sábado, 4 de julio de 2015

El héroe discreto, de M. VARGAS LLOSA

Es justo decirlo: la última novela de Vargas Llosa ha conseguido reconciliarme, de momento, con la literatura actual. No todos los autores, por suerte, nos venden humo. Aún quedan unos pocos que han hecho del arte de narrar una gran creación, un arte grande de la palabra; pues eso es lo que encontramos en esta novela, y también propiedad, precisión y, de paso, un vocabulario peruano que resulta atractivo, por lo exótico, para un lector español. 

Pero hay mucho más: la novela narra dos historias que en un momento dado se entrelazan de manera sorprendente. Una de ellas, protagonizada por el inefable Felícito Yanaqué (¡qué gran personaje!) es realmente una trama policíaca. Nuestro héroe discreto será chantajeado y el caso se resolverá en las últimas páginas. La otra historia, en cambio, tiene un carácter digamos moral. Ismael Carrera, empresario limeño, decide casarse con su criada Armida, con el fin de darle una grave lección a sus dos hijos mellizos. 

En ambas historias recurre Vargas Llosa a un estilo impecable y un uso magistral de los diálogos, los cuales, por cierto, presentan una característica sorprendente y mágica. Se utiliza el flash-back, que aparece inserto en el propio diálogo. De esta manera, dos personajes hablan y, dentro de este diálogo, se incluye otro que uno de ellos mantuvo tiempo antes con otra persona, lo que convierte la lectura en algo dinámico, ágil, lleno de sorpresas. 


Lo más importante es, con todo, la lección que el autor nos ofrece en esta obra. Sí, se trata de una novela con moraleja, con una lección ética. Los dos protagonistas, aun de modo diferente y con estilos distintos, persiguen sin embargo un objetivo común: mantener su integridad a salvo de los ataques de la mentira, la ambición y la poca vergüenza. Felícito e Ismael representan dos ejemplos de lo que ya, por desgracia, no abunda en este mundo nuestro: la verdad, la fidelidad a unos valores, que podrán ser caducos o anticuados pero son ante todo, suyos propios. Que les conforman como personas y les hacen ser quienes son realmente. Felícito vive su experiencia con el recuerdo constante de las palabras de su padre ("Hijo, no dejes que te pisoteen"), con la fuerza que le otorga el defender su dignidad. Ismael, por su parte, intenta darles a aus hijos una lección de vida: que no se debe, que no es lícito pedir lo que no merecemos. Pese a que ambos, en apariencia, son derrotados por las circunstancias, en el fondo triunfan -al final de la novela- sus visiones "optimistas" de la existencia: triunfa la justicia, parece decirnos el autor. Y aunque sepamos que esto es poco realista, se agradece leer de vez en cuando un libro como este, con un gran final feliz.  
 



domingo, 14 de junio de 2015

Profesores mediadores

Uno de los hallazgos más interesantes, tal vez uno de los cambios más fundamentales que nos trajo la LOGSE hace ya muchos años, fue esta idea magnífica e innovadora. Fue creada, como otras muchas, por pedagogos modernos que nos trajeron a todos una savia muy nueva en la educación, y vinieron, de paso a sacarnos de años de enseñanza represiva, memorística y oscura. Estas innovaciones, hemos de admitirlo, nos deslumbraron a muchos en un primer momento, puesto que suponían una nueva manera de ver las cosas. ¡La luz pedagógica brillaba ante nosotros y nos asombraba!

El hallazgo al que ahora me estoy refiriendo fue, sin duda, de los más oportunos e interesantes, pues habría de cambiar la idea que teníamos de nuestro trabajo y nuestra propia identidad como docentes. En efecto, fue grande nuestro asombro al oír que los profesores no habíamos de vernos ya como antes. Habíamos cometido el gravísimo error de querer transmitir nuestros conocimientos, de enseñarlos, al fin, "de arriba a abajo", mostrando a nuestros alumnos lo que ellos no sabían y nosotros sí. Adoptábamos, de este modo, una posición de superioridad, por así decirlo, intolerable en estos tiempos... Por eso, ellos nos propusieron una nueva visión, un punto de vista que vendría a redimirnos. A partir de entonces, nos informaron, los profesores seríamos tan solo mediadores, una especie de guías en el camino del alumno hacia el aprendizaje.

La cosa, más o menos, funciona así: el discente (así se llama ahora; basta con cambiar el nombre de las cosas), imbuido de un espíritu curioso del que ningún ser humano carece, se lanzará al aprendizaje como por instinto, inevitablemente, inexorablemente. "Todos los alumnos pueden aprender" fue un axioma que, desde entonces, se ha convertido en verdad incontrovertible. La labor del maestro es, por tanto, muy sencilla en realidad: conducir a los alumnos por ese camino, mostrarles la meta: enseñarles, no el conocimiento, sino el camino hacia él.

De este modo tan fácil se rompe, sin quererlo, el principio esencial de toda enseñanza. Según se afirma, alguien que sabe -el profesor- no debe enseñar a alguien que no sabe -el alumno-, pues el aprendizaje ahora se basa en principios totalmente diferentes a los que han regido durante siglos. Tan grande ha sido el cambio que ahora los jóvenes aprenden por sí mismos, no como antes... El maestro, por tanto, carece en la actualidad de todo valor; el hecho de que tenga más edad y más conocimientos es solo una circunstancia, una mera anécdota. Así pues, el docente en nuestros días ha dejado de serlo... 

viernes, 1 de mayo de 2015

VÍCTIMAS

Hace unos días se ha producido un hecho sin precedentes en nuestro país: un profesor ha muerto a manos de un alumno. No se puede decir que ha sido asesinado pues, desde el primer momento, el alumno en cuestión ha sido calificado por las más altas instancias como víctima, jamás como agresor, pues se trata de un chico de trece años y en nuestro país un muchacho de esa edad no tiene ninguna (ninguna) responsabilidad. Además, si hablamos de asesinato podríamos incurrir en una terrible y ominosa injusticia: se habla de una causa, de motivos diversos de índole psiquiátrica (un brote psicótico, nada menos, fue establecido desde el primer instante como el motivo principal del hecho), lo cual impide considerar al muchacho como el autor de un delito. "Es un niño", se ha aducido también como causa primordial. Ah, bien, ya nos quedamos todos más tranquilos. Solo es un niño. 

Lo que ahora más me importa señalar no es esto, sin embargo. Lo que ahora me importa, lo que me ha revuelto directamente mis tripas humanas, es constatar el hecho de que el profesor, esto es, el muerto, no ha recibido por parte de "los medios" la atención debida. Apenas se saben su nombre y condición: se llamaba Abel, era interino, e impartía Sociales. ¿Nada más? Pues sí, apenas nada más, como si su muerte hubiera sido un accidente, una cosa de esas que ocurren de vez en cuando fruto del azar o la mala suerte. Como si no lo hubieran matado, como si hubiera fallecido de unas fiebres, de un accidente de tráfico. Un nombre más en la lista de bajas de esta sociedad delirante y enferma. 

Una muerte que, además, no merece homenajes. Aquí se alaba -no faltaba más- a los soldados que defienden no sé qué conceptos del valor y la ¿solidaridad? El ministro del ramo se apresura a repatriar a los pobres turistas que estaban en el Nepal buscando el nirvana de su buena conciencia. También, claro, a esos empresarios que han construido imperios y por supuesto a deportistas, actores, cocineros de la estrella Michelin que van construyendo, por puro altruismo al parecer, eso que se llama "la marca España". 

Pero, ¿un profesor? ¿Qué hace un profesor hoy en día? ¿Para qué sirve? Con esas vacaciones, por Dios, ¿qué es lo que hace realmente...? Cuando es sabido que el aprendizaje lo construye cada uno, y que un profesor es solo un mediador; que los padres pueden afearle la conducta con toda la razón, el trabajo de un docente se convierte en accesorio, secundario, y por eso no merece ni unas líneas siquiera en un periódico. 

lunes, 30 de marzo de 2015

LOS RESTOS DE QUEVEDO

Lo prometido es deuda. Inicio, pues, un macabro periplo por las tumbas de algunos de nuestros escritores, mentes preclaras de nuestra España a las que no hemos tratado como deberíamos. Comienzo con uno de los grandes, claro, uno de mis autores favoritos por la fecundidad de su verbo y por la claridad de su mente: don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de la Torre de Juan Abad. Ahora que tanto se habla de los de Cervantes, no vendría mal mencionar también el hallazgo de los de don Francisco, y ver en qué ha quedado todo. La Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense y el Ayuntamientode Villanueva de los Infantes pusieron en marcha, en 2007, un proyecto para identificar los restos, que habían sufrido avatares mil desde su muerte, acaecida el 11 de septiembre de 1645 en el convento de Santo Domingo de esa localidad. 

Contra su voluntad, fue inhumado nuestro escritor en la cripta de la familia de los Bustos, en la iglesia de san Andrés Apóstol de Villanueva de los Infantes. Allá por 1869, los restos son exhumados para trasladarlos a Madrid, con la intención de enterrarlos en un futuro Panteón de Hombres Ilustres, al cual no llegaron nunca... porque el tal panteón no llegó a inaugurarse (¿Sería por recortes?). Así pues, son devueltos a Infantes, aunque no hay certeza absoluta de que sean los mismos que de allí partieron. En fin. Deciden devolverlos a la susodicha villa, aunque, cuando llegan a su lugar de destino, van acompañados de una nota en la que dice que no creen que sean los de don Francisco, por tener este esqueleto la dentadura completa y conocerse de sobra que al escritor apenas le quedaban dientes en el momento de fallecer. Para rematar el error, el cráneo pertenece, casi con total seguridad, a una mujer joven.


Hacia 1920 aparece, en el Ayuntamiento de Infantes, una caja con la leyenda: "Restos de Quevedo". El ayuntamiento, para honrar «como se merece» al insigne personaje, le organiza un entierro con desfile, banda de música y merienda (?) tras el sepelio. Se entierran en la ermita del Cristo de Jamila, hoy en un parque a las afueras de la localidad. Esa tumba nunca más ha sido abierta. Posteriormente, en 1955, se descubre una cripta bajo la iglesia de san Andrés, a la cual habían sido trasladados, según se afirma ahora, los verdaderos restos de Quevedo. Los que fueron a Madrid no lo eran, al parecer. 


En esta cripta es donde buscan, en 2007, los investigadores quienes, finalmente, dicen haber hallado unos cuantos huesos de don Francisco, por sus características morfológicas, entre ellas la cojera, si bien no es posible un cotejo del ADN. Como en el caso de Cervantes. Por supuesto, de todo esto no hay una certeza absoluta, por lo que debemos concluir que, vistos los despropósitos anteriores, no hay nada seguro. Sin embargo, los infanteños están contentos, pues pueden hacer caso a los versos del ilustre: 


 «Si me hallo, preguntáis, 

en este dulce retiro,
y es aquí donde me hallo,
pues andaba allá perdido»



El alcalde de Infantes hablaba, tras el hallazgo de los restos, de que su pueblo sería un "imán para el turismo". No tengo noticias, pero creo que sus optimistas previsiones no se han cumplido. 

jueves, 26 de marzo de 2015

LOS RESTOS DE CERVANTES

Como una penosa muestra de la desidia cultural, del páramo seco en muchos sentidos en el cual nos ha caído en (mala) suerte vivir, comentaré cuatro cosas a propósito de la grotesca noticia que hemos padecido los españoles en estos días. Hela aquí; pincha en el siguiente enlace: 


Nótese que dicen que creen haberlos hallado, no que lo hayan hecho, lo cual es toda una digna muestra de cómo se conducen la cultura y la ciencia en esta celtiberia de opereta bufa. Y lo hacen -oh, sorpresa- en el convento de las Trinitarias, venerable caserón de clausura, situado, sin embargo, en la calle de las Huertas, hoy templo de la juerga repleto de bares de toda laya, de restaurantes dignos y de otros infames, de locales oscuros donde este que os habla tuvo muchas ocasiones de asueto y jolgorio, donde saboreé (en grados diferentes, todo hay que admitirlo), conciertos de tangos y de jazz americano, tercios de Mahou a cascoporro junto a cócteles modernos, charlas insustanciales o filosóficas, miradas furtivas y otras no tanto (Tempus fugit irreparabile; y también: Juventud, divino tesoro, et cetera...). Había sido en tiempos la susodicha calle camino de las Huertas, esto es, de las afueras del Madrid barroco, que se hallaban, sobre poco más o menos, donde hoy se asientan el Paseo del Prado, la cuesta de Moyano y la estación ferroviaria de Atocha. Su nombre, por cierto, provocaba la chanza de los madrileños, ya que, según voceaba el vulgo, debiera haberse cambiado, pues

en la calle de las Huertas, 
hay más putas que huertas, 

Venía esto a colación porque la calle fue arteria principal donde asentaron sus reales negocios de lenocinio y de amor venal, esto es, lupanares, prostíbulos de diversas categorías y condiciones, desde los más vistosos y de mayor ringorrango a los más arrastrados. Aquí, en el barrio de las putas, vinieron a vivir genios como Lope de Vega, que puso su casa en la calle Francos, hoy Cervantes (ironías del destino fatal). Don Miguel, el manco de Lepanto, vivía a dos pasos como quien dice, en la misma calle pero haciendo esquina con la del León, mientras que en la esquina de la calle Cantarranas (hoy Lope de Vega) con la del Niño (hoy Quevedo) vivía alquilado Luis de Góngora y Argote. Y ahora que nombro a Quevedo... Otro día contaré lo de esa casa de fachada amarilla, que es historia jugosa y moralizante. 

Pero volvamos a las Trinitarias y a Cervantes; ya en 1616, año de su muerte, un documento declara que fue enterrado, en verdad, en la cripta del convento, en hábito de franciscano por su mísero y pobre estado en el que quedó tras haber vendido, por cuatro perras, el manuscrito del El Quijote al sinvergüenza de Juan de la Cuesta, su impresor... Así pues, se sabía dónde estaba... Ítem más: en 1870, la RAE confirma el hallazgo del documento anterior, y declara nuevamente lo que ya se sabía.

En este año 2015 de nuestros dolores, el Excmo. Ayuntamiento de Madrid, deseando entrar en la historia por algo más que los famosos relaxing cups of café con leche, encarga a un grupo de expertos que remuevan en la cripta de la iglesia, con el fin de hallar los restos de nuestro eximio escritor. Tras varios meses de prospecciones (y de intranquilidad de las monjitas), hace unos días el responsable del desaguisado exhibe orgulloso una masa de restos de dieciséis cadáveres entre los cuales, afirma muy serio (como si estuviera diciendo algo trascendental): 

"...hay algo de Cervantes"




Pueden verse varios vídeos en Youtube sobre el asunto, como el que acabo de añadir. Y continúa el experto de esta guisa: "No lo puedo decir en términos de certeza absoluta". He aquí, por tanto, el gran descubrimiento, el gran acontecimiento del cual todos hablan. ¿Y para este viaje necesitamos tales alforjas?, digo yo... He aquí la podredumbre de la cultura española, señores míos. Sorprende, una vez más, que científicos reputados entren al trapo en lo que parece una enorme operación de propaganda, dada la cercanía de citas electorales...  

POST SCRIPTUM: Cuentan las crónicas que el primero que quiso hallar los restos de Cervantes fue José I, rey de España hermano de Napoleón, por mal nombre Pepe Botella. No deja de ser irónico que doña Ana Botella, primera autoridad del Ayuntamiento capitalino, saliera a la palestra en estos días. Otra cosa: alguna vez, si tengo ganas, contaré en esta bitácora anécdotas jugosas de tumbas preclaras, esto es, de dónde enterramos a nuestros genios de la literatura y de dónde están..., y eso que no soy paleontólogo. 

FINIS


sábado, 31 de enero de 2015

¿NUEVOS TIEMPOS?

¿Será posible?, me pregunto al conocer ciertas noticias, en especial el resultado (no tan sorprendente) de las elecciones griegas. Mientras, en esta España nuestra, el partido Podemos se manifiesta en Madrid y la gente, optimista, llama a su líder Pablo Iglesias "Presidente", nada menos. Tiene esta marcha madrileña tintes casi revolucionarios, porque pone en cuestión no solo a los actuales gobernantes (la llamada "casta"), sino también las bases mismas del sistema democrático salido de la transición. Se oyen consignas en forma de gritos que reivindican un cambio, una nueva forma de gobernar, y a la vez se muestran esperanzadas.
¿Será posible -me pregunto de nuevo- que vengan nuevos tiempos y hagan realidad esos ansiados cambios? ¿O tal vez los dirigentes, esos nuevos políticos que ahora lo proclaman nos están engañando, como todos? Ardua cuestión, sin duda, que no puede ser resuelta a la ligera, pues no poseemos el don de la clarividencia. Imaginemos, por lo tanto, que son sinceros, que pretenden realmente llevar a cabo esa transformación de la que hablan, en aras de lograr un país mejor, más justo y democrático. La pregunta que, entonces, nos asalta es aún más inquietante: ¿podrán hacerlo? O mejor: ¿les dejarán hacerlo? 
Como hemos explicado en otras entadas (véanse: "La crisis", "La libertad disminuida") las condiciones democráticas de nuestros países europeos, en general del mundo occidental, se están deteriorando a ojos vista. Vivimos bajo regímenes en los cuales las libertades son solo aparentes, mientras que van creciendo los hechos que las enturbian o las disminuyen. En un mundo así, parece necesario detenerse un poco y reflexionar, cambiar ciertos aspectos de nuestra vida pública.
Ya se ha señalado que, mediante este proceso, los más poderosos, esto es, los ricos, están adquiriendo aún más riqueza y sobre todo más poder; que una nueva oligarquía va creciendo en sus influencias. Y lo peor de todo: que este proceso se nos presenta hoy como inevitable o necesario, ya que lo contrario nos sumiría en el caos económico, la inestabilidad política e incluso la anarquía. De forma muy inteligente, esos poderosos, que desean aumentar a toda costa su poder, lo han relacionado nada menos que con la propia supervivencia del sistema. Acabar con el proceso, o darle marcha atrás, se nos presenta ahora como un acto subversivo porque puede terminar con la propia democracia. A los movimientos que pretenden, tal vez con mucha ingenuidad, cambiar las cosas se les ha dado el ominoso nombre de populistas, con el deseo confesado de desprestigiarlos. 
Pero hay algo más: los llamados "mercados", esos inversores internacionales a quienes nadie, en realidad, parece conocer, ¿permitirán que alguien acabe con su juego? El llamado sistema, en el cual se basan la vida económica y la política en nuestro mundo, tiene -me temo- sus propios mecanismos de supervivencia. Ya están apareciendo algunos de ellos, pero aún vendrán más. 

EL SABUESO DE LOS BASKERVILLE

Conviene, de vez en cuando, volver a los clásicos de siempre. Retomo ahora este, una de mis novelas favoritas de todos los tiempos. Ya he hablado en otra parte de mi devoción por Conan Doyle y por su más famosa criatura literaria, el gran detective Sherlock Holmes. De todas las novelas sobre el personaje, acaso sea esta la mejor, pues en ella están todos los rasgos de una gran obra de misterio, e incluso de terror. 
Se trata, tal vez, de la trama más compleja de todas las narraciones sobre Holmes, donde su talento deductivo se ve puesto más aprueba, ya que la línea entre apariencia y realidad se hace muy difusa y resulta poco menos que imposible discernir algo claro. Al principio, la trama y el engaño nos impiden ver nada, y las líneas posibles que nos han de llevar a la resolución del misterio son tantas y tan variadas que parece que nunca llegaremos a un final. 
Otro de los rasgos que llama mi atención son los personajes: complejos, oscuros y llenos de contradicciones, parecen los perfectos candidatos a villanos. 
Finalmente, el ambiente terrorífico con esa casa enorme y solariega (Baskerville Hall), con su fachada cubierta de hiedra; y sobre todo el páramo, omnipresente, desértico y amenazador. 
En suma, una obra altamente recomendable, así como algunas de sus versiones cinematográficas, en especial la del año 1959, protagonizada por Peter Cushing, si la memoria no me traiciona. 

La verdad moderna

He dedicado mi vida al estudio de la literatura, que ha sido mi objetivo, mi finalidad, pero también el gran triunfo de mi existencia, porq...