artículos de la LOE, ley muy ineficaz, por lo que se ve, terrible y horrenda, constantemente denostada por el gobierno actual. A pesar de ello, se han limitado a corregirla, cuando lo esperable habría sido -ya que tanto la critican- que la hubiesen enterrado en un cajón siniestro in secula seculorum. Porque si algo se modifica, como en este caso, tal vez sea porque se entiende que tiene algo bueno, o que no todo en ella es tan malo como se dice. Si no, ¿qué sentido tienen estos cambios que son, en muchos casos, leves retoques? No se comprende bien que, si realmente era tan mala aquella legislación, se mantengan algunos de sus artículos, sus principios rectores, sus ideas tan perniciosas. Sobre todo se mantiene su filosofía, si así puede llamarse.
En cuanto a otros aspectos que los docentes -o, al menos, muchos de nosotros- juzgábamos importantes, se mantienen sin cambios en la nueva ley. Así, por ejemplo, para fomentar en el alumno la llamada cultura del esfuerzo, no se han variado en absoluto ni un solo método, ni un solo principio referente a la Primaria, en la que los alumnos van pasando de curso sin problemas, y sin que las medidas correctoras que preveía la propia ley puedan cumplirse: no hay dinero para esos apoyos que se mencionan, ni para contratar más profesores que lleven a cabo esa enseñanza personalizada que se pretende, ni para los desdobles... Por tanto, las carencias de base se irán acumulando, exactamente como ocurre ahora y los alumnos llegarán a Secundaria, incluso a Bachillerato, sin lograr los objetivos que se dicen promover.
En cuanto a la Secundaria, las medidas de promoción y repeticiones de cursos solo han sufrido una variación muy leve: se concede una importancia algo mayor a las llamadas -pomposamente- materias instrumentales (lengua y matemáticas). El resto permanece como estaba en la LOE, hasta el punto de que el párrafo donde esto se regula es el mismo, ¡el mismo exactamente! Hasta en eso han copiado.
Así pues, solo se nos presentan dos posibilidades; a saber: o bien el legislador de la nueva ley educativa no juzgaba tan perniciosa la ley anterior, por lo cual no se entienden las opiniones del Gobierno, o bien solo han cambiado algunos aspectos en esta LOMCE neonata por la sencilla razón de que no entienden, no comprenden realmente qué es lo que está fallando en nuestra educación. De esta manera, tampoco las críticas de la oposición están justificadas, porque la LOMCE es, en realidad, una LOE retocada ligeramente.
domingo, 13 de octubre de 2013
Lenguas propias
Como era de esperar, vistos los precedentes de estos últimos años, la cuestión catalana adquiere en estos días inusitada actualidad, merced al órdago lanzado por el Presidente don Artur Mas, quien se arroga ahora el papel de defensor de unos valores patrios y culturales que han de llevar a este territorio a la independencia, ansiada -si hay que creerlo- durante siglos.
No negaré en esta bitácora el derecho que asiste a todos los pueblos a declararse lo que sea, a sentirse como les parezca o a elegir el sistema de gobierno que más les satisfaga. Tampoco, obviamente, les voy a negar la posibilidad de votar en referéndum (faltaría más) ya que si así lo hiciera posiblemente sería tildado al instante de fascista, retrógrado, o con otros marbetes menos amables. Líbreme Dios de provocar la justa ira de estos santos varones, que podrían negarme el derecho a escribir, pues así ha ocurrido en los últimos tiempos: cada vez que alguien se ha atrevido, imprudente, a contradecirlos, los defensores catalanes de la independencia les han negado a estos osados el pan y la sal, declarando que no saben, que no entienden la compleja realidad catalana, que no les comprendemos... Así pues, callaré, y sea lo que fuere.
En cambio, sí escribiré ahora sobre un asunto directamente relacionado con esto, porque creo -aunque tal vez me equivoque, visto lo visto- que en algo me ayuda mi condición de filólogo; que dicha condición me otorga cierta autoridad sobre el asunto, a pesar de las continuas confusiones que se oyen y se leen aquí y allá. Me estoy refiriendo, claro es, a esa etiqueta tan apropiada, a ese hallazgo magnífico que fue en su momento la expresión "lengua propia", a la que recurren una y otra vez los defensores de dicha independencia.
Surgida en los años 30 precisamente en Cataluña (y solo allí), la susodicha etiqueta fue recuperada en los últimos 70, cuando estaban en discusión el estatuto de autonomía y la oficialidad de las lenguas. Para ellas se acuñó un término bastante feo, es cierto, que pretendía definir la situación jurídica en que quedaban: se dijo, pues, que estas eran cooficiales, junto con el castellano, en los correspondientes territorios de esas comunidades autónomas. Sin embargo, un vocablo tal no podía satisfacer, en modo alguno, a los nacionalistas, quienes asentaban gran parte de su ideario precisamente en el hecho de que en sus territorios se hablan otras lenguas y, por ende, ya esto les convierte en naciones distintas, y hasta -dicen- en culturas diferentes. Así pues, necesitaban decir que las lenguas que se hablan, en efecto, en esos territorios son las únicas en ellos; que en cierto sentido tienen más derechos que el castellano, es decir, que son las propias de esos territorios. La igualdad de derechos que proclamaba el término cooficialidad no les interesa, ya que la preeminencia de una lengua sobre otra (la nuestra es la propia y la otra es implantada, ajena) es el mismo fundamento de su ideología nacionalista. Desde esta perspectiva, el término propia debe ser utilizado a toda costa, por más que desde el punto de vista filológico no tenga sentido. A los ideólogos de cualquier condición -esto ha sido así desde tiempo inmemorial- les importa muy poco la verdad científica.
No negaré en esta bitácora el derecho que asiste a todos los pueblos a declararse lo que sea, a sentirse como les parezca o a elegir el sistema de gobierno que más les satisfaga. Tampoco, obviamente, les voy a negar la posibilidad de votar en referéndum (faltaría más) ya que si así lo hiciera posiblemente sería tildado al instante de fascista, retrógrado, o con otros marbetes menos amables. Líbreme Dios de provocar la justa ira de estos santos varones, que podrían negarme el derecho a escribir, pues así ha ocurrido en los últimos tiempos: cada vez que alguien se ha atrevido, imprudente, a contradecirlos, los defensores catalanes de la independencia les han negado a estos osados el pan y la sal, declarando que no saben, que no entienden la compleja realidad catalana, que no les comprendemos... Así pues, callaré, y sea lo que fuere.
En cambio, sí escribiré ahora sobre un asunto directamente relacionado con esto, porque creo -aunque tal vez me equivoque, visto lo visto- que en algo me ayuda mi condición de filólogo; que dicha condición me otorga cierta autoridad sobre el asunto, a pesar de las continuas confusiones que se oyen y se leen aquí y allá. Me estoy refiriendo, claro es, a esa etiqueta tan apropiada, a ese hallazgo magnífico que fue en su momento la expresión "lengua propia", a la que recurren una y otra vez los defensores de dicha independencia.
Surgida en los años 30 precisamente en Cataluña (y solo allí), la susodicha etiqueta fue recuperada en los últimos 70, cuando estaban en discusión el estatuto de autonomía y la oficialidad de las lenguas. Para ellas se acuñó un término bastante feo, es cierto, que pretendía definir la situación jurídica en que quedaban: se dijo, pues, que estas eran cooficiales, junto con el castellano, en los correspondientes territorios de esas comunidades autónomas. Sin embargo, un vocablo tal no podía satisfacer, en modo alguno, a los nacionalistas, quienes asentaban gran parte de su ideario precisamente en el hecho de que en sus territorios se hablan otras lenguas y, por ende, ya esto les convierte en naciones distintas, y hasta -dicen- en culturas diferentes. Así pues, necesitaban decir que las lenguas que se hablan, en efecto, en esos territorios son las únicas en ellos; que en cierto sentido tienen más derechos que el castellano, es decir, que son las propias de esos territorios. La igualdad de derechos que proclamaba el término cooficialidad no les interesa, ya que la preeminencia de una lengua sobre otra (la nuestra es la propia y la otra es implantada, ajena) es el mismo fundamento de su ideología nacionalista. Desde esta perspectiva, el término propia debe ser utilizado a toda costa, por más que desde el punto de vista filológico no tenga sentido. A los ideólogos de cualquier condición -esto ha sido así desde tiempo inmemorial- les importa muy poco la verdad científica.
domingo, 30 de junio de 2013
Otra revolución educativa (algunas cosillas más): LA CULTURA DEL ESFUERZO
En estos tiempos aciagos y oscuros que nos toca vivir, van surgiendo marbetes, etiquetas magníficas que designan realidades novedosas o brillantes. Nacen todos los días nombres llamativos, que, al ser nuevos, nos llevan a pensar que también lo son las realidades que designan. Se trata de un fenómeno semántico curioso, al que podríamos llamar "proliferación de neologismos".
Así ocurre, verbigracia, con la gran etiqueta que encabeza esta entrada: LA CULTURA DEL ESFUERZO. Ha sido creada por el Gobierno actual, con vistas a explicar la reforma que ahora, nuevamente, se propone en los asuntos educativos. Se basa la misma en usar de modo traslaticio (¿tal vez sesgado?) la palabra cultura, que aquí parece significar "pensamiento, mentalidad, forma de actuar". Según los promotores de la etiqueta en cuestión, las ideas imperantes sobre el asunto no parecen dejarnos en muy buen lugar: parten de la base de que la molicie, la dejadez y la pereza imperan por todas partes, lo cual, dicho sea de paso, puede que sea cierto... Parecen decirnos nuestros padres de la patria que este concepto, esta idea del esfuerzo puede y debe ser cambiada desde arriba, desdre las altas instancias de la ley y del Gobierno. Y esto -déjenme decirlo claramente- es lo que me produce más temor o desconfianza; más miedo, si me apuran. ¿Controlar los pensamientos, las ideas, la forma de conducirse de las personas? ¿Mediante una ley? ¿A qué me suena todo esto? Algunos podrán decir que exagero, y quizá sea verdad. Pero no puedo evitarlo, sobre todo cuando pienso que otros factores más decisivos, aunque más ocultos, han sido obviados.
Dejen que mencione solo uno de ellos. Suponiendo que la forma de pensar de las gentes pueda variarse sin más a través de una norma (sobre lo cual, insisto, tengo mis dudas...), habría que hacerlo, creo, desde el principio: comenzar la casa por los cimientos, y no por el tejado, como parece querer construirse esta. Si uno analiza la LOMCE con detalle, encuentra algunas sorpresas curiosas: así, por ejemplo, en la educación Primaria debería estar centrado gran parte del cambio, pues si se pretende de verdad transformar la manera de ver las cosas habrá de hacerse pausadamente, con tiempo, variando algunas normas con la esperanza de que, poco a poco, vayan siendo interiorizadas, asumidas por alumnos y, lo que es también muy importante, por las familias. Pues bien: nada de esto pretende la LOMCE. La enseñanza Primaria se queda como está, exactamente como en la LOE, la terrible y maligna ley anterior. Tan solo un cambio se atisba en el horizonte: al final de dicha etapa será establecida una prueba externa ("reválida") sin ninguna consecuencia académica. ¿Qué es esto? Se les hará una prueba, sí, pero no tendrán ningún problema en acceder a la Secundaria sepan o no. Alumnos sin los debidos conocimientos entrarán bonitamente en la siguiente etapa, como ocurre ahora, y entonces, señores, se espera que se produzca la Gran Metamorfosis. Aquí sí se pedirán el esfuerzo y la excelencia de los que tanto se habla. Se cree, pues, que los seis primeros años de educación un niño se esforzará porque sí, porque un hálito extraño de su mente y de su alma le llevará a ello, sin que nada ni nadie lo estimule, mientras que al cumplir los doce años entrará en un camino proceloso de la vida en el cual, automáticamente, sabrá lo que es esforzarse, sudar tinta y empollar para lograr una beca o pasar un examen. Las reválidas aquí adquieren todo su valor, pues le darán el título o se lo negarán, tras haber realizado esa gran tarea. ¿Cómo se ha de verificar semejante cambio? ¿Se espera realmente que, de la noche a la mañana, se opere en los alumnos una metamorfosis de ese calibre?
Dejen que mencione solo uno de ellos. Suponiendo que la forma de pensar de las gentes pueda variarse sin más a través de una norma (sobre lo cual, insisto, tengo mis dudas...), habría que hacerlo, creo, desde el principio: comenzar la casa por los cimientos, y no por el tejado, como parece querer construirse esta. Si uno analiza la LOMCE con detalle, encuentra algunas sorpresas curiosas: así, por ejemplo, en la educación Primaria debería estar centrado gran parte del cambio, pues si se pretende de verdad transformar la manera de ver las cosas habrá de hacerse pausadamente, con tiempo, variando algunas normas con la esperanza de que, poco a poco, vayan siendo interiorizadas, asumidas por alumnos y, lo que es también muy importante, por las familias. Pues bien: nada de esto pretende la LOMCE. La enseñanza Primaria se queda como está, exactamente como en la LOE, la terrible y maligna ley anterior. Tan solo un cambio se atisba en el horizonte: al final de dicha etapa será establecida una prueba externa ("reválida") sin ninguna consecuencia académica. ¿Qué es esto? Se les hará una prueba, sí, pero no tendrán ningún problema en acceder a la Secundaria sepan o no. Alumnos sin los debidos conocimientos entrarán bonitamente en la siguiente etapa, como ocurre ahora, y entonces, señores, se espera que se produzca la Gran Metamorfosis. Aquí sí se pedirán el esfuerzo y la excelencia de los que tanto se habla. Se cree, pues, que los seis primeros años de educación un niño se esforzará porque sí, porque un hálito extraño de su mente y de su alma le llevará a ello, sin que nada ni nadie lo estimule, mientras que al cumplir los doce años entrará en un camino proceloso de la vida en el cual, automáticamente, sabrá lo que es esforzarse, sudar tinta y empollar para lograr una beca o pasar un examen. Las reválidas aquí adquieren todo su valor, pues le darán el título o se lo negarán, tras haber realizado esa gran tarea. ¿Cómo se ha de verificar semejante cambio? ¿Se espera realmente que, de la noche a la mañana, se opere en los alumnos una metamorfosis de ese calibre?
No creo que pueda llevarse a cabo, sencillamente. Durante años, nuestros alumnos han vivido en la ley del mínimo esfuerzo; en la idea -asentada firmemente- de que somos nosotros, los profesores, los responsables de sus fracasos. Y no solo los alumnos: algunos familiares se presentan estos días en los centros para rogarnos encarecidamente que aprobemos a sus hijos porque ellos lo valen. ¿Cambiará esta forma de ver las cosas porque haya una reválida? Lo dudo mucho. Pues, además, nuestro Gobierno confunde ahora, tal vez con intención, la exigencia académica con la económica. Y muchos, aunque lo nieguen, lo siguen también en esa confusión.
No puedo ser -lo siento- optimista en estos días. Me temo que la LOMCE será, como sus predecesoras, un nuevo intento frustrado y hueco. Un quiero y no puedo.
jueves, 13 de junio de 2013
Respeto a los profesores
Veamos: un servidor, que de natural ha sido dócil, bienhumorado y hasta concesdenciente con las debilidades ajenas (animula vagula blandula),
está perdiendo últimamente tales virtudes. Lamentándolo mucho, creo que
voy camino de convertirme en una especie de viejo cascarrabias, pues
oyendo lo que oigo y leyendo las palabras de algunos atrevidos, se me
está avinagrando sin remedio el carácter. En mi sentir, la decencia y el
sentido común viven horas muy bajas en nuestro tiempo y esto, señores, me enfada y me irrita.
Viene esto a colación al leer, en esta mañana aciaga, las declaraciones de nuestro Consejero de Educación, don Marcial Marín, respecto al (Des)Programa que, con el melifluo marbete de "Abriendo caminos" (¿hacia dónde?), ha pergeñado la Consejería para unos pocos alumnos de 4º curso de la ESO -en ningún otro, claro-. Consiste dicho plan, como es bien sabido, en impartir clases a aquellos que hayan suspendido tres asignaturas (no HASTA TRES, como se dice erróneamente), siempre que alguna de ellas sea lengua o matemáticas. Mas, si un alumno suspende tres, solo tendrá clases de estas materias, no de otras (Música, Geografía, Tecnología...). Esto es: será preciso suspender tres para que solo te den clases de una o de dos, todo lo cual es muy lógico y de una sensatez apabullante.
Viene esto a colación al leer, en esta mañana aciaga, las declaraciones de nuestro Consejero de Educación, don Marcial Marín, respecto al (Des)Programa que, con el melifluo marbete de "Abriendo caminos" (¿hacia dónde?), ha pergeñado la Consejería para unos pocos alumnos de 4º curso de la ESO -en ningún otro, claro-. Consiste dicho plan, como es bien sabido, en impartir clases a aquellos que hayan suspendido tres asignaturas (no HASTA TRES, como se dice erróneamente), siempre que alguna de ellas sea lengua o matemáticas. Mas, si un alumno suspende tres, solo tendrá clases de estas materias, no de otras (Música, Geografía, Tecnología...). Esto es: será preciso suspender tres para que solo te den clases de una o de dos, todo lo cual es muy lógico y de una sensatez apabullante.
En
los últimos días, los Claustros de los centros educativos de Castilla
La Mancha han votado mayoritariamente en contra de dicha medida, dando
razones de diversa índole: económicas, organizativas y hasta legales.
Mas, como dicha votación no favorece las disposiciones de la Consejería,
el sr. Marín declara varias cosas que son el motivo de que este humilde
docente -con justa ira- se lance a escribir en esta bitácora, pues al
contrario que él carezco de un medio donde hacerme oír.
Quien esto escribe peina ya canas (tempus fugit irreparabile), lo cual, contra lo que se piensa, no es garantía de nada: se puede ser un ignaro, y hasta un imbécil, con la testa coronada por la nieve. Pero, eso sí, uno espera (tal vez ingenuamente) que no lo tomen por idiota, sobre todo tras declarar, con la elocuencia y la solemnidad tan propias de esta época, el máximo respeto a los profesores. Pues eso ha hecho, en el fondo, nuestro Consejero aunque nunca lo admitiría, acaso porque no se ha dado cuenta. En efecto: tras manifestar ese respeto, ha aclarado que nosotros, los docentes, hemos votado en contra de su magífico programa porque los sindicatos y el malvado PSOE nos han informado mal. Lo que es tanto como decir: la inmensa mayoría que ha votado así no tiene criterio propio, sino que simplemente se deja llevar por las afirmaciones de los políticos. O más aún: no hay ninguna posible objeción más allá de la que estos -los socialistas y los sindicalistas- han mencionado equivocadamente. Cualquier opinión que se oponga de algún modo a sus planteamientos simplemente no existe. ¿Nos está diciendo, en el fondo, que no podemos pensar por nosotros mismos? Así pues, tal vez pàra arreglar dicho desaguisado, ha proclamado a los cuatro vientos que el Programa en cuestión seguirá adelante, pues el voto negativo mayoritario ha sido solamente un error de apreciación. Como puede comprobarse, toda una lección de democracia.
Quien esto escribe peina ya canas (tempus fugit irreparabile), lo cual, contra lo que se piensa, no es garantía de nada: se puede ser un ignaro, y hasta un imbécil, con la testa coronada por la nieve. Pero, eso sí, uno espera (tal vez ingenuamente) que no lo tomen por idiota, sobre todo tras declarar, con la elocuencia y la solemnidad tan propias de esta época, el máximo respeto a los profesores. Pues eso ha hecho, en el fondo, nuestro Consejero aunque nunca lo admitiría, acaso porque no se ha dado cuenta. En efecto: tras manifestar ese respeto, ha aclarado que nosotros, los docentes, hemos votado en contra de su magífico programa porque los sindicatos y el malvado PSOE nos han informado mal. Lo que es tanto como decir: la inmensa mayoría que ha votado así no tiene criterio propio, sino que simplemente se deja llevar por las afirmaciones de los políticos. O más aún: no hay ninguna posible objeción más allá de la que estos -los socialistas y los sindicalistas- han mencionado equivocadamente. Cualquier opinión que se oponga de algún modo a sus planteamientos simplemente no existe. ¿Nos está diciendo, en el fondo, que no podemos pensar por nosotros mismos? Así pues, tal vez pàra arreglar dicho desaguisado, ha proclamado a los cuatro vientos que el Programa en cuestión seguirá adelante, pues el voto negativo mayoritario ha sido solamente un error de apreciación. Como puede comprobarse, toda una lección de democracia.
Pues bien: quisiera aclarar una cosa bien sencilla. Algunos, entre los que me hallo, no estamos de acuerdo con la medida susodicha de nuestra consejería, mas tampoco, por más que pueda resultar contradictorio, con los cantos de sirena del PSOE y de los sindicatos. Ambas cosas, increíblemente, son compatibles.
...Solo para que se sepa.
...Solo para que se sepa.
sábado, 18 de mayo de 2013
OTRA REVOLUCIÓN EDUCATIVA (Primera parte)
Me levanto esta mañana desapacible de sábado con cierta resaca revolucionaria. En efecto, señores: ayer día 17 de mayo de 2013 pasará a los anales de la historia patria, porque tuvo lugar la (enésima) revolución educativa, un conjunto de cambios legislativos que situarán -no me cabe la menor duda- a nuestro país en el lugar que merece entre las naciones civilizadas de todo el orbe. Se trata de uno de los más importantes cambios en los últimos tiempos, no solo por la enorme cantidad de medidas que se toman, sino también por la importancia capital de las mismas. Son tantas y tan variadas que no tendría espacio para enumerarlas aquí; y tambien carezco, claro es, de la capacidad y hasta de la inteligencia para analizarlas todas. Así pues, me conformaré con explicar algunas, centrándome en especial en las sanas consecuencias que tendrán ciertamente sobre la educación de las generaciones todas, sobre el futuro de España y aun del mundo occidental.
Digamos a vuelapluma: propone la nueva ley, en Preámbulo florido, modificar el concepto caduco y anticuado que hasta ahora se tenía de la educación. Vivíamos muchos en la oscuridad, a juzgar por las palabras que se plasman allí. No se trata de formar ciudadanos cultos, nos informan ahora, sino de crear emprendedores de éxito. Gran hallazgo, pardiez, descubrir que la cultura es cosa inútil e impropia de estos tiempos positivos. Me quedo, pues, sin palabras, y no puedo seguir escribiendo sobre el asunto, sobrecogido como estoy ante la contemplación de la Verdad Sacrosanta.
Pero hablando de sacrosantas y otras menudencias de capilla y sacristía: la Religión, con la nueva ley, tendrá por fin el lugar que le compete, tras años de oscurantismos, laicismos inútiles, relativismos morales y poca vergüenza. Nuestros discípulos (nunca mejor dicho) serán calificados como deben, en atención a su fe y su devoción, del mismo modo que se hace en matemáticas, o en historia, pues como todo el mundo sabe la piedad es medible y cuantificable. Tan solo una duda me asalta hoy: si recuerdo los momentos en que veo las notas de religión, esos "nueves" y esos "dieces" que reciben alumnos que en otras materias obtienen suspensos ominosos y terribles porque son incapaces de entender un texto pongamos literario, ¿qué paradójica iluminación reciben para entender con tan aguda penetración los textos sagrados? ¿Cómo un alumno incapaz de sumar se torna de pronto en un discente brillante y agudo cuando se trata de penetrar en los misterios teológicos? Supongo que se trata de eso que se llama milagro insondable.
Otros cambios propuestos son sin duda magníficos y novedosos. De todos es sabido, por ejemplo, que los jóvenes alumnos pasaban de curso (promocionaban, se decía, usando un neologismo agudo y brillante) con ¡hasta tres asignaturas!, y solo podían repetir una vez cada curso escolar, lo cual repercutía negativamente en eso que ha dado en llamarse el esfuerzo. Si un chico, por ejemplo, repetía Tercero de E. Secundaria, ese año se dedicaba bonitamente a no hacer nada, en la seguridad de que habría de avanzar, con paso firme, en sus estudios. Léase, sin ambargo, lo que prevé la nueva ley a este respecto: a diferencia de lo que antes sucedía, los alumnos ahora podrán suspender hasta tres asignaturas; podrán asimismo repetir sus cursos (pero solo una vez), lo cual redundará sin duda ninguna en un cambio enorme en su mentalidad. Merced a la buena filosofía de la ley, tales medidas les harán reflexionar, se centrarán en el esfuerzo, el estudio, el trabajo académico para lograr ese futuro de emprendedores exitosos. Como puede verse, es una metamorfosis de tan grueso calibre e importancia tan grande, que nadie es capaz de prever las consecuencias que tendrá en la formación de nuestros jóvenes. Subiremos sin duda muchos puestos hacia arriba en los informes PISA, por más que estos estén elaborados por herejes luteranos. Solo de pensarlo se me abren las carnes y mi alma toda se estremece.
Estas son solo algunas de las medidas. Continuaré, si tengo ganas, un día de estos...
sábado, 20 de abril de 2013
Libertad, de Jonathan Franzen
Continúo en estos días con la amena lectura de este libro. Nótese que uso este adjetivo, y no otros tales como: magnífica, soberbia, deslumbrante..., que han proliferado últimamente en suplementos, bitácoras, notas de prensa y hojas volanderas de diversa índole e intención, las más de las veces buena pero errada. Se insiste en la genialidad artística del autor, en la inestimable calidad de su prosa y también (lo que me provoca un intenso pasmo) en la complejidad de la novela, tanto en la forma -¿densidad del estilo?- como en el fondo: las relaciones humanas deben de ser, en efecto, ciertamente complicadas, y en ello parece insistir el libro.
Digo parece pues, en realidad, no se trata de una obra difícil ni ardua. Utiliza un inglés coloquial, en cierto sentido, que, si bien es difícil de traducir en ocasiones, no es de una lectura especialmente compleja. En cuanto a la historia que refleja, no puede ser más simple: una familia americana media, con ciertas tendencias hacia un progresismo un poco ingenuo, va evolucionando hacia la degradación familiar, sentimental, amorosa, de su principales miembros y de sus hijos, en una sucesión de infortunios, más mentales que reales, que les llevan, en un principio, a un nihilismo algo postizo, después al alcoholismo o la drogadicción, más tarde a la infidelidad sexual, y así sucesivamente.
"Dramón infumable, pues", pensarán algunos. No, porque Franzen tiene la habilidad de contarlo todo con un tono socarrón, levemente irónico y nunca sarcástico (en el fondo, sospecho que le gustan sus pesonajes), que dota al conjunto de un cierto humor. La novela es, pues, levemente graciosa en sus primeras doscientas páginas (soy generoso)... Pero más tarde, por desgracia, comienza a ser insufrible. No porque sea un drama, que no lo es, sino porque en un cierto momento del relato, cuando ya nos hemos repuesto de las pequeñas sorpresas que ofrece el libro al principio -la ya mencionada socarronería, el uso del perspectivismo como técnica narrativa-, se da uno cuenta con desolación de que toda esta historia de una familia americana le importa un bledo. De paso, se percata uno de que no tiene en las manos una obra maestra, por más que se trate de un tomazo ciertamente voluminoso. Pues, precisamente, uno de los rasgos de la GRAN LITERATURA consiste en saber involucrar de verdad al lector, en crear personajes que parezcan personas y por los que nosotros, afortunados, podamos sentir algo realmente: felicidad, tristeza, solidaridad, dolor incluso por las cosas que les suceden, porque el autor ha dado a estos personajes rasgos tan vívidos que no nos parecen entes de ficción. Así, quien esto escribe se enamoró perdidamente de Ana Ozores, sintió regocijo que se fue tornando en lástima después por las continuas desgracias de don Quijote; asimismo, habría querido tirarse al tren -esta vez, claro, metafóricamente- con Ana Karenina, o escalar junto a Aquiles las murallas de Troya. Esto solo por citar algunos casos.
Por contra, los problemas de Patty con su marido, al que no cree amar, o con su amante Richard, al que no quiere amar; las contradicciones de Walter, en el fondo solo un zangolotino que no sabe quién es, las idioteces sucesivas del bueno de Joey, y otras muchas cosas que hay en el libro, debo admitirlo con franqueza, a partir del primer tercio de este largo novelón comienzan a importarme lo mismo que un comino. No consigo, lo siento, interesarme lo más mínimo por sus problemas, lo cual es malísimo si tenemos en cuenta que este es, precisamente, el asunto principal de esta novela.
En cuanto al final, por Dios, prefiero no expresar mi verdadera opinión...
"Dramón infumable, pues", pensarán algunos. No, porque Franzen tiene la habilidad de contarlo todo con un tono socarrón, levemente irónico y nunca sarcástico (en el fondo, sospecho que le gustan sus pesonajes), que dota al conjunto de un cierto humor. La novela es, pues, levemente graciosa en sus primeras doscientas páginas (soy generoso)... Pero más tarde, por desgracia, comienza a ser insufrible. No porque sea un drama, que no lo es, sino porque en un cierto momento del relato, cuando ya nos hemos repuesto de las pequeñas sorpresas que ofrece el libro al principio -la ya mencionada socarronería, el uso del perspectivismo como técnica narrativa-, se da uno cuenta con desolación de que toda esta historia de una familia americana le importa un bledo. De paso, se percata uno de que no tiene en las manos una obra maestra, por más que se trate de un tomazo ciertamente voluminoso. Pues, precisamente, uno de los rasgos de la GRAN LITERATURA consiste en saber involucrar de verdad al lector, en crear personajes que parezcan personas y por los que nosotros, afortunados, podamos sentir algo realmente: felicidad, tristeza, solidaridad, dolor incluso por las cosas que les suceden, porque el autor ha dado a estos personajes rasgos tan vívidos que no nos parecen entes de ficción. Así, quien esto escribe se enamoró perdidamente de Ana Ozores, sintió regocijo que se fue tornando en lástima después por las continuas desgracias de don Quijote; asimismo, habría querido tirarse al tren -esta vez, claro, metafóricamente- con Ana Karenina, o escalar junto a Aquiles las murallas de Troya. Esto solo por citar algunos casos.
Por contra, los problemas de Patty con su marido, al que no cree amar, o con su amante Richard, al que no quiere amar; las contradicciones de Walter, en el fondo solo un zangolotino que no sabe quién es, las idioteces sucesivas del bueno de Joey, y otras muchas cosas que hay en el libro, debo admitirlo con franqueza, a partir del primer tercio de este largo novelón comienzan a importarme lo mismo que un comino. No consigo, lo siento, interesarme lo más mínimo por sus problemas, lo cual es malísimo si tenemos en cuenta que este es, precisamente, el asunto principal de esta novela.
En cuanto al final, por Dios, prefiero no expresar mi verdadera opinión...
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La verdad moderna
He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...
