- YEVGUENI ZAMIATIN, Nosotros, 1921.
- Aldous huxley: Un mundo feliz, 1932.
- GEORGE ORWELL: Mil novecientos ochenta y cuatro, 1949.
Novelas distópicas
todas ellas, nos aportan actualmente una mirada nueva y diferente sobre nuestra
situación, a pesar de que han perdido gran parte de la fama que tuvieron a
finales del siglo XX, cuando aún la existencia de regímenes comunistas hacían
pensar en dictaduras sanguinarias, destructoras del individuo y de la libertad,
en la total anulación de los deseos, de la capacidad de razonar. Al fin y al
cabo, sus autores eran hijos de su tiempo. En aquellos momentos, las dictaduras
comunistas eran sin duda las más peligrosas, y los autores vieron en ellas la
mayor amenaza; o tal vez, como es el caso de Huxley, en la gran revolución de
la tecnología y la genética. Nadie en aquel momento podía imaginar lo que
sucedería realmente, lo que, de hecho, está sucediendo: el cumplimiento de
algunas de sus predicciones, de muchas de las estremecedoras situaciones que se
narraban en estos libros. Sin embargo, nadie podía pronosticar entonces que
sería el sistema capitalista occidental, democrático,
el que iría cambiando hasta convertirse en lo que es hoy: un régimen político medio
autoritario en el que reinan, con mano de hierro, el dinero y el mercado, hasta
el punto de menoscabar de forma clara la libertad de los individuos.
Vivimos en una sociedad
controlada, donde la información que nos ofrecen tiene como fin dirigir nuestra opinión, influir en
nosotros de tal modo que actuemos precisamente en el sentido que ellos –quienes
controlan el poder- desean que lo hagamos, y no en otros posibles que podrían
acarrearles muchos problemas. Se trata de tener ciudadanos dóciles que no
protesten demasiado. Para ello, el primer paso es el control de la información.
La que se nos ofrece es muy a menudo sesgada y parcial, mezclada con opiniones
o puntos de vista subjetivos, que no siempre se distinguen con claridad de los
puros hechos. Es conocido, a este respecto, el enorme éxito de las tertulias
televisadas, en las que es muy complejo distinguir realmente qué es lo cierto…
Por ello, se consigue fácilmente el objetivo mencionado (que los ciudadanos no
protesten a menudo), puesto que lo que conocen es siempre una mínima parte de
la realidad. Si, a pesar de ello, algunos se empeñan en informarse más, en
recurrir a otros puntos de vista y se empeñan, contumaces, en alzar la voz, se
recurre al miedo, si bien disfrazado de “seguridad”: se envía a la policía a
las manifestaciones, con órdenes claras de reprimir a los revoltosos, se
cambian las leyes si es necesario y se ve como delito lo que antes no era más
que un incidente.
“La guerra es la paz”,
se decía en la novela de George Orwell; “los recortes son reformas”, escuchamos
hoy. Es, tal vez, el gran triunfo de los poderosos. Usamos el lenguaje con tal
desconocimiento y ligereza, que las palabras ya no significan lo que deberían;
lo que significaban, al menos, cuando se utilizaban con mayor propiedad. Hoy
sirven con frecuencia para ocultar las mentiras, o las medias verdades de las
que quieren convencernos. Sobre todo, se han pedido los matices, las leves
diferencias entre significados que nos hacían distinguir y que nos ayudaban, en
definitiva, a pensar. Ahora, en cambio, no interesa demasiado que razonemos,
sino que utilicemos los vocablos más actuales o innovadores (en esto, como en
tantas cosas, también hay modas), que representan asimismo el pensamiento
imperante. Salirse de esos cánones, de la senda trazada, significa también
pensar de modo diferente. Usar, por ejemplo, la palabra recortes supone
criticar la labor del gobierno, por las connotaciones negativas que esta posee;
por esto, se sustituye con frecuencia por reformas, mucho más positiva sin duda
alguna. Como puede verse, las palabras les sirven a algunos para ocultar
cualquier aspecto negativo de la realidad: así, los parados no lo son, sino que
están en situación de desempleo o, más aún: “buscando trabajo”, como si fuese
una afición o una actividad recreativa a la cual se dedicasen por placer puro y
simple, para sentirse más felices y no, como suele suceder, para mantener a sus
familias. De nuevo la obsesión por eliminar cualquier cosa que moleste, que
perturbe la conciencia de los biempensantes.
En todos estos casos
subyace, por desgracia, el mismo fin: se trata de imponernos una visión parcial
de ciertos asuntos, como si fuese la única posible, el único modo de ver tales
cosas. En el fondo, se trata de una actitud autoritaria,
acaso se diría dictatorial, pues consiste en suprimir aquellos pensamientos que
no coinciden con los nuestros. De paso, también se elimina la capacidad de
discutir, de debatir asuntos políticos y sociales, de contrastar con otros
nuestras ideas. Es decir, se elimina finalmente el raciocinio.
Esta es, pues, la
sociedad que lentamente vamos creando, formada por individuos complacientes y
cómodos que, sobre todo, no critiquen al poder ni a los poderosos; que callen
resignados ante la injusticia. Más aún: el gran objetivo es que no nos demos
cuenta, que seamos incapaces de percibir los fallos, la sinrazón… Si a esto añadimos que estamos controlados por la tecnología, las redes
sociales y la informática, las semejanzas con la obra de Orwell son aún más
evidentes.
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