La lucha enconada entre las dos Españas de Machado, va tomando en nuestra época matices diferentes a los de antaño. En el pasado, como ya se sabe, la lucha fue enconada y llegó al dramatismo de la Guerra Civil; hoy sin embargo, empieza a adquirir matices grotescos, aun cuando, en el fondo, la cosa no tenga ni pizca de gracia. Cada vez que abrimos el periódico, o las redes sociales en nuestros ordenadores, tabletas o móviles, parecer iniciarse una lucha oculta, una competición entre los representantes de la izquierda hoy llamada radical (o incluso extrema) y una derecha autodenominada centrista, motejada por otros, sin embargo, como la "caverna", nada menos, por ver quién dice la mayor barbaridad, la estupidez más grande. Dicha competición es, en verdad, intensa y muy igualada, ya que, en cuanto a majaderías, ambos grupos son ciertamente prolíficos.
De vez en cuando surgen afirmaciones gratuitas, a veces jocosas y hasta surrealistas sobre hechos más o menos anecdóticos o a veces no tanto. El penúltimo de estos acontecimientos ha tenido lugar en estos días festivos, en concreto a raíz de la cabalgata madrileña, el desfile de los reyes que tanto ilusiona a niños y a mayores. Primero fue el asunto de las reinas magas: el gobierno de esta izquierda a veces bobalicona (o tal vez ingenua) decidió que interpretasen el papel de reyes tres mujeres. Aunque la cosa era tan solo en pequeños desfiles de distrito, ha trascendido de un modo que nadie en su sano juicio podía preverlo.
Lo peor de todo han sido los "argumentos" que han querido esgrimir los contendientes: los unos, insistiendo en el valor de la cabalgata como una reivindicación de la igualdad de las mujeres. No se me alcanza realmente; no logro entender qué tiene que ver una cosa con la otra, o cómo la situación precaria de muchas mujeres mejorará por el hecho de que haya reinas magas. Salvo que ese trabajo de ir sobre la carroza fuera permanente, lo cual mejoraría el empleo femenino... Pero no es el caso.
Los otros, por su parte, han montado en cólera, como era de esperar, y han apelado -muy dignos ellos y muy airados- a la santa tradición. Sin embargo, poco parece haberles importado que esa tradición tan solo se celebre desde finales del siglo XIX, o que no esté demostrado prácticamente nada en relación con Melchor, Gaspar y Baltasar: ni seguramente fueron esos sus nombres, ni fueron tres, ni fueron reyes... ¿Qué es, entonces, lo que defienden?
Por si esto fuese poco, aún ha habido más: celebrada la cabalgata, algunos se han apresurado a criticar... ¡el atuendo de los reyes! Que sí, que en efecto no iban engalanados según los usos que, en los últimos tiempos, predominaban en estos pagos, sino con unas túnicas de colores llamativos y, por qué no decirlo, un poco "ochenteros", y con unas coronas que parecían más bien las que suelen adornar los dulces roscones. Los otros, claro, ha reivindicado ese look llamativo apelando (nuevamente no entiendo la relación) a eso que ellos llaman diversidad. Renuncio a buscar posibles explicaciones.
Dentro de algún tiempo habrá otra discusión sobre esto o aquello; y quizá de nuevo se demuestre que, en lo tocante a estupideces, nuestras dos Españas se parecen mucho más de lo que ellas mismas estarían dispuestas a a admitir.
Los otros, por su parte, han montado en cólera, como era de esperar, y han apelado -muy dignos ellos y muy airados- a la santa tradición. Sin embargo, poco parece haberles importado que esa tradición tan solo se celebre desde finales del siglo XIX, o que no esté demostrado prácticamente nada en relación con Melchor, Gaspar y Baltasar: ni seguramente fueron esos sus nombres, ni fueron tres, ni fueron reyes... ¿Qué es, entonces, lo que defienden?
Por si esto fuese poco, aún ha habido más: celebrada la cabalgata, algunos se han apresurado a criticar... ¡el atuendo de los reyes! Que sí, que en efecto no iban engalanados según los usos que, en los últimos tiempos, predominaban en estos pagos, sino con unas túnicas de colores llamativos y, por qué no decirlo, un poco "ochenteros", y con unas coronas que parecían más bien las que suelen adornar los dulces roscones. Los otros, claro, ha reivindicado ese look llamativo apelando (nuevamente no entiendo la relación) a eso que ellos llaman diversidad. Renuncio a buscar posibles explicaciones.
Dentro de algún tiempo habrá otra discusión sobre esto o aquello; y quizá de nuevo se demuestre que, en lo tocante a estupideces, nuestras dos Españas se parecen mucho más de lo que ellas mismas estarían dispuestas a a admitir.
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