jueves, 15 de enero de 2015

EL CONTROL DEL LENGUAJE Y DE LA INFORMACIÓN


  •  YEVGUENI ZAMIATIN, Nosotros, 1921.
  • Aldous huxley: Un mundo feliz, 1932.
  • GEORGE ORWELL: Mil novecientos ochenta y cuatro, 1949.
Novelas distópicas todas ellas, nos aportan actualmente una mirada nueva y diferente sobre nuestra situación, a pesar de que han perdido gran parte de la fama que tuvieron a finales del siglo XX, cuando aún la existencia de regímenes comunistas hacían pensar en dictaduras sanguinarias, destructoras del individuo y de la libertad, en la total anulación de los deseos, de la capacidad de razonar. Al fin y al cabo, sus autores eran hijos de su tiempo. En aquellos momentos, las dictaduras comunistas eran sin duda las más peligrosas, y los autores vieron en ellas la mayor amenaza; o tal vez, como es el caso de Huxley, en la gran revolución de la tecnología y la genética. Nadie en aquel momento podía imaginar lo que sucedería realmente, lo que, de hecho, está sucediendo: el cumplimiento de algunas de sus predicciones, de muchas de las estremecedoras situaciones que se narraban en estos libros. Sin embargo, nadie podía pronosticar entonces que sería el sistema capitalista occidental, democrático, el que iría cambiando hasta convertirse en lo que es hoy: un régimen político medio autoritario en el que reinan, con mano de hierro, el dinero y el mercado, hasta el punto de menoscabar de forma clara la libertad de los individuos.
Vivimos en una sociedad controlada, donde la información que nos ofrecen tiene como fin dirigir nuestra opinión, influir en nosotros de tal modo que actuemos precisamente en el sentido que ellos –quienes controlan el poder- desean que lo hagamos, y no en otros posibles que podrían acarrearles muchos problemas. Se trata de tener ciudadanos dóciles que no protesten demasiado. Para ello, el primer paso es el control de la información. La que se nos ofrece es muy a menudo sesgada y parcial, mezclada con opiniones o puntos de vista subjetivos, que no siempre se distinguen con claridad de los puros hechos. Es conocido, a este respecto, el enorme éxito de las tertulias televisadas, en las que es muy complejo distinguir realmente qué es lo cierto… Por ello, se consigue fácilmente el objetivo mencionado (que los ciudadanos no protesten a menudo), puesto que lo que conocen es siempre una mínima parte de la realidad. Si, a pesar de ello, algunos se empeñan en informarse más, en recurrir a otros puntos de vista y se empeñan, contumaces, en alzar la voz, se recurre al miedo, si bien disfrazado de “seguridad”: se envía a la policía a las manifestaciones, con órdenes claras de reprimir a los revoltosos, se cambian las leyes si es necesario y se ve como delito lo que antes no era más que un incidente.
“La guerra es la paz”, se decía en la novela de George Orwell; “los recortes son reformas”, escuchamos hoy. Es, tal vez, el gran triunfo de los poderosos. Usamos el lenguaje con tal desconocimiento y ligereza, que las palabras ya no significan lo que deberían; lo que significaban, al menos, cuando se utilizaban con mayor propiedad. Hoy sirven con frecuencia para ocultar las mentiras, o las medias verdades de las que quieren convencernos. Sobre todo, se han pedido los matices, las leves diferencias entre significados que nos hacían distinguir y que nos ayudaban, en definitiva, a pensar. Ahora, en cambio, no interesa demasiado que razonemos, sino que utilicemos los vocablos más actuales o innovadores (en esto, como en tantas cosas, también hay modas), que representan asimismo el pensamiento imperante. Salirse de esos cánones, de la senda trazada, significa también pensar de modo diferente. Usar, por ejemplo, la palabra recortes supone criticar la labor del gobierno, por las connotaciones negativas que esta posee; por esto, se sustituye con frecuencia por reformas, mucho más positiva sin duda alguna. Como puede verse, las palabras les sirven a algunos para ocultar cualquier aspecto negativo de la realidad: así, los parados no lo son, sino que están en situación de desempleo o, más aún: “buscando trabajo”, como si fuese una afición o una actividad recreativa a la cual se dedicasen por placer puro y simple, para sentirse más felices y no, como suele suceder, para mantener a sus familias. De nuevo la obsesión por eliminar cualquier cosa que moleste, que perturbe la conciencia de los biempensantes.
En todos estos casos subyace, por desgracia, el mismo fin: se trata de imponernos una visión parcial de ciertos asuntos, como si fuese la única posible, el único modo de ver tales cosas. En el fondo, se trata de una actitud autoritaria, acaso se diría dictatorial, pues consiste en suprimir aquellos pensamientos que no coinciden con los nuestros. De paso, también se elimina la capacidad de discutir, de debatir asuntos políticos y sociales, de contrastar con otros nuestras ideas. Es decir, se elimina finalmente el raciocinio.
Esta es, pues, la sociedad que lentamente vamos creando, formada por individuos complacientes y cómodos que, sobre todo, no critiquen al poder ni a los poderosos; que callen resignados ante la injusticia. Más aún: el gran objetivo es que no nos demos cuenta, que seamos incapaces de percibir los fallos, la sinrazón… Si a esto añadimos que estamos controlados por la tecnología, las redes sociales y la informática, las semejanzas con la obra de Orwell son aún más evidentes. 

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