Volvamos ahora a la literatura, que ha de proporcionarnos muchas más satisfacciones.
Van quedando ya pocos, muy pocos escritores de la "vieja escuela", los que en el siglo XX cambiaron de verdad el panorama literario español. Van quedando pocos, cierto, y Juan Marsé sigue siendo uno de ellos: en su última novela lo demuestra con creces. Esa puta tan distinguida es una narración, que es de lo mejor que se puede decir en una época en que algunos autores parecen empeñados en mostrarnos el camino de la literatura "comprometida" y, aunque parezca contradictorio, políticamente correcta.
Por eso se agradece sobremanera leer una novela que nos cuenta una historia sin querer concienciarte ni convencerte de nada. Una historia, además, de personas heridas, sin vergüenza ni ética quizá, al menos no esta ética blanda y bondadosa que nos quieren imponer algunas instancias y algunas personas.
La historia de Sicart, asesino confeso de una prostituta, no es de intriga: sabemos que el protagonista cometió aquel crimen hace muchos años. Es una historia vulgar, casi olvidada, pues a nadie le ha importado en muchos años la suerte de una prostituta. A nosotros, los lectores, sí nos importa, pues Marsé consigue dotar a sus personajes de una gran verdad, de una autenticidad que ya no sule verse en estos pagos. Así pues, queremos saber quién es realmente Carolina Bruil, a quién ama, qué es lo que busca del pobre proyeccionista, aunque no podamos porque se nos ouclta como todos los grandes personajes literarios.
Por eso nos sorprendemos al saber que todo forma parte de una película cuyo guión ha de escribir un autor sospechosamente parecido a Juan Marsé, aunque no sea él exactamente. En un ejercicio metaliterario (o, por decirlo mejor, metacinematográfico) se alternan las escdneas de su vida cotidiana y de la investigación que lleva a cabo con fragmentos del propio guión que él está escribiendo sin verle sentido, ni trama, ni finalidad. ¿Por qué ha de tenerlos?, me pregunto a veces. Los libros tan solo nos muestran los caminos, a veces contradictorios, de los seres humanos; y a veces no podemos extraer conclusiones, ninguna idea o mensaje claro porque, por fortuna, aún hay escritores que no tienen vocación de predicadores. De ahí que el final nos deje un poco decepcionados, ya que no se resuelve la pregunta que late, inquietante, en toda la historia. Pero es cierto: la novela no es de intriga, ni policíaca, ni de misterio. No hay un final que aclare nada porque la vida, muchas veces, no nos ofrece las respuestas que anhelamos.
Se agradece, también, esa sorna que salpica algunas de las páginas de la novela, una ironía que no es solo humor, no es la risa fácil, sino acaso también una crítica a muchas estupideces que hemos de padecer (la moda de la psiquiatría, el arte supuestamente comprometido, los nacionalismos...). Es regocijante ver reflejado, en un libro, el sentido común de alguien que no teme ni se deja intimidar por la ola reinante de bobería. Esa puta tan distinguida nos reconcilia también con la memoria, nos devuelve a una época que yo creía olvidada: la de las buenas novelas.
Por eso nos sorprendemos al saber que todo forma parte de una película cuyo guión ha de escribir un autor sospechosamente parecido a Juan Marsé, aunque no sea él exactamente. En un ejercicio metaliterario (o, por decirlo mejor, metacinematográfico) se alternan las escdneas de su vida cotidiana y de la investigación que lleva a cabo con fragmentos del propio guión que él está escribiendo sin verle sentido, ni trama, ni finalidad. ¿Por qué ha de tenerlos?, me pregunto a veces. Los libros tan solo nos muestran los caminos, a veces contradictorios, de los seres humanos; y a veces no podemos extraer conclusiones, ninguna idea o mensaje claro porque, por fortuna, aún hay escritores que no tienen vocación de predicadores. De ahí que el final nos deje un poco decepcionados, ya que no se resuelve la pregunta que late, inquietante, en toda la historia. Pero es cierto: la novela no es de intriga, ni policíaca, ni de misterio. No hay un final que aclare nada porque la vida, muchas veces, no nos ofrece las respuestas que anhelamos.
Se agradece, también, esa sorna que salpica algunas de las páginas de la novela, una ironía que no es solo humor, no es la risa fácil, sino acaso también una crítica a muchas estupideces que hemos de padecer (la moda de la psiquiatría, el arte supuestamente comprometido, los nacionalismos...). Es regocijante ver reflejado, en un libro, el sentido común de alguien que no teme ni se deja intimidar por la ola reinante de bobería. Esa puta tan distinguida nos reconcilia también con la memoria, nos devuelve a una época que yo creía olvidada: la de las buenas novelas.

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