He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porque ella me ha dado -como ya indiqué en otro lugar de esta bitácora- lo que he llamado "una cierta mirada", los ojos de la duda, si lo prefieres: un modo de vivir consistente en hacerse preguntas continuas sin llegar jamás a obtener respuestas. "No hay verdades indubitables", me han dicho mis queridos escritores, pues cada uno de ellos ofrecía una distinta a las grandes preguntas, o incluso había alguno que no daba respuestas en absoluto. Me han enseñado, asimismo, que tal vez las soluciones que han dado los autores a lo largo de la historia son igualmente válidas, lo que no contradice la otra posibilidad, sino que más bien la explica. En efecto: si cada autor posee su propia explicación a las grandes preguntas de la existencia, es posible que todas posean algo de verdad, aun cuando sean también rechazables en otros aspectos, aunque sean antiguas y desfasadas. Puede que también podamos extraer verdades parciales de propuestas que, en apariencia, sean contrarias; lo cual me lleva nuevamente a mi primera aseveración: la literatura es un acto complejo que puede acaso desconcertar en un principio, pero que nos lleva finalmente a rendirnos a la evidencia. Si admitimos que no hay verdades absolutas, abrimos nuestra mente a todas las verdades que sean posibles, a diferentes respuestas o puntos de vista.
Pero no nos engañemos: no se trata de caer en el relativismo, sino más bien lo contrario. Paradójicamente, admitir que no hay verdades absolutas nos lleva a pensar que en todas las ideas, por muy extravagantes que puedan parecernos, puede haber algo válido, aunque solo sea una parte de la verdad.
Pero ahora las cosas están cambiando mucho, pues un momento nuevo. Se van extendiendo como manchas de aceite ciertas ideas nuevas sobre el arte de la escritura que que van, poco a poco, modelando el gusto de lectores y de críticos.
Pero no nos engañemos: no se trata de caer en el relativismo, sino más bien lo contrario. Paradójicamente, admitir que no hay verdades absolutas nos lleva a pensar que en todas las ideas, por muy extravagantes que puedan parecernos, puede haber algo válido, aunque solo sea una parte de la verdad.
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Pero ahora las cosas están cambiando mucho, pues un momento nuevo. Se van extendiendo como manchas de aceite ciertas ideas nuevas sobre el arte de la escritura que que van, poco a poco, modelando el gusto de lectores y de críticos.








