Sí, tras una vida ardua de estudios y esfuerzos, de cambios constantes de destinos profesionales, de azares caprichosos del corazón; en fin, tras largos años soportando los envites de la cambiante Fortuna, cuando ya creía haber llegado a una playa tranquila, o casi; cuando ya me había reconciliado con gran parte de los demonios que atormentaban mis sueños y estando ya, por desgracia, en la edad respetable en que las jovencitas de buen ver han dejado para siempre de tutearme, descubro con asombro y -no he de negarlo- con un punto de rabia contenida a duras penas, que soy un perroflauta "en sentido figurado".
Vino a mí semejante revelación (mi natural despistado me había impedido percatarme antes) un día de julio, en que me vi motejado de este modo tan vil por un colega, profesor de secundaria como yo aunque en centro de trabajo diferente y lejano. Grande fue mi asombro, como digo, tras oír el improperio, por lo que requerí al perpetrador que explicase el remoquete denigrante. Pues denigrante es, voto a Bríos, y si en otros tiempos más felices nos hubiésemos hallado, habría yo tenido el derecho y el deber de exigirle una satisfacción.
Le pedí, pues, que aclarase su aserto, ya que no podía retarlo a duelo. Superé, pues, mi pasmo inicial y fue creciendo en mí (lo confieso) un cierto regustillo, una satisfacción personal e íntima por haber sido tachado con la etiqueta susodicha. Añádase a esto el punto de ironía que me caracteriza, y tendrá el buen lector explicación veraz de por qué una sonrisa se dibujó en mi rostro. Quiso mi oyente explicar sus palabras, y añadió la coletilla que ya he consignado más arriba, como quitando hierro o matizando la bomba inicial: perroflauta, en sentido figurado. Quería explicarme aquel buen mozo que, si bien no puedo ser llamado así ni por mi indumentaria, ni por mi aspecto, ni por mi edad -este último detalle, hágase cargo el lector, me hizo torcer el gesto-, sí lo soy, en cambio, por mis ideas, cercanas según él al anarquismo, la agitación callejera y la poca vergüenza.
Como puede fácilmente colegirse, tranquilicé mi ánimo ante aquellas palabras. Pues, si bien fueron expresadas con una impericia expresiva que me conmovió, guardaban un fondo, un sentido que no puedo llamar sino esperanzador: creía aquel desventurado que mi forma de pensar, de hacer crítica acerva de costumbres y personas, está cerca en efecto de movimientos como el 15-M, el 25-S y otros tales. Lo cual, déjemelo decirlo mi paciente lector, me alegra sobremanera.
Le pedí, pues, que aclarase su aserto, ya que no podía retarlo a duelo. Superé, pues, mi pasmo inicial y fue creciendo en mí (lo confieso) un cierto regustillo, una satisfacción personal e íntima por haber sido tachado con la etiqueta susodicha. Añádase a esto el punto de ironía que me caracteriza, y tendrá el buen lector explicación veraz de por qué una sonrisa se dibujó en mi rostro. Quiso mi oyente explicar sus palabras, y añadió la coletilla que ya he consignado más arriba, como quitando hierro o matizando la bomba inicial: perroflauta, en sentido figurado. Quería explicarme aquel buen mozo que, si bien no puedo ser llamado así ni por mi indumentaria, ni por mi aspecto, ni por mi edad -este último detalle, hágase cargo el lector, me hizo torcer el gesto-, sí lo soy, en cambio, por mis ideas, cercanas según él al anarquismo, la agitación callejera y la poca vergüenza.
Como puede fácilmente colegirse, tranquilicé mi ánimo ante aquellas palabras. Pues, si bien fueron expresadas con una impericia expresiva que me conmovió, guardaban un fondo, un sentido que no puedo llamar sino esperanzador: creía aquel desventurado que mi forma de pensar, de hacer crítica acerva de costumbres y personas, está cerca en efecto de movimientos como el 15-M, el 25-S y otros tales. Lo cual, déjemelo decirlo mi paciente lector, me alegra sobremanera.
La impericia y los exabruptos de quienes escupen coletillas con pretensiones denigrantes a quienes no comulgan con ruedas de molino caracterizan y definen claramente las profundidades intelectuales de quienes los pronuncian y pretenden llamarse a sí mismos gentes de bien. Vos sabéis a qué nos referimos. Líbrennos los dioses de las gentes de buena voluntad y sean bienvenidos anarquistas y agitadores en tiempos donde la desvergüenza se sienta en los escaños del pueblo. Me alegro de leeros de nuevo.
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